Tras las huellas del Cantor

Si se calla el cantor, calla la vida porque la vida, la vida misma es todo un canto si se calla el cantor, mueren de espanto la esperanza, la luz y la alegría
(Mercedes Sosa)

Por Adriana Mejía

A las 8:20 de la noche del sábado 12 de octubre de 2013 se calló el cantor de los Cantor. Tenía 23 años, un millón de amigos, montones de proyectos y de ropa, un perro y una sonrisa que no olvida nadie que lo hubiera conocido. Cursaba el último semestre de Comunicaciones en Eafit, moría por las lentejas con salchicha, odiaba los camarones, le ponía conversa a todo el mundo, era fanático del ejercicio y el menor de una familia (Gloria Cecilia, la mamá; Carlos, el papá; Ángela y Carlos Alberto, los hermanos) que lo adoraba. “Era el amor de todos, la luz de esta casa”, dice la mamá, con la tristeza intacta. Lo tenía todo Juan Esteban, la vida la vivía a borbotones. Pero esa noche, horas antes de que las nubes se desplomaran en un aguacero rabioso, se desplomó la torre 6 del Edificio Space. Veintidós pisos cayeron del cielo en un santiamén, llevándose la vida de once personas, y los sueños y pertenencias de muchas otras que habitaban el conjunto residencial más imponente de la loma del Padre Marianito.
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Al amanecer del sábado, Juan Esteban llegó al apartamento que compartía con los papás, el hermano y Toby (el perro), en el segundo piso de la torre 3 del edificio Space. Y encontró la cama invadida, su hermana Ángela y Maximiliano su sobrinito de dos años –que por esos días estaban allí– roncaban como unos benditos, atravesados en el colchón. Despertó a Ángela y le dijo que el edificio se estaba moviendo muy feo; Ángela, adormilada, sintió como si una puerta de madera traqueteara; se levantó y llamó a la portería a ver qué pasaba. ‘Que son los ruidos de la obra, porque están trabajando en el sótano de la torre 6’, tranquilizó al hermano. Y se volvió a dormir, no sin antes abrirle espacio y desearle las buenas noches con un beso y un abrazo y un te-quiero-mucho. “Éramos llaves a pesar de que yo le llevaba diez años, no necesitábamos hablar para entendernos”. Pocas horas después, él, que siempre tenía que poner alarmas en el despertador, el radio y el celular para poder madrugar, se levantó sin hacer ruido y le dijo a Gloria Cecilia: “Mami, váyase tranquila para su cita médica que yo me encargo de hacerle las vueltas”. Al mediodía la llamó a contarle que estaba con Felipe –su mejor amigo– en el gimnasio y a las 7 de la noche, más o menos, la volvió a llamar a decirle que se estaban motilando. A las 8 la mamá salió al balcón a tomarse un café –el marido veía televisión, el hijo se bañaba para salir, la hija le daba la comida al nieto y Juan Esteban aún no había llegado–, mientras disfrutaba de la vista nocturna de la ciudad. Y, de pronto: un fogonazo, un ruido ensordecedor, una nube de polvo densa y asfixiante y un apagón. Alguien había arrancado de cuajo la torre 6. El reloj marcaba las 8:20 de una noche que cambiaría el curso de la historia de su familia. “Fuimos los primeros en salir del edificio –recuerda Ángela–, ayudados por las luces de los celulares, pero al escuchar a alguien pidiendo auxilio, nos devolvimos por una linterna y encontramos a Felipe en medio de los escombros, en shock. Juancho no estaba por ningún lado”.

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Pasada la medianoche del viernes 11 de octubre, Diana –coequipera de Cantor en trabajos académicos– y los demás chicos que se habían citado en la discoteca La Octavia de El Poblado, ya estaban seguros de que Juancho se les había torcido sin remedio. Pero al fin, tarde como dicen que llega la justicia, llegó. “Allá estuvimos hasta las 4 de la mañana. Tomando, fumando, conversando y riéndonos. Estar con “Singer” –así le decía Diana, otros compañeros le decían “Leo” porque era modelo de talla de Leonisa– era estar bien, tranquilo, acompañado”. Hablaron del grado de los dos. El de ella en diciembre, el de él en junio del 14 porque tenía materias regadas en varios semestres; había comenzado la carrera en otra universidad. “Yo no tengo afán, yo te espero y nos graduamos juntos, le insistía, y él me hacía caritas como de no-digás-bobadas. Para saber que, finalmente, nos graduamos juntos; yo, en la fecha programada y Singer, de manera póstuma, en la misma ceremonia”. Diana cierra los ojos y revive la despedida de ese amanecer: “Juancho fue el primero que dijo que se iba y yo no quería, lo abrazaba como una garrapata y no lo soltaba”. Horas después de las 8:20, cuando trabajaba en internet y se enteró de la noticia de Space, aunque tenía claro que su amigo no vivía en la torre 6, Diana supo por qué no quería que se fuera. “Siento que su compañía fue un regalo super especial que él me hizo ese día y que nadie más recibió”.

