Sugerencia para el acto cívico

 
Por: Juan Carlos Orrego
Sin lugar a dudas, en el Día del Idioma y en alguna travesura inconfesable se apoya buena parte de aquella extraña idea de que los tiempos del colegio son nuestro paraíso perdido.
Pero la casualidad histórica con que se justifica la fiesta libresca precisa una rectificación. Los letrados profesores de colegio —los “Darío Cano” de todas las latitudes— han enseñado que el 23 de abril de 1616, como si se tratara de una conspiración, coincidieron en morirse Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. Sin embargo, no hay tal: como los ingleses fueron devotos del anacrónico calendario juliano hasta entrado el siglo XVIII, el deceso del padre de Hamlet ocurrió cuando en España los almanaques gregorianos señalaban el 4 de mayo —día que apenas alcanzaría fama en 1987, cuando Lucho Herrera ganó la mítica etapa de Lagos de Covadonga—, lo que significa que el cuerpo del héroe de Lepanto no se conservaba ya, propiamente, en olor de santidad.
Para regocijo del lector latinoamericano, una noticia fidedigna indemniza, con precisión, de la ausencia de Shakespeare: quien sí murió el 23 de abril de 1616 fue Gómez Suárez de Figueroa, aquel escritor cuzqueño mejor conocido como Inca Garcilaso de la Vega, hijo de un capitán homónimo que alguna vez pasó por nuestro puerto de Buenaventura y de la princesa india Isabel Chimpu Ocllo, prima del legendario Atahualpa. Garcilaso pasó con honores a la historia mundial de la literatura con sus “Comentarios reales”, amenísimas crónicas de la vida de los reyes peruanos y de las costumbres del país de las alpacas; majestuoso mamotreto que el próximo año cumplirá 400 de haber sido editado, aunque, por ser la obra de un triste mestizo americano —uno a quien su propio padre miraba como un fiel sirviente—, seguramente no será agasajado con el aparatoso banquete que el mundo hispano ofreció en 2005 con motivo del idéntico aniversario del manchego hidalgo y su escudero glotón.
Triste cosa es que hoy en día no nos desvelen los asuntos de Latinoamérica —como no sean, claro está, los alegatos diplomáticos—, y que un bastión cultural como Perú nos parezca apenas la comarca lejana en que subsisten, como de milagro, raquíticos equipos de fútbol como Coronel Bolognesi. ¿Por qué las escuelas no enseñan que un indio serrano contó, hace cuatro siglos, los cientos de historias que, para entonces, difícilmente podría contar todo un pueblo de colonos españoles? El eminentísimo Manuel Uribe Ángel ha sido de los pocos que han tomado lección de esa gran literatura, al escribir su novela “La Serrana” inspirado en la historia de un naufragio que, contada por Garcilaso, hoy en día entretendría hasta al colegial más indiferente.
La expresión “nuestra lengua” no es una muletilla para nombrar la vieja lengua castellana sino la orgullosa declaración de sabernos partícipes en la construcción de una forma de ver el mundo con palabras. Así, cualquier celebración idiomática que no reivindique el modo americano de hablar y escribir el español será apenas un aspaviento de politiquería cultural. Sugiero, entonces, que en los actos cívicos de este 23 de abril haya menos molinos de viento y más caminos de piedra; menos barbas y más caras lampiñas; que, en fin, las diabluras del lazarillo de Tormes sean remplazadas por las aventuras de Viracocha.

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