Yo, procastinador

 Por: Jose Gabriel Baena 
 
En Londres se está preparando la edición simultánea en inglés y en español de “Los papeles perdidos de la Naranja Mecánica”, proyecto en que participa la traductora anglo-colombiana Lillywhite Lilly. Ella me envió para su revisión algunos de los capítulos, sorprendente sorpresa pleonásmica porque justamente yo iba a escribir esta columna sobre “La naranja que me partió en dos la vida”, pero ya será para la otra semana: la “Naranja Mecánica” de Stanley Kubrick y Anthony Burgess, que todavía conserva intacta su sinigual majestad cinematográfica. El capítulo que hoy referencio es una entrevista con Malcolm McDowell, el actor principal, quien interpreta al malvado Alex, quien a su vez nos cuenta sus desventuras y traumas después del rodaje y para siempre jamás: nunca volvió a ser el mismo y ya no sabe quién es, después de filmar unas cuantas peliculitas idiotas.
“Yo andaba de timbo en tambo por España, en la vieja Inglaterra debía andar con sobretodo hasta las orejas y sombrero calado, ya no soportaba los insultos de los niños bien ni de la prensa-conserva, hasta el viejo Kubrick se retractó de haber hecho la Naranja, tan violenta, acusábanlo, yo hablaba español un poco por haber pasado largas temporadas en Torremolinos, con toda esa pasta negra, ya sabéis, de la que se fuma en lámparas de vidrio venida de Marruecos, bien, mis hermanos, cuando una noche iba por las Ramblas y me da el knockout, me había metido una cucharadita de caballo, un dark-horse, la negritud total, el coma, me desperté en uno de las decenas de hospitales que se llaman Santa María en la ciudad -Santa María de las Putas, creo- con un médico que balanceaba ante mí su fonendoscopio y me preguntaba, “y bien, Alex”, me dijo “Alex”, “cuántas te pusiste esta vez, no sé, doctor, no entiendo lo que me pregunta, I need a priest, a Judas Priest”, y una enfermera me malentendió y mandó por el cura of the hospital, el hombre llegó, oliendo a santidad y a hostia, las buenas gentes que meten hostia huelen a hostia, y me preguntó, “qué pecados tienes para confesar, hijo mío”, le dije, “Paternoster, he cometido todos los pecados de España y Portugal, y uno más que no me atrevo a confesarle, y cuál será, amado hijo, me dijo, le dije, Padremonte, le confieso que todos los días procastino, esto es, practico la procastinación a mañana, tarde y noche, y a veces a las tres antes del alba, o del crepúsculo matutino, hay dos crepúsculos, el de por la mañana y el de por la tarde, casi nadie lo sabe, yo lo sé, quizás es esto lo que me tiene en esta morgue, de tanto procastinar”.
El reverendo me reverendizó entonces con una intensa mirada de conmiseración y piedad, sentí que por su encéfalo estaban pasando todas las imágenes más sucias que se le puedan ocurrir a un presbítero, y en un instante, después de una leve convulsión para alejar a Lucifer, me dijo con voz sorda: “Hijo mío, te absuelvo de todo pecado, en el nombre del Padre, etcétera. ¿Quieres comulgar?” He said. Le dije. “No soy digno”. “Bueno, hijo, descansa entonces y dá testimonio”, dijo, y marchóse. Y luego me sumergí en los nauseabundos pantanos de la morfina”.
Lo que queremos anotar aquí es que la palabra “procastinar” no se refiere a una innombrable práctica carnal entre humanos sino simplemente a la saludable costumbre de posponer siempre las cosas de un día para otro. No existe en español. Podría traducirse “Deja para mañana lo que debas hacer hoy”. Hay una canción de Sting, de su álbum y película “Ten summoner’s tales” -1993- que habla de cómo pospone su encuentro con la amada, aunque hay otro man echándole miradas. Él canta (en prosa): “Ella me escribió: “Siete días”, una especie de nota de ultimátum, y cuando yo pensaba que el campo estaba despejado apareció otro para desafiarme. Y aquí el seductor soy yo. Pero odio tomar decisiones y mis opciones están disminuyendo muy rápidamente. Veamos, no creo que ella esté engañándome, en verdad debo hacerla mía, es fácil de ver, o él o yo. ¿Lunes? Podría esperar hasta el martes. Si pudiera cumplir mis deseos… El miércoles estaría bien, pero el jueves es lo que tengo en la cabeza. El viernes me daría tiempo… ¿El sábado? Podría esperar… pero el domingo sería demasiado tarde. Ese es el hecho, la quiero tanto, siete días, muchos modos, pero no puedo escaparme… ¿Debería contar la historia de los mil días desde que nos conocimos? Es como un enorme paraguas, pero siempre soy el que termina mojado”. Ese fue Sting. Mientras tanto mi lema es: “Mientras más despacio voy más rápido me muevo”. Yo, Procastinador.

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