William Kentridge

En el Mamm
William Kentridge
El célebre artista sudafricano presentó su obra en Bogotá, y desde el miércoles 30 de julio se aprecia en Medellín


Obras de William Kentridge serán portada de Vivir en El Poblado en esta y las próximas tres ediciones

Su voz es profunda y arrulladora. Habla con la calma de quien tiene tiempo, de quien disfruta mucho lo que dice o de quien enseña. Su pelo blanco, algo desordenado, las gafas y rasgos amables sugieren la docencia. Pero Kentridge es artista y sin duda la narrativa es una de sus grandes herramientas de trabajo.

Hijo de abogados, opositores al sistema de segregación Apartheid, aprendió a cuestionar desde joven las imposiciones estructurales. Y siendo testigo de la lucha por la disolución de dicho sistema, no sorprende entonces que el contenido de sus obras, poéticas y políticas, sean creaciones de la memoria.

Kentridge es conocido por sus filmes animados en los que hace ilustraciones sucesivas, siempre en la misma hoja para conservar los trazos de las imágenes anteriores; recuerdos de lo borrado. Bailando entre lo que planea hacer y lo que inesperadamente sucede y lo asalta en su mente al momento de crear, los resultados varían continuamente. Sin embargo, Kentridge no se dedica al video. Es un artista versátil, abierto a todo tipo de medios: escultura, teatro y marionetas son solo algunas de sus exploraciones.

Graduado en Política y Estudios Africanos en la Universidad de Witwatersrand, y en Artes en la Fundación de Arte de Johannesburgo, tendrá exhibida en el Mamm, hasta el 3 de noviembre, la exposición Fortuna, compuesta por cuatro secciones principales: La sala del exceso, Una mirada hacia atrás, Tiempo vertical y La sombra de una sombra; son cerca de 100 obras creadas entre 1989 y 2012. El artista habló con Vivir en El Poblado sobre su obra y su intención a la hora de crear.

Usted ha trabajado en una amplia variedad de medios pero siente que el dibujo ha sido la matriz de todo? ¿Cómo ha sido y cómo ha impactado su trabajo experimentar y el pasar de medios estáticos a medios animados?

Inicialmente empecé trabajando en técnicas de blanco y negro, y en carboncillo, por la velocidad de alteración; uno puede cambiar un dibujo en carboncillo tan rápido como uno cambia de idea u opinión. La animación y el filme simplemente vinieron como una forma de registrar estos dibujos mientras los hacía, solo que un tiempo después entendí que el proceso del dibujo podía ser continuado más allá de una simple imagen. No inventé ni descubrí una técnica, solo la usé como narrativa y allí estaba. A través de los años ha sido posible trabajar en medios estáticos y animados, y permitir que fluyan de una forma a otra; empiezan como esculturas y terminan en video. No pienso en técnicas nuevas o medio nuevos pero me permito estar abierto al medio, a que me sugiera su propio significado, seguir y ver si ese significado tiene algún interés para mí. En ese sentido no es tanto como experimentar sino estar abierto a lo que venga del trabajo mientras estoy trabajando.

En otras entrevistas se le ha visto reacio a la idea de que su arte, político o no, envíe un mensaje político o tenga una responsabilidad social. ¿Todavía lo ve así? ¿El mensaje político en el arte está en el ojo de quien mira?

Creo que sí hay un mensaje político pero tiene que ver con la ambigüedad y las contradicciones de la política misma. Si uno piensa en el arte político,  uno suele pensar en un significado claro, en el que el artista sabe con certeza qué quiere expresarle a otros. Lo que digo es que el terreno político es de gran incertidumbre y motivaciones ocultas, lo cual lo hace un área muy rica para que un artista trabaje. Lo máximo que ese trabajo podría hacer es mostrar esa inestabilidad del proceso político. Así que hay una problemática política pero no está muy clara, no para mí.  Creo que la responsabilidad es defender el espacio del artista y cómo se conecta con la sociedad en el estudio. El estudio es un lugar seguro, donde hay espacio para la estupidez, para la incertidumbre y la contradicción, y al que el mundo es invitado, y eso incluye al mundo político,  para ser reorganizado, cortado, transformado, hecho un collage, y luego regresado afuera, no como una pieza clara de significado sino como una demostración de la forma en cómo le damos sentido al mundo… y al mundo político.

