Yo vi batear a Rentería

 Por: Juan Carlos Orrego 
 
Después del Nobel otorgado a Vargas Llosa y del rescate de los mineros chilenos, cualquiera hubiera pensado que el presupuesto del heroísmo latinoamericano había quedado agotado en lo que respecta al 2010. Pero no: faltaba, todavía, el jonrón de Édgar Rentería en la final de la última Serie Mundial de béisbol. No es exageración mía; no por nada, en la narración internacional, el vozarrón de Ernesto Jerez estalló en un grito de alborozo continental: “¡De pie Barranquilla, Colombia, América Latina entera!”.
Hace 13 años, cuando “El Niño” bateó el imparable que propició la carrera ganadora de los Marlins de la Florida en el mismo campeonato, oí decir a un compatriota aguafiestas que no veía la gracia de tanta celebración, habida cuenta que —según él— el mérito no era de quien daba el batazo sino de quien entraba la carrera. Qué dirá ahora ese pobre diablo, en el caso de que en los años transcurridos no haya remediado su vergonzosa ignorancia leyendo un manual deportivo (o, incluso, echándole un ojito a El viejo y el mar de Hemingway). Porque, de lo redonda e inobjetable, la hazaña del pelotero de Barranquilla parece de cuento: batear un jonrón con dos hombres en base, en el “Lucky seven” de una final empatada, apenas puede compararse con aquellas películas de Disney en que un adolescente con acné convierte la canasta ganadora desde cincuenta metros, en el último segundo de un partido contra un equipo de gigantes desalmados que manejan camionetas y ante una novia nueva que lo alienta desde la tribuna.
Mike Schmulson, el célebre —y, por lo visto, inmortal— periodista barranquillero, dijo que el jonrón del paracortos de los Gigantes de San Francisco era la gran hazaña de un deportista colombiano en todos los tiempos. Se trata, por supuesto, de una exageración dictada por el orgullo currambero. Sin embargo, cuando uno se lo piensa bien, descubre que la gesta de Rentería brilla con una limpieza que no tienen otras páginas gloriosas de nuestro deporte: el patinaje no es deporte olímpico; Cochise hizo el récord mundial de la hora para aficionados; Lucho Herrera ganó la Vuelta España gracias, en parte, al retiro de Sean Kelly; nuestra Copa América de 2001 se conquistó sin la competencia de Argentina y con un Brasil de reservistas; Juan Pablo Montoya ganó el campeonato de la CART con los mismos puntos del segundo y ante el cadáver de Greg Moore. Quizá sólo no tenga atenuantes el campeonato mundial contrarreloj ganado por Santiago Botero en 2002.
Lo mejor de Rentería es que sí parece colombiano: lleva una pequeña cicatriz en la cara, llora ante las cámaras y, por los nervios, casi se saca un ojo con el trofeo del “Jugador más valioso” de la Serie Mundial 2010; esto es, nada en él hace pensar en esas figuras cuasi cinematográficas de sonrisa arrogante y perfecta compostura, que hacen del magno hecho de recibir un trofeo la cosa más trillada. Rentería, felizmente, es un ser imperfecto tocando —quizá, plenamente, por única vez— la gloria de su profesión; eso lo hace más creíble y, por lo mismo, se hace más comprensible ese estribillo que de un tiempo para acá se escucha en las tribunas deportivas ante los grandes retos: “¡Sí se puede!”. Tengo un amigo como él: treintón, grueso, moreno, tranquilo, bonachón; no importa que sea profesor de liceo: juro que lo imaginé con el uniforme de los Gigantes, corriendo inalcanzable hacia el “home”.
Yo no estaba en el estadio de Arlington cuando “El Niño” la sacó del parque, sino en Manrique, Medellín. Grité como un loco y aturdí a mis hijos, y luego les dije: “Así como de las tablas de multiplicar, de esto tienen que acordarse siempre”. Habíamos visto batear a Édgar Rentería. La historia también transcurre en un televisor de 14 pulgadas.

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