Tuguripuerto II – La Saga Continúa

 Por: Juan Carlos Franco 
 
En esta columna hemos tratado algunas veces sobre el aeropuerto JMC y en cierta ocasión, previa a la reciente remodelación, lo llamamos Tuguripuerto. Sobre todo por su propensión a mojarse por dentro cuando llovía.
Es ahora un buen momento para revisar cómo va quedando, destacando lo bueno, lo regular y lo malo. En qué ganamos y en qué perdimos.
Empecemos por lo bueno. El aeropuerto ganó mucho en espacios e iluminación, en comodidad para usuarios y trabajadores, en locales comerciales (era de los poquísimos sin duty-free), en lógica de flujos, hasta en baños. Y tal vez ganó un poco en “sitios para comer algo”, difícil llamarlos restaurantes.
Sigamos con lo regular. Los cielorrasos en el nivel inferior -donde se hace inmigración, se recogen las maletas y se hace aduana- siempre están a medio tapar, pues siempre parece haber algún ducto por reparar. A propósito, ¿quién dijo que unos espacios repletos de ductos de servicios se cubren con cielorrasos?
También muy regular, y reflejo de la nueva mentalidad administrativa, es esta perla: En todos los baños hay una batería de 5 lavamanos y sólo instalaron una jabonera en el extremo, al lado del primero. ¿Qué hacen los usuarios de los otros cuatro? ¿Van hasta el extremo, le piden permiso a la persona que tal vez lo está usando y regresan, mojados y enjabonados a su lavamanos? ¿O que no se enjabonen? ¡Qué platica tan mal ahorrada!
Y veamos lo malo. No es aceptable que las rampas de acceso a los aviones tengan tantos meses de atraso. Alguien, persona o empresa, ignoro quién, cometió un enorme y bochornoso error técnico o administrativo. ¿Habrá alguna póliza de cumplimiento, alguna demanda, aunque fuera alguna renuncia voluntaria o forzada de alguien, que compense, así sea simbólicamente, tanta y tan prolongada incomodidad de los usuarios?
Y rematemos con lo peor. A lo largo de sus 25 años de uso, soportando cada día altas variaciones de temperatura, el domo acrílico original fue acumulando defectos: Estaba rayado, oscurecido, muy feo y en ciertos puntos dejaba pasar el agua. Con frecuencia había que correr a poner baldes y cocas por aquí y por allá, además de hacer trabajar horas extras a las trapeadoras: Tuguripuerto I.
Cuando a uno lo contratan para remodelar un edificio, perdón por la obviedad, uno tiene que dejar las cosas mejor de cómo las encontró. No peor. Y si uno de los peores defectos que tenía el JMC en su versión original era que al llover se llenaba de goteras, lo mínimo-mínimo que todos esperábamos era impermeabilidad absoluta.
El domo se cambió y por fin entró el sol al aeropuerto. Y tanto entró, que se volvió incómodo para los usuarios y empleados. Pero aceptemos, con cierta benevolencia, que si queremos luz natural a veces toca aguantar calor.
En cambio, donde no puede caber ni una pizca de indulgencia es con las goteras. Ya no sólo están en algunos puntos, están por todo el aeropuerto. Y para mayor ignominia, desde el primer día, no al cabo del tiempo. ¡Hubo que rescatar cocas y baldes viejos y salir a comprar nuevos! ¡Hubo que reforzar el inventario de trapeadoras! ¡Hubo que adquirir con urgencia docenas de señales de peligro! ¿Tuguripuerto II?
No quisiera estar en los zapatos de Airplan en este momento. Además de correr a reparar evidentes errores de diseño, estarán tal vez revisando pólizas de responsabilidad civil en previsión de demandas por resbalones y caídas. Como operadores del JMC se deben pasar los días dando incómodas explicaciones…
Seriamente, ¿qué le pasó pues a la ingeniería antioqueña que olvidó cómo manejar el agua?

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