Tratado de literatura contemporánea/ (quincena 1)

Sin embargo la humanidad es cuantiosa, e indefectiblemente compleja y variopinta, y, así, no todos los representantes de la especie detestan la literatura: por el contrario -y, al parecer, para darle gusto a Kafka- algunos la han elevado a la categoría de entretenimiento “oficial” o de diversión absoluta en la que no hay más que distraerse y gozar. Pero no crea usted, lector, que a esta idea me mueve la lectura de alguna compleja teoría sobre la recepción estética: yo simplemente, he visto noticieros, y he sido testigo de lo que se distingue allí como “las noticias del mundo del entretenimiento”.

Hace pocos días, una jovencita tonta y tiesa -de esas mujercitas de farándula a quien su jefe obliga a decir cosas como “Qué rico estar con ustedes” u otra patraña del mismo talante- anunciaba, a un lado de los chismes sobre los actores millonarios y los cantantes mejor vestidos del mundo, el cuarto centenario de la publicación de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha. La insulsa diva mostraba una edición de lujo de la novela, de la cual iba leyendo frasecitas intercaladamente mientras presentaba su mundana crónica de rutina, pero mientras anunciaba con fluidez los secretos vaginales de las estrellas de Hollywood, resbalaba en tartamudeos cuando le tocaba leer a Cervantes. Claro, es solo problema de la presentadora si prefiere hacer esto en vez de aquello, y a nadie afecta si -es solo un ejemplo- prefiere leer TV y novelas antes que a Cortázar (yo, honestamente, haría lo mismo). Lo que yo lamento es solo el asunto en general: que, en la vida cotidiana de muchos colombianos, la literatura se ha convertido en un espectáculo ligero y banal, quizá solo fugazmente curioso. Otra de esas chismosas con sonrisa de cartón, por ejemplo, además de que también sazona sus informes con agudas frases de escritores -yo supongo que las extrae de una agenda-, ha hecho de la publicación de las novelas colombianas un asunto frívolo y meramente decorativo: “Y en esta preciosa edición forrada con piel de becerro, Fulano acaba de publicar Tal Cosa, que sin duda les parecerá genial”.

De esto último, eso sí, la culpa corresponde a los periódicos y revistas que enseñaron el camino fácil de las reseñas huecas: transcriba usted tres renglones de la contratapa del libro -regularmente mentirosa-, adjunte una fotografía de la carátula, califique la publicación con tres o cuatro estrellitas y ¡santo remedio!: ya queda plenamente presentada en sociedad una nueva obra colombiana… Ya poco importa si otros -ociosos, ingenuos o maniáticos- la leen. Está claro que los desgloses analíticos solo hay que hacerlos a propósito de las cosas importantes como las declaraciones de los presidentes -literatura de la peor calidad-, las invasiones de un país a otro o los aguaceros salidos de madre, y no hay forma de admitir allí sucesos como la ocurrencia de un hecho literario. Hace meses vi cómo un paladín de la entrevista “inteligente” conversaba del peor modo con el escritor chileno Antonio Skármeta: insistía en llevarlo a hablar de política chilena, y leía sin entusiasmo las preguntas que quién sabe qué remoto apuntador le había escrito en el guión del día.

Ocasionalmente, la masa de los faranduleros o la de los analistas socioeconómicos se entusiasma de verdad con algún fenómeno de la literatura, pero vaya a ver usted lo vano que resulta aquello:  agotan las ediciones de Juan Gossaín, les parece que nada puede haber más sugestivo que las cantaletas previsibles de Fernando Vallejo y mueren de ternura por un libro flaco sobre putas que acaba de escribir el mismo García Márquez de siempre (incluso, algunos ejecutivos colombianos lo han declarado, en una encuesta, como “el escritor del año”… ¡Como si estuviéramos en 1982!).

Qué lejos ha quedado el siglo XIV, cuando, atraídos por las complejas ideas sobre el infierno, el cielo, el hombre y Dios, los creyentes del mundo no sabían si leer la Biblia o la Divina comedia.