Un petit déjeuner paisa parisino

En más de una ocasión he tomado para esta crónica el tema del desayuno y siempre he manifestado mi encanto por desayunar esporádicamente en la calle; pues bien, últimamente lo estoy haciendo en el parque principal de El Poblado, en una pequeña cafetería que funciona en el costado sur oriental de la iglesia de San José. Seguramente para muchos lectores el lugar no les dice nada; sin embargo, no hay nada más reconfortante que sentarme bajo su parasol, al lado de la vitalicia vendedora de flores y con absoluta discreción fisgonear a diestra y siniestra, para constatar un mundo de personajes y de gustos gastronómicos verdaderamente encantadores. Allí llegan santas señoras de pelo cano; mujeres catanas de profesión hogar; mujeres jóvenes de virginidad a prueba; monjitas de moderno atuendo; pensionados de tardío arrepentimiento; vendedores de milagros y lotería; lustrabotas; uno que otro ejecutivo buscando un tinto y más de un orate dueño y señor del atrio.

Aromas de incienso, cantos religiosos, reflejos de vitrales, muros de longevo adobe conforman con las gentes mencionadas un espacio que indefectiblemente me hace pensar en mi pasado parisino. Pero llegado el momento de hacer mi pedido mañanero, la oferta de este petit bistró alborota la memoria criolla de mis jugos gástricos, pues allí preparan las mejores empanadas de iglesia de esta comuna (doraditas y crocantes) acompañadas de impecable ají; de igual manera sus buñuelos de discreto tamaño son calientes y esponjosos; sus arepas son caseras; su quesito hipercremoso; su café fresco y aromático y en cuanto a refuerzos… sus huevos pericos son de un color y de una exageración de porción, que hacen creer siempre que los pedidos por una van destinados al párroco.

Cada vez que finiquito mi primer golpe mañanero, no dudo en pedir repetición de café, encender un cigarrillo y dar una oteada al periódico del día. Allí me quedo 30 ó 40 minutos hasta que salen los feligreses de la misa… se llenan las mesas, escucho sus conversas y finalmente me levanto con una placidez semejante a aquella que sienten quienes todos los días comulgan para reencontrarse con el altísimo… ellos lo hacen ayunando, yo lo hago desayunando; espero que Dios comprenda que el placer de mi llenura -logrado en su cafetería- contribuye en gran medida al placer de mi existencia.