Una carta para no olvidar

Daniela Abad, una joven espontánea y tranquila, deja entrever los valores simples como el amor por la familia
Carta a una sombra
es el primer documental de Daniela Abad Lombana
Por Luisa Martínez

Daniela Abad pudo hacerle a su padre, el escritor y columnista Héctor Abad Faciolince, muchas de las preguntas que tenía. Eran del abuelo, de su relación con él, de la familia, y otras, más íntimas, de hija a padre. Preguntas naturales que volvieron un día, a propósito de su documental Carta a una sombra, que codirigió junto al director bogotano Miguel Salazar, para contar la historia de la vida y muerte de Héctor Abad Gómez, el médico que luchó por la salud pública y la defensa de los derechos humanos en Medellín. Según describe Salazar: “la de un hombre bueno asesinado por ser bueno”.>

El documental se encuentra actualmente en las carteleras de cine de la ciudad y ha logrado sacar lágrimas a más de uno, como muestra de un sentimiento de empatía con una historia cercana y propia. Ganó el Premio Especial del Jurado y del Público en el 55º Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias –FICCI–. Con su investigación, los realizadores comprueban la amplia narración del libro El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince, la inspiración del documental. Aunque la idea inicial fue de un cineasta holandés, luego de que Daniela llegara de Barcelona hace dos años, en donde se formó en la Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña, se encontró sentada en la biblioteca de su padre, hablando de recuerdos y grabando escenas.

La familia está feliz. No pueden creer ver al abuelo en un afiche en el cine. Y luego, verse en pantalla gigante, es emocionante. La conmoción era de esperarse. Era volver a las fotografías guardadas en los baúles de la abuela y reencontrarse con momentos que quizá no recordaban; tener el previo aviso de videos fuertes, que por motivos de sobra, no se apresuraron a obtener; oír audios nunca conocidos y que guardan la voz, ya apagada. Pero fueron esas cartas habladas que el abuelo enviaba desde Indonesia o Filipinas, grabadas en un casete, las que sorprendieron a la nieta. Fue muy bonito para Daniela encontrar una para ella cuando acababa de nacer y oír por primera vez a quien le hablaba de la grandiosa mujer que sería.

Con esta historia no se pretendía encontrar al autor del asesinato de Héctor Abad Gómez –el 25 de agosto de 1987– sino, como expresa la codirectora, “contar una parte de la historia de Colombia, pero sobre todo recordar unos valores muy simples que mi abuelo siempre tenía presentes como el amor por la familia, los hijos, la belleza, la vida… Y hacer un cuestionamiento político desde esos valores, más que hablar de afiliaciones políticas, que igual están ahí”.

Afiche del documental

Una de las paradojas más tristes de su vida, relata en el documental Héctor Abad Faciolince, es que casi todo lo que ha escrito ha sido “para alguien que no puede leerme, y esto no es otra cosa que la carta a una sombra”. De cierta forma, revela su hija, “el documental es una carta, mía y de Miguel para mi papá y es muy emocionante que él sí pueda verla”.

“El cine es el único amor que no he perdido”, asegura. Quizá por eso abandonó, igual que su padre, la carrera de medicina que cursó por dos años. “Las películas, son definitivamente lo que más me gusta”, agrega. Por estos días, anda escribiendo el nuevo documental del que será directora y que grabará en 2016, esta vez dedicado a su abuelo materno, el escultor Tito Lombana.

Ser de aquí y de allá
Su vida ha estado entre este país, el que siente como propio, y Europa. Daniela Abad nació en Turín, Italia, el 22 de mayo de 1986, pero creció en la ciudad de Verona, a donde fueron sus padres, luego del exilio de Héctor Abad hijo tras el homicidio de Héctor Abad padre. Verona, recuerda, es esa ciudad pequeña y conservadora –ahora de moda y bohemia–, en la que no tenía mucho qué hacer, pero donde comía delicioso. Allí, en un barrio de inmigrantes, Veronetta, vive aún su madre Bárbara Lombana, en el mismo apartamento amplio, pero acogedor, y con ese ambiente que ella le da, “con sus cosas de hippie”, según cuenta. Por eso ha vivido con esa dualidad de dónde estar, si acá o allá.


Fotografía tomada por Carlos Bernal, amigo de Héctor Abad Gómez. Foto Cortesía

Daniela, que casi siempre sonríe, deja entrever el amor que siente por su familia. Habla de esas mujeres que, en un encuentro íntimo y sincero, se atrevieron a evocar la tragedia de un padre y un esposo, pero también el legado de enseñanzas y bellos momentos. La primera de ellas es Cecilia Faciolince, su abuela y amiga. La mujer sabia que entre tantas cosas le enseñó por qué la independencia económica es tan importante: “para que no te dominen y no tengas que hacer cosas que no quieres”. Las otras, sus tías son esas mujeres que cuando están, la vida es diferente: Mary Luz, la mayor, es “muy generosa”. Ella, que arregla los floreros de las casas, sabe lo que está de moda y lo que no, es la que se encarga de que Daniela “esté bien arreglada” y se queja porque ella no usa aretes. María Clara, es con quien puede conversar libremente de cualquier cosa, “es la más alegre e intelectual”. “Cuentan que era la más bonita, modelo de Piel Roja y esas cosas…”. Eva Victoria o “Vicky”, es “glamourosa”, “puede no ser muy visible, pero para mí es la más sensata y en quien confío mucho”. Sol Beatriz o “La nena”, es la médica que, igual que el abuelo, cuida la salud pública y la de la familia. “Siempre está pendiente de este tema y nos regaña por eso”, cuenta Daniela. Es con quien de niña más tiempo compartió. Sus hijos, María y Miguel, son sus primos más cercanos. Por su puesto, está su padre, Héctor Abad. Con él, habla tantas veces al día que sus amigas se asombran. Es el amigo a quien le pide consejos todo el tiempo y con quien está a veces en desacuerdo. “No he leído todos sus libros ni leo todos los domingos sus columnas (…)”, admite, pero lo que sí tiene presente es su mayor enseñanza: “Confiar en uno mismo, oír lo que uno siente y quiere hacer y hacerlo”.


Héctor Abad Gómez junto a su familia. Foto cortesía