Tejada

 Por: Jose Gabriel Baena
En estos días he estado leyendo cuidadosamente y hasta reescribiendo palabra por palabra –así como Pierre Menard reescribió “El Quijote”- cerca de 50 crónicas del periodista antioqueño Luis Tejada, publicadas entre 1920-24. Tejada, quien en 1922 y cuando apenas tenía 24 años fue proclamado por la revista “Caminos” de Barranquilla como “el Príncipe de los Cronistas Colombianos”, era dueño y encarnación en verdad, a una edad tan temprana, de un maravilloso geniecillo que fulguraba en las columnas literarias que publicaba en medios como “El Espectador” -en sus ediciones de Medellín y Bogotá- y algunas revistas misceláneas de la época. Miembro hacia 1918 del grupo “Los Nuevos” junto con Otto y León de Greiff, Ricardo Rendón, José Mar, Luis Vidales, Jorge Zalamea, entre otros, también fue co-fundador hacia 1921 y con varios de estos mismos amigotes, del primer grupo comunista “registrado”, digamos, que existió en el país, grupo que no pasó de ser un inocente tertuliadero más en la todavía pueblerina capital. Fundador también del fallido semanario “El Sol”, el verdadero oficio de Tejada se centró en la escritura de sus columnas o crónicas (como se decía por entonces), empezadas en forma entre 1919/20, de las cuales alcanzó a publicar una selección en libro en el año de su muerte (1924). Otras recopilaciones aparecieron después, la última co-editada (1989) por la U. de A. y la Biblioteca Piloto, con la curaduría letrada de Miguel Escobar Calle, y pronto tendremos otra en las “Palabras Rodantes” del Metro.
¿Por qué fue nombrado Tejada “príncipe de los cronistas colombianos”, siendo apenas un “enfant terrible” del periodismo de entonces? La mejor respuesta podría encontrarse quizás en su crónica “Elogio del espíritu de contradicción”, un verdadero auto-retrato y declaración de propósitos. Tejada podía ser a la vez tierno como pajarillo y ácido como el sulfúrico, amador del terruño y a la vez terrible vituperador de nuestras antiguallas y reprodridas españolerías conservaduristas, admirador un día de lo vernáculo y detractor de lo extranjero para en la siguiente columna declararse ferviente seguidor de civilizaciones como la de los japoneses, que todo lo destruyen de continuo para hacerlo más perfecto y de quienes ya adivinaba Tejada su agudísimo espíritu de copia, asimilación y perfeccionamiento de tecnologías. Declarábase moderno y futurista e insensible hasta los tuétanos pero se deshacía prácticamente en ríos de nostalgia hablando del retorno a lo natal después de largos extravíos viajeros, así como denigraba del peligro de habitar de generación en generación en la misma casa, desde el bisabuelo hasta los biznietos, con todas las especies de malas energías espirituales que se quedan adheridas en esos edificios sombríos y nos enferman el alma y no nos dejan mirar hacia lo nuevo, pero curiosamente hablaba pestes de los atrevidos “arañacielos” o gigantescos edificios gringos, que “cuadriculaban” el cerebro de sus moradores. Siendo el gran cronista de la modernidad, suspiraba sin embargo por el abandono en que el Maestro Carrasquilla había dejado a su ínclito séquito cuando decidió encerrarse del todo en su casa, agobiado de achaques. Habla maravillas de las mujeres, a quienes seguía en sus paseos capitalinos al atardecer, absorto en sus perfumes, sus andares y formas y coqueterías, pero compara el amor con un dolor de muelas o una enfermedad del hígado.
Era Tejada enemigo del trabajo esclavizante y absurdo, de la imbecilidad y prepotencia de los millonarios, indiferente a los deportes, amante de la lluvia, de la inactividad y del vaivén de las hamacas, de la suavidad y molicie de los gatos, de la inteligencia alquímica de los falsificadores de monedas y de arte, del humo del cigarro y de las pipas, de la vida lujosa, de la palabra “voluptuosidad” y a pesar de todo declaraba que la vida en general era un infinito océano de aburrimiento y tristeza, sin islas de ilusión en dónde anclar. Decía, escéptico: “… Creo que, a pesar de la morfina y del trabajo, de los saltimbanquis y de las guerras, de las cometas y de los juegos de dados, los hombres siempre se van a morir de aburrimiento, la enorme e inexplicable tristeza de sentirse solos”. Pero también: “¡Yo quisiera vivir en un mundo dormilón y descomplicado, perezoso e intelectual; quisiera ser como uno de aquellos abates decrépitos, galantes, empolvados, concupiscentes, socarrones, eruditos, que hacían un epigrama mientras tomaban rapé; ¡así, sentado en un sillón abacial, sonriente y débil, me pasaría la vida saboreando la voluptuosidad de la decadencia!”
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