Vanidad que intoxica


Por: Juan Carlos Orrego

A ratos me avergüenza ser antioqueño, y llego a sentir el deseo de meter la cabeza en un agujero, como si fuera un avestruz africano. Así sucede cada vez que descubro la codicia que hay tras la pretendida formalidad de mis paisanos, o cuando compruebo su propagación de plaga de langostas en los lugares más insospechados: esos negocios con ínfulas de embajada y con sus sobradores propietarios, hablantinosos como ciertos pacientes del Dr. Freud. A tono con los actuales días futboleros, esta columna pone el dedo en una llaga de regionalismo redondo y purulento.
Las pasadas vacaciones de junio me llevaron, junto con mi familia, a las calles de Pereira. Llegamos a la “Perla del Otún” justo el día en que la Selección Colombia debía jugar contra la mexicana, en la reinauguración del estadio Hernán Ramírez Villegas (escenario que, cuando era una mole sucia y desdentada, quizá merecía llevar el nombre del arquitecto casi anónimo que lo diseñó, y que hoy en día, de lo puro reluciente, se quedaría corto incluso si luciera el apelativo de un prócer). Sin pensarlo mucho, anuncié a mis hijos que iríamos al partido: me amparé en mi supuesta sabiduría de comprador de boletas, adquirida a lo largo de dos décadas y media en las afueras del Atanasio Girardot, en ocasión de varias finales y en lucha titánica contra el apetito feroz de los revendedores. No miento si digo que me sentí henchido de una soberbia de patriarca medellinense, y que me asistió una confianza de gigante por lo que me correspondía de la astuta sangre de mis ancestros.
Mis intenciones acabaron en humo: como si se tratara de un concierto de Metallica, los pereiranos ya habían agotado los abonos, y un insignificante remanente de boletas alcanzaba, en el mercado negro, precios multiplicados por los números más gordos de la tabla (como si los lugareños hubieran confundido el partido amistoso con la final de un mundial). Después de una larga explicación, convencí a mis hijos de que no teníamos un camino distinto al de ver el cotejo en el hotel, siempre más cómodo (despechado argumento, qué duda cabe), e incluso prometí a mi empecinado benjamín que le compraría la camiseta de la selección. Fue mi segundo error: los matecañas habían barrido todas las tiendas deportivas en las semanas previas, y apenas quedaba la opción de conformarse con las sospechosas prendas exhibidas no lejos de las nalgas del Bolívar Desnudo, en pleno centro.
En su siguiente partido de fogueo, el equipo de “Bolillo” Gómez jugó contra Senegal en el Atanasio Girardot. Asistieron tantas personas como a una consulta de precandidatos de partido (político), y fue evidente lo que se respiraba en la mezquina villa: ahíta por el reciente campeonato de uno de sus clubes privados, la ciudadanía futbolera mostraba, sin remordimiento, el desdén que le merecía el equipo del país. Ante las gradas semivacías, recordé lo que pasó cuando, en el 2009, vi el partido eliminatorio de Colombia contra Perú desde la tribuna sur del mismo estadio: los barristas de ese lado —tradicionalmente verdolaga— llevaron banderas amarillas en que, con saña, habían sido borradas las franjas azul y roja, y sólo corearon los nombres de los jugadores que pertenecían al gaseoso club de sus amores. Sin embargo, no caigo en el error de la acusación sesgada: estoy seguro de que, de haber mediado las respectivas circunstancias, los seguidores del “Poderoso” se hubieran empantanado en la misma rabieta sectaria.
Soy feliz cuando un superávit del bolsillo me deja poner los pies fuera de Antioquia. Entonces descubro una magnificencia que no necesita anunciarse con megáfono, una amabilidad que no conoce la autocomplacencia y una capacidad entusiasta para aceptar lo diverso. Nada como estar a salvo de la vanidad que intoxica las montañas de mi tierra.
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