Vimos a Metallica

   
  
   
 Era el 17 de noviembre de 2009, a las 10 de la mañana, el momento en el que salían a la venta las boletas para la presentación de Metallica en nuestro país. Rompiendo todo tipo de récord, las entradas de la mejor localidad, “ONE”, se agotaron cerca de las 11:30 a.m., 90 minutos después del inicio de la venta y a cuatro meses del concierto. Esto seria un presagio de que el evento que se desarrollaría el 10 de marzo de 2010 en Bogotá no sería un concierto más, sino que sería el show más complejo que jamás se hubiera visto en Colombia.
Y así fue, por eso desde el viernes 5 de marzo los primeros fanáticos comenzaron a arribar al Parque Simón Bolívar.

La mejor recompensa
El concierto era un miércoles, mitad de semana, algo que dificultaba la llegada de miles de aficionados, sobre todo de otras ciudades del país, que buscaban la forma de pedir el permiso en la empresa, o en la universidad o en la misma casa.
Por tierra y por aire, los amantes de Metallica hicieron presencia con sus camisetas negras alusivas a la banda, incluso en el Aeropuerto de Rionegro los vuelos hacia Bogotá estaban casi “tomados” por los fanáticos. “Este es el avión del metal, es el día más feliz de nuestras vidas”, dijo un joven mientras realizaba unos trabajos de química en la sala de espera.
Como él, fue común ver en las filas antes de ingresar al parque a jóvenes con documentos y cuadernos. Felipe, estudiante de medicina, tenía un parcial el jueves a las 10 de la mañana en la Universidad de Antioquia, del cual dependía el 40% de la nota final de la materia. “Me traje los documentos para estudiar en los ratos que pueda, en la fila, en el taxi, en el avión", indicó.
Algunos que eran empleados, tuvieron que mantener comunicación con sus jefes durante toda la tarde, otros se hicieron incapacitar, otros vinieron desde Ecuador y otros llegaron sobre la hora con el cachaco aún puesto. El amor por Metallica va más allá, los sacrificios eran pocos para lo que venía desde las 8:00 p.m., la aparición de la potente batería de Lars Ulrich, la inconfundible voz de James Hetfield, el talento en la guitarra eléctrica de Kirk Hammett y la energía en escena de Robert Trujillo, en el bajo.

Dos horas inolvidables
Muy puntuales, a las 8 de la noche, las luces se apagaron y comenzó a escucharse “Ecstasy of Gold”, clásico intro de Metallica en sus presentaciones, mientras las más de 50 mil almas estaban listas gritando con todas las fuerzas, hasta que la batería de Ulrich retumbó en todos los corazones. Fue el inicio de Creeping Death, enérgica canción que sería el principio de una secuencia de viejas canciones como: For Whom The Bell Tolls, Ride The Lightning y Fade to Black.
Luego vinieron las infantables temas como Sad But True, Master of Puppets y Enter Sandman, entre otras. Pero fue el intro de One el que puso el máximo nivel con explosiones y una pirotecnia nunca antes vista en un concierto de rock.
Cerca de las 10:00 p.m., Hetfield pidió hacer el último esfuerzo para entonar Seek and Destroy, cerrando un espectáculo inolvidable por su montaje y estructura, superando lo hecho por Iron Maiden y Kiss. Los sacrificios, los kilómetros recorridos y la gran espera finalizaron, los sonidos de la banda con la que han crecido diferentes generaciones quedarán en el recuerdo de más de 50 mil personas que fueron felices durante dos horas y salieron con la mejor sonrisa, con un eternamente gracias a Metallica.