Vivir la Pascua / Especial de Semana Santa

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Judea en el tiempo
Hasta el año 66 d.C., ninguno de los gobernadores nombrados por Roma mejoró la situación del pueblo judío que, desesperado, provocó la primera guerra judaica. Con el paso de los años vinieron otras rebeliones y otras guerras…
Por Saúl Álvarez Lara
Judea era, en gran parte, una región desértica. En la antigüedad registró prácticas de agricultura y pastoreo. Su altitud máxima, el monte Hebrón 1.020 msnm, queda cerca de Jerusalén. Sus límites originales fueron: Cisjordania en el norte, el río Jordán en el oeste, el Mediterráneo en el este y Beerseba en el sur. Hasta el siglo 16 a.C. el territorio fue habitado por Cananeos. La relación con Egipto desarrolló el comercio y numerosas ciudades se establecieron. A su llegada de Egipto en el siglo 12 a.C., el pueblo judío se instaló en las cercanías del mar Muerto, luego se desplazaron hacia el Mediterráneo y después hacia las tierras de Galilea donde se enfrentaron con los pueblos de cerca del mar. En el siglo 10 a.C. se conformó el Reino de Judá que alcanzó la cumbre de su desarrollo con David y Salomón, pero fue dividido: Judá al sur e Israel al norte. Jerusalén y Samaria fueron sus capitales. Durante siglos los judíos soportaron conquistas, guerras y deportaciones. A la muerte de Alejandro Magno, Judá y Jerusalén vivirían un periodo de relativa independencia. Después vino el dominio de Roma.

<<El reino dividido. Mapa publicado en 1888 por La American Bible Society

En el año 63 a.C. Pompeyo ocupó Judá o Judea y Jerusalén quedó bajo el poder de Roma que conserva las costumbres locales, pero controla todo: la moneda, los caminos, los impuestos. La población vive descontenta, pero el Imperio se las ingenia para tener en el poder hombres fieles. Herodes el Grande, uno de ellos, gobernó Judea llamada Palestina por los romanos entre el 37 y el 4 a.C., tenía la debilidad de estar siempre del lado del más fuerte. El más fuerte era Roma. Herodes vivía obsesionado por su seguridad y a la menor duda ordenaba ejecutar a quien, según sus temores, aspiraba al trono. Dos de sus hijos acusados de traición, fueron ejecutados. A la muerte de Herodes en el año 4 a.C. Roma dividió el reino de Judea entre los hijos restantes: Arquelao recibió Judea, Idumea y Samaria; a Herodes Antipas le entregaron Galilea y Perea; y a Filipo le fueron concedidas Auranítide, Traconítide y Batanea. El año 6 d.C., César Augusto desterró a Arquelao por su mal gobierno y los romanos, para controlar el territorio y continuar con la política de conservar las costumbres locales nombraron un Prefecto. Dejaron la dirección política, religiosa y la administración de justicia que no incluyera pena de muerte al Sanedrín, la institución más importante de la sociedad judía compuesta por setenta y un miembros. Era la máxima autoridad local bajo las órdenes de Roma. Veinticinco años después del derrocamiento de Arquelao, en el 31 d.C., Judea y Samaria estaban bajo el control de Poncio Pilato.

Entre el año 6 y el 26 d.C., el año en que Pilato llegó al cargo, cuatro prefectos gobernaron la región: Coponio, Marco Ambibulo, Anio Rufo y Valerio Grato. Los movimientos rebeldes judíos fueron eliminados por Coponio. Anio Rufo y Marco Ambibulo no dejaron huella. Y de Valerio Grato se destaca el deseo de manipular el Sanedrín. Caifás ejerció la presidencia del Sanedrín en el cargo de Sumo Sacerdote, mientras duró el período de Poncio Pilato.

Diez años estuvo Pilato como prefecto de Judea gracias a Sejano, antijudío reconocido, favorito del Emperador Tiberio y a quien, además de obediencia, Pilato debía su posición. La misión era dominar a los judíos y si era necesario humillarlos, tarea que cumplía y para la cual no parecía débil, Pilato siempre se mostró fuerte y cruel, incluso provocador. Tuvo serios encuentros con Caifás que éste manejó con cautela para evitar las previsibles revueltas judías y, por supuesto, la represión que Pilato estaba a la espera de ordenar, como hizo con la masacre de los samaritanos, acto por el que fue denunciado ante el gobernador de Siria. En el año 36 d.C., Sejano cayó en desgracia y Tiberio cambió la política en la provincia. Pilato fue llamado a Roma para explicar sus actuaciones y fue destituido. Entre el año 36 y el 41 d.C., dos prefectos ocuparon el cargo y una aparente calma retornó a Judea.

