Yuca cocinada con hogao

Pertenezco a una generación en donde la rumba mañanera con desayuno incluido se transcurría en otros lares, de reconocida actividad comercial y con una oferta como de hacienda ganadera o cafetera. Amanecer en Envigado en el marco de la plaza aseguraba no solo buena música de cuerda, sino además desayunar con morcilla, arepa con quesito, recalentao de frijoles, buñuelo caliente y taza de chocolate; no menos sustancioso era el desayuno en El Pandequeso (Autopista Sur) con la susodicha rosca caliente acompañada de aguapanela o tinto; imponentes eran los desayunos de carnes asadas a la brasa que con amigos conocedores de la zona de tolerancia (Lovaina, la Curva del Bosque, el Incendio) lográbamos en aquel barrio de mujeres de vida horizontal; suculentos eran los pasteles de pollo y las empanadas de La Sorpresa en inmediaciones de la Plazuela Nutibara; mazamorra, arepas calientes y morcilla era la oferta en esquinas de Belén y Robledo. Todos eran desayunos que garantizaban un guayabo más llevadero y sin pretender añoranzas regionalistas, eran sabores de crianza muy nuestros.

De oídas y leídas me he enterado que en el Medellín de mi abuelo, es decir en el Medellín de principios del siglo 20 (de 1910 a 1920) la oferta de comida para los amanecidos era en otros lugares y del siguiente tenor: Guayaquil era el epicentro de la rumba y nuestros parientes parranderos amanecían en bares, burdeles y cantinas ubicados en cercanías a la Estación del Ferrocarril o en el truculento Camellón de los Guanteros. Famoso fue el comedor del Capitán López especializado en tamales y fiambres en hoja, en donde presas de pollo, posta sudada, papas y mazorcas iban acompañadas de arroz blanco y cuyos principales clientes eran los viajeros de los primeros trenes de la aurora, así como numerosos grupos de cazadores de conejos, guaguas y torcazas quienes con perros y escopetas se embarcaban los fines de semana en dirección a Palomos o El Limón, asegurando con dicho fiambre su almorzada, mientras nuestros abuelos ebrios o copetones con ganas de montarse en el tren, aseguraban con ese mismo fiambre su desayuno y siesta dominical. Pero también fue famoso un ejército de incógnitas mujeres que con hornillas de carbón se ubicaban en estratégicas esquinas, desde Guayaco hasta la quebrada donde hoy se ubica La Plazuela Nutibara, ofreciendo a parranderos y borrachos deliciosas yucas cocinadas acompañadas de hogao, asadura y cuarto de limón, todo aquello en hoja de bijao y, como cubierto, la mano de mi Don.

Ante este breve relato de costumbres gastronómicas no pretendo opinar sobre calidades y bondades de cada época, pero con la venia de mi amigo Víctor Gaviria me salta a la imaginación una escena de película, en donde un abuelo parrandero se encuentra amanecido desayunando un salchiperro con Gatorade en compañía de su biznieta adolescente, ella saboreando una yuca con hogao en hoja, y una taza de chocolate al ritmo de reguetón. ¿Será esto lo que llaman cine ficción?