Visa USA

Visa USA
La visa USA fue y sigue siendo una de las que mayores inquietudes causa entre quienes la solicitan

Por Saúl Álvarez Lara
Nadie podría decir que nunca ha hecho una fila. Por necesidad, por obligación o porque no había otra salida. Hay que hacer fila. Claro está, hay filas alegres y festivas: para entrar a fútbol, para un concierto, para recibir un premio. Hay otras, en cambio, que oprimen y pueden ser causa de depresión y hasta de negocio entre quienes las hacen. Filas para obtener un certificado o pagar un impuesto en cualquier institución pública son un martirio. Para obtener una visa, cualquier visa para cualquier país que la requiera, la fila es un encuentro con lo desconocido, un mar de dudas que se atiza porque el postulante no se puede ahogar y entonces pregunta a amigos o conocidos, sin considerar que cada uno tiene una respuesta distinta según su experiencia o inexperiencia.
La visa USA fue y sigue siendo una de las que mayores dudas causa entre quienes la solicitan. Claro está, se acabaron aquellos tiempos de madrugadas imposibles y filas eternas con toda suerte de especulaciones sobre lo que encontrará quien llegue a la ventanilla: … que hoy sí la están dando, que quienes vayan en familia tienen ventajas, que el funcionario de la casilla tres rechaza a todo el mundo, que casi todos salen llorando; “mirá… aquél salió riéndose, se la dieron”. A pesar de que las cosas han cambiado y la tecnología y el sistema de citas han agilizado el proceso, las dudas campean entre quienes, algunos con tres horas de anticipación a la de su cita porque no creen, deben presentarse a la fila en la puerta de la Embajada. ¿Tengo todos los papeles? se preguntan y por milésima vez revisan la carpeta: extractos bancarios, cartas de presentación, certificados de propiedad, quizá también pasajes y direcciones de los lugares que piensan visitar o donde se van a hospedar, certificados de renta, hoja de vida, diplomas, certificado médico, estado civil. ¿Fotos? ¿Tengo las fotos? y de nuevo a revisar a ver si están donde deben estar.
La cuarentena comienza con los preparativos y a medida que la fecha se acerca la tensión sube, sobre todo porque se corre el riesgo de perder el esfuerzo de recolección de información, el dinero de la inscripción y el de los pasajes porque es obligatorio ir hasta Bogotá.
La fila es larga en la entrada de la Embajada. Hay afiches por todas partes que indican que uno no se debe dejar ayudar de nadie. Una voz monotónica da instrucciones por un altavoz: “El señor de corbata morada… no se salga de su lugar… Quien no tenga los papeles en orden regresará al final de su fila…” Una mujer ofrece chicles, gaseosas, galletas, manipapas y sombrillas para proteger del sol. Un hombre mayor pero con cabeza joven viste camisa de cuadros, jeans Levis estrechos, botas camufladas uno o dos números más del necesario, nadie cree que le den la visa, sin embargo dicen que se la están dando a todo el mundo: “Todos salen riendo”. La voz monotónica continúa las instrucciones: “… En las zonas verdes o junto a las materas no debe haber nadie… Los funcionarios van a revisar los documentos. Tengan listo el papel de la cita, foto, pasaporte, el que no los tenga en orden pasa al final de la fila”. Una mujer que parece muy enterada dice que Shakira también pasó por allí. Hasta entrar a la embajada la fila parece poco ágil, después de pasar el primer escollo y entrar al recinto –la sensación de ser observado se pega a la piel– hay que pasar los rayos X donde todo aparato electrónico: cámaras, celulares, portátiles o tabletas tipo iPad, deben quedar a cambio de un ficho azul con letras blancas, para reclamar, a la salida, lo que quede en consigna.
Después viene un espacio abierto que conduce a otras filas más cortas donde se distribuyen las personas de la fila inicial. Al cabo de algunos minutos una mujer de apariencia gringa, rubia, pelo corto y ojos claros detrás de gafas sin montura y con expresión de piedra, llama a quien sigue. Amable pero seria. Hace preguntas de rigor: ¿Cuántos son? ¿Visa? ¿Vencida? ¿Han pedido otra? ¿Quienes vienen? ¿Las fotos son antiguas? ¿Recientes? ¿Cuánto tiempo? La conversación ocurre por teléfono a través de un vidrio de seguridad. Consulta sus bases de datos, confirma lo dicho por internet en el momento de la solicitud –saben más de nosotros que nosotros mismos, dice alguien en la fila– y pide ir a otra ventanilla donde tomarán las huellas digitales. Allí otra funcionaria igualmente seria hace su trabajo y se queda con los pasaportes, que se pondrán en contacto, dice, y pasa una nota explicativa por debajo de un vidrio de seguridad verde y grueso. No se sabe si otorgaron la visa, la duda persiste. Si la respuesta es positiva es posible considerar que la tarea estuvo bien hecha. Si es un “no” rotundo, dará a pensar que algo quedó mal hecho, por supuesto, de parte de quien hizo la solicitud, la subjetividad de los anfitriones es a prueba de todo.