www.buscandomaridoconplatica.com, la cocina ideal, Gastrosophía y lo que comen las grillas

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Los restaurantes nos vimos invadidos de estas parejas que tuvieron bastante complicación para comer ya que oreja sudada, sopa de guineo, mondongo, tajada de maduro y arepa son difíciles de entender para un iowano

En diciembre la Avenida El Poblado parecía Miami Beach con el desfile de chanclas, bermudas, bóxer, shorts, chanclas, esqueletos, t-shirts, chanclas, pantalonetas y más chanclas… yo no sé qué le ven los gringos a las chanclas, a mí me va a dar algo. Gran parte de nuestros visitantes son mochileros en busca de aventuras sicodélicas, hamburguesas de peso y ombligos de la Zona Rosa; otra parte con cara de vendedor exitoso de carros usados de los que huelen a Brut, cargan anillo del college en Iowa y se ríen como bobos; algunos sí muy decentes, todo hay que decirlo; ¿Pero si será que el clima de nuestra ciudad es para andar medio empeloto como en Tolú? Y si el gringo cincuentón llamaba la atención, la pareja parecía sacada de una propaganda de cirujano plástico en fotonovela venezolana, ahí no está la Virgen, a su lado la Barbie es una poma imperfecta y la batalla por parecerse a las modelos siliconadas de los noventa quedó nuevamente empatada pues difícilmente se distinguían unas candidatas de las otras, además, con esos escotes y bajas espaldas, quién miraba las caras; en todo caso, se demostró el enorme poder de Internet para el amor. Los restaurantes nos vimos invadidos de estas parejas que tuvieron bastante complicación para comer ya que oreja sudada, sopa de guineo, mondongo, tajada de maduro y arepa son difíciles de entender para un iowano, y la bandeja paisa ídem de digerir, con los inconvenientes estomacales propios para ejercer el amor o bailar con el éxtasis. Me imagino la felicidad de estos personajes en las discotecas y rumbeaderos rebosantes de niñas que quitan el habla, pero desvelan a los papás con sus huesitos a la vista, su cuerpo de avispa y pecho redundante que hace babear a Miguel Molina cuando lo arrastro en su coche por El Tesoro. Definitivamente el atractivo turístico número uno de Medellín son sus mujeres; deberíamos poner un pabellón con nuestras féminas en Epcot Center.
En estos días me preguntaban algunas alumnas, muy aplicadas por cierto, sobre lo que uno debería tener en la cocina de la casa; voy a decir lo que respondí con todo y las marcas que me encantan. Para mí lo primero es un molino, Victoria o Corona, para hacer las arepas y moler la carne en polvo. Una parrilla para arepas a la que me le paro encima para que quede muy bajita y la arepa se ase rápido sin deshidratarse. Queso parmesano de Colanta en bloque, para rallar sólo al momento. Todos los calderos, ollas de trabajo y accesorios de Imusa y algún antiadherente para las crepes y el pescado; ir a sus tiendas es un gran placer. Galletas saltín de Noel para estar comiendo todo el tiempo; no me explico cómo las hacen cada vez mejores. Chocolate Santander, sin dudas, para repostería o para comer así, porque ese gusto hay que dárselo. Vasos, copas y accesorios de Peldar para todo y copas de buen cristal para los vinos pinchados. Un aceite de oliva caro y aceite de maíz marca Éxito, ojo que no todos los que tienen chócolos en la etiqueta son de maíz; el aceite de maíz es muy sano, no engorda tanto, es muy neutro y este en particular es excelente. Ajíes marca Tucunaré que hace mi amigo Luis Carlos y venden en carnes Casablanca. Vajillas Corona, mejores que las importadas y Sonia se las hace a uno como quiera. Un colador chino traído del exterior pues aquí todos son de huecos muy grandes. Soñaría con tener una termomix pero este utensilio aquí no existe y nadie los ha traído, ni siquiera el Bremen, donde se consigue de todo y cada vez que voy salgo más antojado. Cocas y más cocas y todas las canastas de Estra, nada más útil en una cocina. Lo confieso, me encantan las cosas colombianas, sobre todo antioqueñas y me duele ver cómo algunos nuevos colegas se gastan millones en utilería importada y cosas repinchadas que sólo suben los costos de operación, cuando a nuestra industria la veo exhibida hasta en los pueblitos más lejanos de Patagonia. Colombia empezará a ser reconocido como destino gastronómico, sólo cuando nosotros mismos admiremos y prefiramos lo nuestro.
Una de las experiencias más maravillosas que he tenido como cocinero, fue la sección que hicimos de Gastrosophía con doña Zayda Restrepo, la autora simpatiquísima de unos de mis libros favoritos de cocina, a la que fueron leyendas reales del sector como Doña Marta de Peroni de Tramezzini, que quedó lindísimo en Oviedo, Don Leonardo del legendario Salón Versalles, Don Ignacio del inmejorable Frutos del Mar y el maestro chef y músico Adolfo Podestá, entre otros sabios; como le dije a Julián Estrada, “aquí me siento como mosco en leche”. Conocí ese día al Santo Job, Job Castañeda, el nuevo chef del club Campestre, que le toca manejar un restaurante con miles de socios dueños, algunos bastante duros para cambiar el palito de queso y la empanada, pero a decir verdad, esta vez se lucieron.
Según wikipedia, las grillas comen lo mismo que los grillos. Qué pensaron pues los que leyeron con malicia hasta aquí. Su régimen alimenticio es omnívoro: comen insectos, hojas y tallos. Respondo así a una consulta que me hicieron a través de amv@une.net.co y miles de gracias a todos los que me escribieron con la nota de la bacinilla.
buenamesa@vivirenelpoblado.com