A la muerte de Tiberio, Calígula ocupó el trono en Roma, unificó la provincia y estableció una política de buena voluntad por su amistad con Herodes Agripa, el nuevo rey. Calígula no demoró en endurecer su posición y exigir el culto al Imperio, su asesinato evitó tragedias mayores. Claudio, el nuevo Emperador aceptó el reinado de Herodes Agripa hasta su muerte en el 44 d.C., pero no reconoció a Agripa II como heredero y restauró la provincia. Hasta el año 66 d.C., ninguno de los gobernadores nombrados por Roma mejoró la situación del pueblo judío que, desesperado, provocó la primera guerra judaica. Con el paso de los años vinieron otras rebeliones y otras guerras. El dominio árabe musulmán se extendió desde el año 649 d.C. hasta la llegada de los Cruzados en el 1099. Doscientos años después el control volvió a ser musulmán hasta 1520, cuando se inició el dominio otomano. En 1919, al final de la Primera Guerra Mundial, la región quedó bajo el control británico y en 1948 con la separación de Jordania se creó el Estado de Israel.


La cena de Leonardo, entre la fugacidad y la permanencia
Leonardo inventó un procedimiento para pintar con temple y óleo sobre yeso que le permitió toda la lentitud que buscaba y que en un primer momento produjo resultados espléndidos
Por Carlos Arturo Fernández
Entre 1495 y 1497, el florentino Leonardo da Vinci pintó La Última Cena, una de sus obras más conocidas, en el comedor del convento dominico de Santa María de las Gracias de Milán. 

En principio no se trataba de un encargo muy complicado; pero, como ocurría siempre en las obras de Leonardo, sus preocupaciones e intereses acabaron por convertirlo en un drama lleno de implicaciones culturales y estéticas que siguen vigentes. La pintura, de 4,60 metros de altura y 8,80 de ancho, fue realizada al temple y óleo sobre yeso, una técnica nunca antes probada y que fue un completo fracaso, como era evidente para cualquiera que observara la obra apenas unos años después de terminada.

La Última Cena es uno de los temas más antiguos del arte cristiano, pues aparece ya en las catacumbas hacia mediados del siglo tercero. Si bien a lo largo de la Edad Media podemos encontrar la Última Cena en mosaicos, retablos de altar tallados en madera, capiteles y detalles decorativos de fachadas, el esplendor del tema lo encontramos en el Renacimiento italiano que, con el afán de crear el espacio verosímil para la obra de arte, lo ubica frecuentemente en los comedores de los monasterios y conventos. En este sentido, Leonardo trabaja en el seno de una tradición que, en el curso del siglo 15, había creado distintas versiones del tema que el artista debió conocer.

También La Última Cena de Leonardo se encuentra en el comedor del convento y fue pensada por el artista para que se integrara en el espacio. Sabemos que en uno de los lados cortos del espacio rectangular del comedor se encontraba la mesa del prior, en los dos lados largos las mesas para los demás monjes y en el otro lado corto, cerrando el conjunto, se desarrolló la obra de Leonardo que, así, contribuye a generar la idea de que nos encontramos entre lo real y lo pintado. Con el hecho adicional de que la realidad más fuerte y trascendental, lo real más real, es la que nos ofrece la pintura, de la cual los hechos cotidianos que tienen lugar en el comedor son apenas un reflejo, una especie de memoria: que hoy comamos aquí, debían pensar los monjes, debe hacernos recordar la verdadera comida, la del cuerpo y la sangre de Cristo.

Pero Leonardo no se contenta con seguir una tradición sino que, como ocurre siempre en su trabajo, se dedica a reflexionar acerca de las condiciones materiales en las cuales se debió desarrollar la Cena y, sobre todo, en su significado más profundo. Y esa idea de que el arte es, sobre todo, un proceso de reflexión y no un alarde de habilidad técnica, lo lleva a pensar en un sistema de pintura distinta a la del fresco, que se usaba para pintar estos muros.

