“Soy testigo del dolor de Medellín”

“Soy testigo del dolor de Medellín”
Un vecino de El Poblado enfocó su labor de voluntariado ayudando en el Teléfono de la Esperanza de la ciudad


Santiago Torres, habitante de El Poblado.

Santiago Torres levanta la bocina. Quien habla al otro lado de la línea tiene una voz triste y ansiosa. El llamante explica la razón de su comunicación y Santiago no encuentra una respuesta clara y rápida. No está seguro de qué decirle a alguien que acaba de quedar en silla de ruedas por un accidente laboral y que está desanimado con la vida.
Cientos de frases llegan a su mente, al fin y al cabo ha escuchado muchas en sus 70 años de vida. Es solo cuestión de decir algo que sea convincente. Él, un administrador de empresas de Eafit, extrabajador bancario, con más de 35 años de matrimonio, dos hijos y amante de la música clásica, seguro tiene algo reconfortante que responder. Pero no encuentra nada en el momento.
Tiene que remontarse a la fundación del Teléfono de la Esperanza de Medellín en 2003. Ese año culminó la capacitación para los voluntarios que empezaron con la versión local de esta línea creada en los años 70 por un fraile español, la misma que ahora lo tiene en este apuro y con una persona esperando ayuda al otro lado del teléfono.
La idea de la línea siempre ha sido convertirse en unos primeros auxilios emocionales. El mismo Santiago se encargó de abrir la primera sede sagradamente a las 7:00 de la mañana y hasta las 8:00 de la noche, desde el 27 de febrero de 2003. Lo hizo durante 483 días seguidos sin claudicar, hasta que un dolor de espalda lo incapacitó para seguir con el mismo ritmo a la par de sus compañeros voluntarios. Hoy son cerca de 60.
La respuesta que intenta dar tiene además varias limitantes. “Las políticas son claras desde la fundación: debemos ser aconfesionales, apolíticos, respetar el anonimato y no podemos preguntar mayores detalles a las personas, ni siquiera la edad, religión, ocupación o lugar de residencia. Debemos circunscribirnos a ayudar al ser humano, sin prejuicios. La pregunta inicial es básicamente ‘¿cómo se siente?’ y no mucho más”, dice Santiago.
Esta, en realidad, no es la única tarea que realiza para ayudar a los demás. Ya desde 2006 venía trabajando en la veeduría a las obras de la carrera 34 en El Poblado, que derivó en su elección como representante en la JAC de Poblado Centro y que lo llevó a integrar la veeduría al puente de la 4 sur y al Plan de Desarrollo del Alcalde Aníbal Gaviria.

Sin embargo, todas estas labores lo han ido desengañando. Y sobre todo porque en el Teléfono él ve de primera mano otras discusiones que a su juicio deben presentarse en El Poblado, como “los niños huérfanos de padres vivos. Niños llenos de soledad. Los adultos que no saben cómo enfrentar sus propios problemas familiares, incluida la drogadicción, y los ancianos que se suman también en las más profundas soledades sin su familia y sin motivaciones para seguir adelante después de una vida dedicada al trabajo”.
Él ha podido aprender en el Teléfono de la Esperanza que las mujeres son las que más llaman. Representan el 75 por ciento. Aunque debe tener cuidado con la respuesta que requiere su interlocutor en este momento, porque “cuando un hombre llama y busca ayuda es porque está al borde, está destruido”.
Quizá esta persona, de la que solo conoce su angustia, pueda ser un candidato para recomendarle los talleres de autoestima que dictan en la sede ubicada en la carrera 49 con la calle 58 (en el Centro de Medellín). O quizá sea candidato para recomendarle unas charlas psicosociales o psicológicas con profesionales voluntarios que prestan su servicio sin costo alguno.
Aunque la llamada no ha llegado al promedio de 38 minutos (algunas se extienden hasta por tres horas), Santiago siente que es hora de responder. De repente, suelta una frase que ni él mismo sabe de dónde sale: “Y por qué no te compras un piano y aprendes a tocarlo”.

