Sonrisa de cocodrilo

 Nada tan obvio y trillado como decir que los políticos son la peste del disimulo, el incumplimiento y otras lacras humanas. Tanto es así que una trajinada dama de ese mundillo manifestó alguna vez que, en consideración de la seriedad de la política, ésta debía ser puesta a salvo de los políticos. Ingeniosa fórmula, aunque hace las veces de licencia para que los cargos de la más grave responsabilidad civil sean ocupados por actrices, ciclistas, boxeadores y malabaristas que, muchas veces, ven en el desempeño público nada más que una nueva modalidad de su popularidad egoísta. Es inútil, sin embargo, darle muchas vueltas al asunto: ante la urna, nuestro pueblo elige según si le han sobornado con un calendario, una promesa inverosímil, un eslogan de bazar o, peor, con una amenaza laboral.

Dando por descontada la impenitente incapacidad —por torpeza o abulia— de la clase política, lo que enseguida causa la mayor indignación es la teatralidad electoral. Las sonrisas bienintencionadas son insoportables en las vallas que “adornan” la ciudad por los tiempos del sainete democrático (nada más que “palabras, palabras, palabras”, como dijera Shakespeare). Los días que corren no dejan ninguna duda con los ejemplos de cada esquina: en los avisos de campaña, muchos haraganes redomados ríen con la inocencia de los ángeles de Zurbarán, mientras ávidos malversadores tienden al cielo manos sonrosadas que acaban de confiar a los servicios de su manicurista privada. Cada valla exhibe a un hombre o mujer abierto en florido semblante, brindándose al espectador como el amigo que nunca había tenido y que ahora le ha caído del cielo solo por su inaudita buena suerte. Sin embargo, los amigos genuinos no se adquieren en concurso público, y alguna sentencia sabia aconseja sobre las inconveniencias de una amistad desbordada: “Tu amigo tiene un amigo, y el amigo de tu amigo tiene otro amigo; por consiguiente, sé discreto”.

El segundo acto de la farsa son los alardes de fresca informalidad a los que se pliega la mayoría de los candidatos. Llama la atención el número de camisetas, bluyines y sacos amarrados al cuello que se ven en las imágenes de la “publicidad política pagada”. A juicio de cualquier incauto, los funcionarios en oferta son la gente más activa y pragmática que quepa imaginar, y de seguro acarrearán ladrillos y organizarán reuniones comunitarias al otro día de su triunfo electoral. Pero otra cosa es lo que ocurre: elegidos, estos obreros en potencia se forran en trajes ejecutivos con todo y mancornas, y se rodean de esbirros y secretarias de tal manera que se hace imposible concertar una cita con ellos (salvo, claro, si se trata de coordinar un cóctel). En ese sentido, más franco resulta el candidato que, prometiendo mucho trabajo, se presenta en las vallas con las manos cruzadas.

Con la propaganda política se pugna por mostrar quién puede ser más estúpido: el candidato —quien cree que su foto retocada logra hacer olvidar, en la cabeza del elector, una interminable historia de hipocresía y rapiña— o el ciudadano que va a las urnas —en riesgo de dar su voto a cambio de un truco de pacotilla—. Por mi parte, espero sortear la prueba marcando un par de equis a favor de quienes me probaron su amistad hace mucho tiempo, lejos de la lid política, y prefiriendo la casilla blanca en las demás opciones. Sin embargo, dado que la necesidad de legitimación de que adolece la politiquería ha sugerido que los votos blancos son de conformidad antes que de insatisfacción, a ratos me asalta la tentación de no presentarme en el cubículo. Me quedaría en casa viendo televisión, resignado a entretenerme con los actores de la pantalla, menos duchos en actuación que las estrellas de pancarta. No siempre se gana.

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