El fresco se realiza sobre el muro cubierto por una capa de arcilla especial que todavía debe estar húmeda cuando recibe el color y que al secarse lo integra con ella misma; de allí viene el nombre de “fresco”. Pero en ese caso se requiere pintar muy velozmente antes de que la capa de arcilla se seque; si esto ocurre, el color no se adhiere al muro y todo el trabajo se pierde. Leonardo no quiere someter su reflexión a semejante premura porque él sabe muy bien que su forma de trabajar exige volver muchas veces sobre los detalles, los rasgos y expresiones de las figuras, su organización, los colores de cada elemento, las luces y sombras, le exactitud y textura de los tejidos y, en fin, todo el conjunto de la obra.

Desde el siglo 16 circulaban muchas historias y leyendas acerca del trabajo de Leonardo en La Última Cena. Se contaba que a veces pasaba muchas horas y jornadas trabajando, pero que en otras ocasiones llegaba para dar apenas un par de pinceladas y luego ausentarse durante muchos días. O que durante muchos meses dejó inacabado el rostro de Judas porque no lograba encontrar la imagen de la maldad absoluta y que al encontrarla resultó ser el mismo hombre que años antes les había servido de modelo para la bondad absoluta de Cristo.

En una época en la cual no se había producido todavía el invento de la pintura al óleo sobre tela, que podría haberle dado una solución técnica más sencilla, Leonardo inventó un procedimiento para pintar con temple y óleo sobre yeso que le permitió toda la lentitud que buscaba y que en un primer momento produjo resultados espléndidos; sin embargo, al cabo de pocos años la pintura empezó a desprenderse llegando a desaparecer de muchas partes del muro.

Pero quizá lo que más ha interesado siempre a los historiadores es el sentido que Leonardo quería transmitir con esta obra, centrada en la imagen de Cristo como sol de verdad, como centro del cosmos rodeado por los doce apóstoles que, en esa perspectiva cósmica, se vinculan con los signos zodiacales.

La Última Cena de Leonardo sigue viva e inquietante, quizá como una de las mejores expresiones de la esencia del arte: trascendental, cargado de sentido, de anhelos de permanencia y de eternidad, pero, al mismo tiempo, fugaz, evanescente, pasajero, imposible de conservar.

La última cena en versiones de los maestros
Última Cena. Dirk Bouts. 1464


Última Cena. Gianbattista Tiepolo. 1745


Última Cena. Giotto di Bondone. 1303


Última Cena. Domenico Ghirlandahio. 1480


Última Cena. Martín van Heemskerck. 1551


Retratos apócrifos de algunos personajes
No todos los datos de personajes de la Pascua se pueden confirmar. Algunos vienen de las narraciones bíblicas, pero pocos son exactos. Otros, son producto de la imaginación de narradores y escritores, que atando cabos, situaciones y ficciones, dan forma a la historia.
Por Saúl Álvarez Lara
Judas Iscariote el traidor
Es un personaje contradictorio. Sus orígenes se remontan a unos padres que lo arrojaron al mar siendo aún bebé y fue salvado por una mujer nativa de Iscariote, de allí su nombre. Después de asesinar al hijo de su salvadora regresó a Judea, entró a trabajar con el Prefecto Poncio Pilato y al mismo tiempo fue el ecónomo de los discípulos de Jesús. Era negociante acostumbrado al trueque ventajoso; le gustaba estar cerca del dinero y quizá por esto, también del engaño. Sin embargo, no era un hombre rico. Se puede decir que llevaba la traición en él. Sus ojos pequeños y separados, enmarcados por la piel curtida y la barba enjuta no permanecían quietos. Cuando hablaba, su voz seca generaba cierta inestabilidad. Es el antihéroe, sus compañeros discípulos desconfiaban de él. Sin embargo, la literatura lo ha considerado desde otra perspectiva y ha hecho énfasis en la lucha interna que libran los seres humanos: en Tres versiones de Judas, Jorge Luis Borges escribe que “Judas entregó a Cristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma”. Según esto cumplió con la misión que le fue impuesta y se convirtió en el equilibrio que el mal representa para que el bien se cumpla.

