Un peso pesado (2)

La humanidad entera también viaja en el barco. Allí están las hipocresías de los privilegiados, la sumisión rencorosa de los subalternos, y la tierra de nadie –llameante y telúrica– de la servidumbre
/ Gustavo Arango
Hace quince días conté la versión que García Márquez había dado de su cuento favorito: la historia del magnate que trabajó toda la vida para hacerse a una fortuna, su plan minucioso para la vejez, el ahogo que sintió al abordar el barco de la “P & O”, y la muerte que dejó truncos sus propósitos. Tardé mucho en cruzarme con el cuento y, como García Márquez sólo mencionó al hombre, me sorprendió que la historia estuviera narrada desde la perspectiva de una mujer.

La protagonista viaja sola y tiene un poco más de cuarenta años. Ha venido bajando por el Pacífico desde el Japón. Ha visto llegar y marcharse pasajeros, ha eludido los coqueteos de un hombre maduro, ha visto los acercamientos entre un médico y una mujer casada. A veces se abstrae en pensamientos que traen a su rostro un gesto de dolor. En uno de los puertos del Pacífico, la viajera ve abordar a un hombre alto, como de sesenta años, de aspecto irrelevante. Lo mira, lo olvida y sólo vuelve a recordarlo cuando lo encuentra en el sector de la cubierta que acostumbra recorrer antes de que amanezca. La cubre una bata ligera, pero la oscuridad disculpa la impropiedad. El hombre y la mujer intentan hablar con naturalidad y se despiden cuando el día empieza a clarear.

Por la conversación en la cubierta sabemos que el viajero es un inglés que dejó su país, casi treinta años atrás, para probar suerte en el Oriente. Aunque no le quedan parientes en su ciudad de origen, ahora está de regreso. Con el dinero que acumuló en una plantación se propone comprar una casa y buscar una mujer para casarse. El plan no deja de ser descabellado; es evidente que aquel hombre se sentirá más extranjero en su tierra que en el Oriente. Pero la protagonista no está de ánimo para juzgarlo. También su historia es un poco absurda. El hombre con el que estuvo casada veinte años le ha confesado que ama sin remedio a una muy buena amiga de ambos. El sentimiento es mutuo y los enamorados son los primeros sorprendidos. Ahora la mujer viaja a Inglaterra, les deja el terreno libre y entre las cosas que más la irritan está que la mujer sea diez años mayor que ella. Una mujer entiende más fácil que la abandonen por una jovencita.

La humanidad entera también viaja en el barco. Allí están las hipocresías de los privilegiados, la sumisión rencorosa de los subalternos, y la tierra de nadie –llameante y telúrica– de la servidumbre. La preparación de una fiesta de fin de año pone en segundo plano a la mujer y al hombre, aunque es posible advertir en ella una cierta inclinación a frecuentarlo.

Ocurre luego que el hombre –que no es ningún magnate– desaparece por varios días, y la protagonista descubre que ha estado hospitalizado a causa de un hipo que no le da descanso. Tres días de lucha lo tienen exhausto. Al lado de la cama está un sirviente suyo. La mujer saluda al hombre, trata de darle ánimos y decide no imponerle su presencia. Cuando sale, el sirviente la sigue para decirle que conoce la causa del mal de su amo. Cuenta que, cuando el hombre anunció su decisión de marcharse, la mujer nativa con quien cohabitó todos esos años dijo con voz profética: “No llegará a su destino”.

Es curioso que García Márquez haya omitido a las mujeres en su versión del relato: la pasajera del barco y la amante nativa que predijo o produjo la muerte del hombre. Tal vez sólo quiso sembrar la inquietud en quienes lo escuchábamos. La muerte del viajero nos recuerda que la vida se termina cuando menos lo esperamos. Pero el cuento completo de Maugham apunta para otro lado. Conocida la noticia de la muerte del hombre, observadas las reacciones de la gente y la fiesta que no dejó de hacerse, la mujer escribió una carta dirigida a su ex esposo y a su amiga para felicitarlos por haber encontrado el amor y para desearles lo mejor. Luego siguió viajando, sintiéndose contenta y muy ligera, y a su rostro ya no vino ningún gesto de dolor.
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