Todo tiempo pasado… ¿sí fue mejor?

     Por: Olga Clemencia Villegas de Estrada 
     
    Así lo aprendí de mis mayores y atesoro esas enseñanzas con orgullo y agradecimiento. Pero discrepo del estilo y el medio ambiente que me tocó. Los jóvenes de mi época no teníamos derecho a protestar: se obedecía y punto. La resignación prevalecía a la indignación. El regaño era seguro, y nuestro pavor ante la autoridad siempre estaba también latente. “Me va a matar mi papá y no se le puede discutir”; había que esconder, decir mentiras y acudir a la mamá para que disimulara la falta o ayudara con la disculpa. No existía el diálogo abierto, las normas se cumplían a pesar de nuestros gustos o ambiciones. El miedo al castigo nos dominaba. Nuestra tabla de salvación fue el cariño y la dedicación de los papás. No sé cómo logramos salir de esa compleja situación, de la era del “no se puede”, “no se ve bien”, “eso no lo hace una niña distinguida”. ¡Qué horror la época tan difícil para ser uno mismo o para gozar de un tiempo hermoso y lleno de ilusiones para estrenar! Salimos ilesos de milagro, por tercos y deseosos de vivir la vida, esa que nos estaba casi prohibida. A mí me gustó mi niñez y mi adolescencia, pero poco mis años mozos. Envidio a la juventud actual, abierta, con identidad, con sentido de pertenencia. Admiro su capacidad de superación y su compromiso con la tecnología pero, sobre todo, amo esa facultad de conservar y promover sus vínculos de amistad. Los jóvenes son amigos de sus amigos.
    Por eso cuando encontré este artículo de un médico de familia inglés, Ronald Gibson, tuve que comparar la educación que nos tocó y la que ahora reciben nuestros hijos y nietos con camaradería y mimos, pero al mismo tiempo con racionamiento, y no dudé en compartirlo con mis lectores porque me impactó su encabezamiento. De una conferencia sobre “Conflicto generacional”, cito las siguientes cuatro frases:
    1. “Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos”.
    2. “Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país, si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esa juventud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible”.
    3. “Nuestro mundo llegó a su punto crítico. Los hijos ya no escuchan a sus padres. El fin del mundo no puede estar muy lejos”.
    4. “Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura”.
    Después de enunciar las cuatro citas, el doctor Gibson observaba cómo gran parte de la concurrencia aprobaba cada una de las frases. Aguardó unos instantes a que se acallaran los murmullos de la gente comentando lo expresado y entonces reveló el origen de las frases, diciendo:
    La primera frase es de Sócrates (470 – 399 A .C.); la segunda es de Hesíodo (720 A .C.); la tercera es de un sacerdote (2.000 A .C.) y la cuarta estaba escrita en un vaso de arcilla descubierto en las ruinas de Babilonia (actual Bagdad) con más de 4.000 años de existencia.
    Y ante la perplejidad de los asistentes, concluyó diciéndoles: madres y padres de familia: ¡RELÁJENSE, QUE LA COSA SIEMPRE HA SIDO ASÍ…!

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