Poncio Pilato el procurador
Después de su obligado retiro, Poncio Pilato vivió en Sicilia. Anatole France narra en El procurador de Judea el encuentro de Pilato con Elio Lamia un amigo de la época de su prefectura en Judea. Recuerdan eventos y personajes, Pilato defiende algunos de los actos que llevó a cabo durante su administración, como entrar en Jerusalén al frente de una tropa de trescientos legionarios con la efigie del Emperador en estandarte como si fuera un dios. Este hecho fue uno de sus primeros choques con Caifás, el Sumo Sacerdote. Otro desacuerdo tuvo lugar cuando ordenó construir con dinero de los impuestos y mano de obra judía un acueducto que no era necesario. “Durante el encuentro, Lamia menciona una mujer judía, hermosa, a quien conoció en algún tugurio cuando bailaba al ritmo de los címbalos, era de una belleza extraordinaria. Lamia no recuerda su nombre, solo que un día desapareció y después de buscarla por los recovecos de Jerusalén se enteró de que había partido con la tropa que seguía a un joven taumaturgo galileo que se hacía llamar Jesús el Nazareo, …lo crucificaron por no sé qué delito, dijo Lamia, ¿lo recuerdas Poncio? Pilato llevó la mano a la frente como quien hace memoria y tras unos momentos de silencio murmuró: ¿Jesús?, ¿Jesús el Nazareo? No lo recuerdo…”.

María de Magdala la pecadora
María de Magdala, llamada así porque nació en esta población, puede ser también María de Betania, hermana de Marta y Lázaro el resucitado, miembros de una familia noble. Es la persona que vio a Jesús en la tumba después de bajarlo de la cruz y la primera en atestiguar su resurrección. Se la confunde con la pecadora de la casa de Simón el fariseo y también con la mujer que fue salvada de lapidación después de cometer adulterio. Cualquiera de estas Marías, una de ellas, fue testigo de los acontecimientos de aquel viernes de Pascua y acompañó el cortejo hasta el Gólgota. Decir que María Magdalena y Jesús eran marido y mujer contribuye a hacer más enigmática su personalidad. Para justificar su estadía en Betania al lado de sus hermanos, Marta y Lázaro, se dice que trataba de escapar de su mala reputación. La vida y también la muerte de María Magdalena son un misterio. Algunos dicen que murió en Efeso donde llegó después de dejar Judea. Otros aseguran que fue a predicar con sus hermanos Marta y Lázaro a la Provenza francesa donde se hizo eremita y murió en los Alpes Marítimos. Lo único que se repite en todas las descripciones de su vida y personalidad es que era una pecadora que escandalizó a los discípulos, incluido Judas, por su conducta considerada excesiva.

Barrabás el sedicioso
Pär Lagervist, sueco, premio Nobel de literatura en 1951, escribió una novela titulada Barrabás que lo describe así: “… Era un mocetón de unos treinta años, robusto, de pálida tez, barba rojiza y cabellos negros. Las cejas eran también negras; los ojos se hundían en las órbitas como si la mirada hubiese querido esconderse. Bajo uno de los ojos corría una profunda cicatriz, que desaparecía en la barba…”.

Condenado a muerte por rebelión contra el Imperio, Barrabás fue liberado cuando Poncio Pilato, para cumplir con la costumbre de liberar un prisionero durante la Pascua, preguntó a la muchedumbre a quien preferían ver crucificado. Eligieron a Jesús. En la novela de Lagervist, Barrabás no comprende lo sucedido y sigue de lejos, sin saber por qué, el cortejo con la cruz. Pero en la historia oficial el bandido desaparece. No existe documento alguno que mencione su devenir ni sus orígenes, es un revoltoso acusado de asesinato y condenado a muerte por sedición. Sin embargo hay quien asegura que es una invención necesaria para representar la violencia en oposición a Jesús que la rechaza y agrega que si este episodio es eliminado de la historia no altera el final.


¿Música sacra hoy?
La música sigue siendo un bálsamo curativo para quienes la sepan buscar, para aliviar los males del sinsentido de la alienación generalizada de la vida contemporánea
Por Ramiro Isaza
Desde la más remota antigüedad, el hombre primitivo sintió los poderes de la música. Supo que podía producir diferentes emociones, causar efectos sobre la conciencia y alterarla. Es posible que, así en ese estado, pensara que su espíritu -a falta de otra mejor palabra- se elevaría y entraría en contacto con entidades superiores, pues no tenía otra explicación a lo que estaba viviendo.