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El 12 de octubre, a las 9, Felipe recibió una llamada de Juan Esteban para que lo acompañara a hacer unas vueltas de la mamá. “Tenían una relación muy linda, él vivía muy pendiente de ella; le llevaba flores, la invitaba a almorzar”. Al final de la mañana, con el deber cumplido, se fueron a hacer ejercicio al Bodytech del centro comercial Premium Plaza. Felipe se tomó la sesión con calma, la víspera por la noche había sufrido una contractura muscular. “Por eso no nos fuimos a rumbear el viernes; Juancho se quedó tomándose unas cervecitas en mi casa hasta las 11 o 12 de la noche”. Juan Esteban sí realizó su extenuante rutina completa. El tiempo pasó sudando y ya era casi media tarde cuando entraron, como de costumbre, a almorzar a Subway. Antes del sánduche, Juan Esteban se comunicó con la mamá para informarle que la lista de pendientes estaba al día y, después del sánduche, se fueron a reclamar un pantalón, “verde de corduroy” que le estaban arreglando en la sastrería de Los Molinos y, por ahí derecho, a peluquearse los dos. “Juancho llamó de nuevo a la mamá, por ahí a las 7 de la noche, y le dijo que pasaríamos por Carulla de Palms Avenue, que qué necesitaba. Allá íbamos seguido y todo el mundo nos conocía. Éramos inseparables; él, Míster Simpatía; yo, retraído. ‘Sonría, mijo, que así se le abren las puertas del mundo’, me aconsejaba. Compramos las cervezas y nos fuimos”. Eran las 8 pasadas y el parqueadero de la torre 3 estaba repleto, entonces siguieron para el de la 4 y solo encontraron un espacio libre; Juan Esteban parqueó y, a pie, acompañó a Felipe que siguió hasta el de la 5, para sacar las bolsas del gimnasio y las cervezas. Le mostró el precintado que había al final del parqueadero y le contó que estaban haciendo trabajos en el sótano de la torre 6; se pusieron a charlar y a tirarse las bolsas a ver quién llevaba cuál. “Estábamos separados así, a un metro aproximadamente, cuando el piso se movió y se inclinó. ¡Juancho, vamos, vamos!, le grité y, en eso, una fuerza que venía no sé de donde, me botó lejos. Todo se puso negro alrededor, yo me sentía atontado y creía que se había caído una pared. ¡Juancho, Juancho!, seguía gritando y Juancho no me contestaba. Yo no me podía mover porque no veía nada, tenía la pierna amarrada con una placa y escasamente respiraba; me estaba tragando toda la tierra y el cemento que había en el aire; comencé a salivar impresionante y pensé que tenía un derrame interno. ¡Ayúdenme!, pedía auxilio con la poca fuerza que me quedaba. Es que yo cuento esto cronológico, pero todo fue de una. Una señora me arrastró. No sé cómo hizo para sacar 190 centímetros de entre los escombros. Seguía ahí, atontado, sin moverme, hasta que alguien con una linterna se me acercó. Era Ángela, la hermana de Juancho. ‘No sé qué se hizo Juancho’, fue lo único que pude decir”.

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Durante la tercera noche después del colapso –la del lunes 14 de octubre–, cuando los socorristas encontraron el primer cuerpo –el de Juan Esteban–, mucho más abajo del nivel del parqueadero, Gloria Cecilia, Ángela, Diana y Felipe se enteraron de que a Juancho se lo había tragado el Space, junto con la esperanza, la luz y la alegría. Desde entonces, y hasta ahora, los cuatro –cada uno a su manera– procesan un duelo que va más allá del llanto y recorren una y otra vez el rastro de las huellas que Cantor dejó en sus vidas: la sonrisa.