La contrarrespuesta es el silencio. Es ese momento en el que el telefonoesperancista (término acuñado por Santiago) no sabe si perdió a su interlocutor o le acaba de tirar un salvavidas. Piensa al instante que si él mismo quisiera ayuda, solo bastaría que le recordaran sus viajes, su amor por el reciclaje, el cuarto que tiene en la casa para sus trabajos de marquetería y la fundición de vidrio. Pero, en este caso, no puede saber si su respuesta encontró el eco suficiente.
Luego el llamante le dice: “Sabe que sí, ahora que lo pienso ese fue el instrumento que yo siempre quise aprender a tocar”. El trabajo está hecho, Santiago lo ha logrado.
Mientras conduce hasta su casa en el barrio La Florida, de El Poblado, siente que su labor fue eficaz. Piensa en otros casos, como el del jubilado de Ecopetrol que tenía la bocina en la mano y un frasco con cianuro en la otra, o la niña que manifestó que quería matar a su padrastro. Todas esas situaciones fueron solucionadas con palabras.
Al llegar a su casa piensa en las 17.543 llamadas atendidas por el Teléfono de la Esperanza (promedio de 1.949 por año). Cuántas historias, cuántas angustias. Mira a su alrededor y ve a los habitantes de El Poblado y no puede evitar pensar que esta es una zona en la que “muchas personas podrían ayudar con su experiencia, su conocimiento y su recorrido. Personas que ya tienen su necesidades básicas satisfechas pero que pueden ayudar a que las vidas de otros sean mejores.
Por ahora es hora de dormir, mañana será otro día para ayudar a los demás.

El suicidio no da tregua
Según Medicina Legal, el suicidio creció en un 15 por ciento en el primer trimestre de 2012. Desde enero del 2009 y hasta los primeros días de mayo de 2012, se han presentado 420 suicidios en Medellín, y en lo que va de 2012, 34 personas (24 hombres y 10 mujeres), se han quitado la vida. Las comunas en las que se presentaron más casos en el primer trimestre del año fueron Doce de Octubre y El Poblado. Personas entre los 11 y los 35 años constituyeron el 76 por ciento de los casos.


Suicidio en adolescentes
En Medellín, el suicidio es la tercera causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 24 años. Así lo establece la Mesa de Salud Mental de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Antioquia, que trabaja en el diseño de políticas públicas y atención a pacientes con trastornos mentales como la depresión.
“Una de las mayores problemáticas es que el sistema de salud actual no contempla dentro de sus programas la atención en salud mental para los adolescentes y población en riesgo de suicidio. Solo atiende en la crisis, por lo que los trabajos de prevención no se hacen como deberían”, señala el magíster en Salud Pública y profesor de la U de A, Ramón Eugenio Paniagua.
Según los especialistas, la conducta suicida en adolescentes y jóvenes está asociada generalmente a la ausencia de un proyecto de vida y a la falta de reconocimiento de un espacio dentro de la sociedad.
Las mediciones realizadas por la Mesa de Salud Mental reflejan que las problemáticas de depresión y disfunción familiar son las principales causas de los actos suicidas en nuestro entorno. “El suicidio no tiene que ver con el estrato socioeconómico, no es un asunto de dinero sino de apoyo familiar. A nivel psicológico y biológico, la adolescencia es un periodo de transición, por lo que siempre es importante el acompañamiento de la familia. Cuando hay falta de la figura paterna o materna, hay un déficit afectivo que se debe superar”, concluye Paniagua.


Un problema de salud pública
Para la Organización Mundial de la Salud el suicidio se convirtió en un problema de salud pública. Cada año mueren aproximadamente un millón de personas por suicidio, lo que representa una tasa de mortalidad global por esta causa de 16 personas por cada 100 mil habitantes. Las cifras indican que cada 40 segundos hay un suicidio y se prevé que para 2020 la frecuencia aumente a una muerte cada 20 segundos.
De acuerdo con la Declaración de la Asociación Médica Mundial acerca del suicidio en adolescentes, las principales causas de suicidio son la depresión, el aislamiento emocional, la pérdida de autoestima, el estrés emocional excesivo, los problemas mentales, las fantasías románticas, el gusto por el peligro, el abuso de drogas y alcohol, y la disponibilidad de armas de fuego y otros elementos de autodestrucción.
Según la OMS, los métodos más empleados para suicidarse son los plaguicidas, las armas de fuego y el consumo de diversos medicamentos, como los analgésicos, que pueden resultar tóxicos si se ingieren en cantidades excesivas.
Las tasas más altas de suicidios se dan en Europa del Este. Las más bajas se dan en América Latina y los países musulmanes, en parte por la influencia de la religión.