 Por eso la música siempre ha estado asociada a todos los cultos; en todas las culturas y en todos los credos se ha usado con fines sagrados. En la religión hinduista, en los ritos budistas, islámicos, judaicos y cristianos hay ejemplos de su utilización para reafirmar las creencias, para llevar a los fieles un estado de recogimiento y de fervor, para sentir que se ha llegado más cerca de los respectivos dioses.

Es innegable que la religión ha producido innumerables obras de literatura, arquitectura, artes plásticas y de música.

A sabiendas de dejar por fuera muchas obras maestras de otros credos, limitándonos al cristianismo y posterior derivación católica, a riesgo de hacer listas de nombres y obras, se pueden citar magníficos ejemplos que vienen desde el medioevo con el Canto Gregoriano, llamado así por haber sido compilado y reglamentado por el papa Gregorio Magno alrededor del año 600 de nuestra era.

A partir de ese canto comenzó para la música sacra una larga evolución que se extiende hasta hoy. Pasó por los desarrollos de la polifonía temprana con la Escuela de Notre Dame (Leonin y Perotin) luego con el Ars Nova (Guillaume de Machaut y su Misa de Notre Dame) y los miembros de la escuela Franco Flamenca del siglo XV (Desprez, Ockehem, etcétera).

En el Siglo XVI el Concilio de Trento, respuesta de la Iglesia católica a la Reforma Protestante y creador de la Contrarreforma, quiso prohibir el uso de la polifonía, pero le fue encargado a Palestrina demostrar que esa forma de componer sí podía ser lo suficientemente piadosa y encarnar los ideales que se le exigía al canto oficial del catolicismo. Su Misa del Papa Marcelo, logró el cometido.

A finales del Renacimiento y principios del Barroco, Monteverdi compuso sus Vísperas de la Beata Virgen e inauguró un periodo muy fructífero en obras sacras: Miserere de Allegri, Gloria de Vivaldi, Te Deum de Charpentier, Stabat Mater de Pergolesi, para nombrar algunas.

En la segunda mitad del siglo XVIII, Mozart, en su estilo clásico, contribuye con el Ave Verum, el Réquiem y Haydn con su oratorio La Creación.

A pesar del anticlericalismo heredado de la ilustración y del siglo de las luces anteriores, durante el siglo XIX se seguirán produciendo obras de singular belleza: Missa solemnis, de Beethoven, Stabat Mater de Rossini, Misa solemne de Santa Cecilia de Gounod, Réquiem de Verdi y el Réquiem de Fauré.

Llegado el siglo XX con sus adelantos científicos y un creciente ateísmo, algunos compositores, pocos, seguían siendo inspirados por la Divinidad y por la liturgia católica:

Poulenc compuso su Gloria, Durufé su Réquiem y Messiaen varias obras de inspiración y carácter místico.

Una vez pasados los horrores de los campos de concentración y de las bombas atómicas, cuando la cultura occidental se atomiza en múltiples tendencias y estilos, cuando el mercado parece ser el nuevo Dios y el consumo la última religión, ante la amenaza de una catástrofe ecológica, cabría la pregunta ¿para qué sirve hoy la música sacra? Precisamente para llenar ese vacío que ha producido el vértigo de los acontecimientos en que todo parece obsoleto tan pronto ha sido implementado; cuando el materialismo se pasea rampante por la insatisfacción íntima de los seres humanos que buscan una respuesta a su loca carrera en pos de bienes y de hedonismo inmediato, la música sigue siendo un bálsamo curativo para quienes la sepan buscar, para aliviar los males del sinsentido de la alienación generalizada de la vida contemporánea.

Es así como surgen las voces aisladas, pero contundentes de Arvo Pärt con De profundis, Gorecki con la Sinfonía Nº3 y Totus tuus y John Tavener con su Velo Protector y otras más, así sea este último autor, perteneciente a la Iglesia Ortodoxa Griega.

Sé, de antemano, que toda antología es una arbitrariedad y no pasa de ser una selección personal, no obstante hago una invitación al lector para que se adentre, expuesto y dispuesto, a escuchar de forma atenta, algunas de las obras que aquí menciono y los otros cientos de ellas que quedaron por fuera.

Verán que vale la pena.