Combinar recuerdos personales y eventos históricos del Apartheid es una de sus marcas. Le parece que su arte y el arte en general tiene un rol como testigo de la memoria colectiva? ¿Piensa en ello cuando trabaja? ¿Qué tanto puede ayudar esto a un territorio en conflicto y pos conflicto como Colombia y Sudáfrica?

Puede tener ese rol al final. Yo sentía esa responsabilidad de memoria colectiva en el trabajo que hice al principio de mi carrera, pero cuando pasé a trabajar con las animaciones era muy importante para mí empezarlas sin ningún sentido de responsabilidad.  Decidí que lo importante era que tuviera sentido para mí. Mas tarde descubrí que, aunque me gustara o no, había una sensación de la historia reciente de Sudáfrica en mi obra. Estaba interesado en estas preguntas que emergían de la sociedad. Uno podría de forma indirecta rastrear los eventos de los últimos 20 años de alguna modo en mi trabajo pero era hecho a pesar de mí mismo, era una decisión que no había tomado. Me interesa la forma en la que el trabajo tiene su propia lógica y, de cierta forma, es más inteligente, más astuto que el artista. Me parece importante que el artista sea estúpido en ocasiones, que permita espacios en los que no entiende lo que está haciendo y luego que sea lo suficientemente abierto para permitirle al trabajo que se lo explique.  Sin duda, creo que en Sudáfrica, con la Comisión de Verdad y Reconciliación, y con situaciones similares en Colombia, es vital que los artistas estén involucrados, no porque tengan respuestas sino porque las cuestiones de culpa, dolor, responsabilidad, duelo y muerte son la materia prima, es con lo que trabajan todo el tiempo, es el corazón de su trabajo. Sería muy extraño que los artistas no estuvieran involucrados. En Sudáfrica fue interesante que ningún artista fue invitado a hacer parte de la comisión y eso fue la motivación detrás de muchos de mis trabajos. Pero si empiezas diciendo: “esto es mi responsabilidad histórica”, creo que estás perdido. Creo que la mejor respuesta sobre la responsabilidad del artista la da el gran escritor colombiano García Márquez: “el deber revolucionario del escritor es escribir bien”. Yo saqué mucha fuerza de esas palabras, y al entender que estaba bien estar en el estudio tratando de entender el proceso artístico.

¿Podría ampliar un poco más su idea del campo de incertidumbre entre el plan original y el resultado final? ¿Tiene estrategias para realzar lo que sucede en ese campo, para equilibrar metodología, suerte, dudas y proceso?
 
Tengo estrategias para ayudarme a mí mismo a hacer más de lo que sé. Para dar un ejemplo: hago un dibujo de un árbol dos veces, el mismo árbol, y encuentro que casi siempre, cuando corto ambos árboles por la mitad y junto una mitad con otra, ya me parece un árbol más interesante. Hay algo en los hábitos de los músculos de los brazos que le dan un factor predecible y uno debe buscar la forma de romper con esos hábitos, tratar de ver repentinamente cosas que serán más interesantes que lo que tu muñeca, tu brazo o tu hombro harían normalmente. Lo mismo sucede con un texto, es arrancar desde un principio claro, como el árbol, y luego estar abierto a ver cosas nuevas que el dibujo o el texto, y el acto mismo de crearlos, traen consigo. Así que no sé si haya algo de suerte, pero definitivamente es un espacio en el que no hay azar ni planeación, y en el que hay una creencia, como debe haberla en cualquier ser de la era post freudiana, en que hay unas inteligencias en nosotros que son difíciles de acceder, pero que podemos reconocer cuando las vemos.