Un cruce inventado

Un cruce inventado

Por Saúl Álvarez Lara
…Fue entonces cuando cometí el error. Me enamoré. Sucedió así. La vi por primera vez en el cruce de dos calles. La vi antes de que el semáforo cambiara pero algo la interrumpió y no alcanzó a hacerlo. Me pareció tímida en su vestido de algodón blanco. No tenía un cuerpo de esos que entusiasma, era más bien menuda pero algo en ella la destacaba del resto, ángel dirían algunos. Entre el momento en que la luz roja le prohibió el paso y el regreso de la luz verde tuve tiempo suficiente para llegar a su lado.

Cruzar calles no era su fuerte y la noté nerviosa, con deseos de estar en la seguridad de la otra acera o en otra parte. Un peatón en sentido contrario la rozó con fuerza, salió de su trayectoria e invadió la mía. Me miró con una disculpa pero no esperó respuesta. En menos de treinta segundos, intensos, llegamos a la otra acera. Cuando recuperó la calma caminó entre la gente que se abría a su paso. Me mantuve dos metros detrás. Por momentos alcanzaba a situarme a su altura. Entonces pude apreciar su perfil; sus hombros bronceados; su cintura perfecta y la falda al vuelo, que dejaba, a veces, percibir la piel de sus muslos. Caminaba como si fuera a llegar tarde. Al trabajo, pensé. De repente se me ocurrió que la causa del nerviosismo podía ser la posibilidad de incumplir una cita. Iba retrasada y su afán no debía tener otra explicación. La posibilidad de la cita fallida abría otros espacios. Una cita de amigas, con su madre o de trabajo, eran situaciones aceptables, pero si se trataba de un encuentro de amor era distinto. Hasta ese momento nunca consideré la posibilidad de los celos. Ahora, con la mujer vestida de blanco, la sospecha de ver traducido su afán en angustia por culpa de una cita de amor, me descompuso. La presencia de otro me convirtió en presa fácil de los celos.

Cualquiera puede pensar que es imposible que situaciones así sucedan en un espacio tan corto de tiempo, para muchos se necesita una vida entera, pero no, la sola idea de una presencia masculina cerca, acariciando su piel, besándola, me erizó los pelos. Entonces, estuve a punto de cometer otro error. Quise alargar la mano para tocarla, tomarla por el brazo y preguntarle adónde iba, cuando un golpe sólido en el hombro interrumpió mi intención y perdí el equilibrio. La perdí de vista.

Aquel día hice el recorrido entre el semáforo y el lugar donde recibí el golpe en el hombro cientos de veces con la esperanza de verla pero ella no deshizo sus pasos. Volví el día siguiente y el siguiente y muchos otros después. Horas miré desfilar gente. La luz pasó de verde a rojo y cambió de nuevo a verde cientos de veces pero ella no regresó. Después de casi tres semanas de vigilia, una mañana creí entender por qué no la había vuelto a ver. Esperaba una mujer vestida de blanco sin considerar que hubiese podido cambiar de vestido, sin duda su guardarropa debía incluir la gama de tonos y texturas que la moda exige para estar al día. Hice grandes esfuerzos pero no logré imaginarla de rojo encendido o azul colegio, para mí era una mujer vestida de blanco. Mi incapacidad para verla en otros colores era superior a mi deseo, incluso a mis celos, y nunca más apareció. Es probable que nunca haya regresado.

Entonces inventé una táctica de defensa que no solo la alejaba de mi vista y mi deseo, sino de cualquier probable enamorado que hubiese buscado aquel día, inventé que era una extranjera de paso y así se quedó en mi memoria.