Todo debería dolernos

Elena María Molina Villegas
Por Elena María Molina Villegas / Vida plena / opinion@vivirenelpoblado.com

Estos golpes son una oportunidad para escuchar los latidos del corazón. Estos mensajes nos llaman a entrar en armonía, que un instante con sabor a eternidad permita generar un gran cambio.

Qué impactantes las imágenes de la catedral de Notre Dame en llamas, difícil no asociarlas con lo ocurrido en septiembre de 2011 y la caída de las Torres Gemelas.

Dos símbolos de nuestra sociedad fueron tocados: Las Torres, del capitalismo, del Occidente, que basa su poder en el dinero. Como un castillo de naipes asistimos atónitos a su implosión (¡no es un error decirlo!) asombrados por la vulnerabilidad que hizo manifiesta el ataque. Y no hace mucho vimos arder Notre Dame. El culto a nuestra Señora, a la Gran diosa, a la madre tierra, a Eva, a Ishah, a Lilith… a las divinidades femeninas de las culturas occidentales. Cuando vi la imagen me pregunté si Notre Dame se inmoló o si fue quemada en la hoguera como las mujeres sabias de la Inquisición.

La Humanidad se construye y reconstruye, en Nueva York se han levantado nuevas torres y un memorial para que no olvidemos lo que sucedió. Pero el símbolo sigue vigente: ese occidente se resquebraja, los sistemas financieros y las tecnologías cambian –no digo mejoran– a pasos agigantados. Los esquemas son más rígidos, la vigilancia se incrementa y se forman pensamientos fanáticos que radicalizan.

A lo largo de la historia, Occidente es el resultado de una cultura de migrantes y de proyectos económicos que arrasaron con cada continente y cada país conquistado. Los habitantes que allí fueron domados, abusados, despojados, esclavizados, migraron luego para construir nuevos mundos. Pero amerita ver que esos dos polos representativos de Occidente: Norteamérica y la Europa humanista, han sido heridos. Los EE.UU., que representan el poder, la razón, y Francia a su vez el humanismo, la ciencia “ilustrada”, el pensamiento moderno y sensible.

El mundo de hoy nos recuerda que hacemos parte de un todo y todo debería dolernos. La caída de símbolos anuncia la edificación de nuevos paradigmas. Occidente debe repensarse, renovarse, “vestirse con el talento de los tiempos”¹.

Estos golpes a nuestro ser son una oportunidad para entrar en silencio, agachar la cabeza y escuchar los latidos del corazón. Nos llaman a entrar en armonía, que un instante con sabor a eternidad permita generar un gran cambio. De la reflexión individual al cambio colectivo, de nuestro universo.

Es un imperativo. O lo hacemos o vendrán otros sistemas u otras formas de apreciar la vida y, como la historia nos lo recuerda, a arrasar con nuestra cultura occidental. Observar, recordar y que el criterio aparezca y como el Ave Fénix, entre las cenizas iniciemos una nueva forma de (con)vivir: razón y corazón en sintonía.

¹ Catalina Mesa Gómez.

 

Publicidad