Sólo para mundialófilos

 Por: Juan Carlos Orrego 
 
Cuando el árbitro inglés Howard Webb decretó el fin del partido que daba a España su primer título mundial, de inmediato me ganó la pesarosa idea —como cada cuatro años— de que el Mundial de Fútbol es tan fugaz como la vida de un insecto. Y, para colmo, de él no se puede decir que se va tan pronto como llega, porque los tres años y once meses de vigilia que corren entre dos campeonatos son largos y tediosos. Bastará con decir que entre un mundial y el siguiente hay que soportar, completo, un decepcionante periodo presidencial.
Lo más curioso de todo es que, entre lo que hace entrañable un Mundial, el fútbol quizá no sea lo principal. Hace cuatro años casi lloré cuando Fabio Grosso pateó el penalti que dio fin a la competición, pero aun así la mayoría de las acciones de juego y buena parte de los resultados de 2006 ya se han borrado de mi cabeza: ¿Cómo fueron los goles con que Alemania le arrebató a Portugal el tercer lugar? ¿Cómo le fue aquella vez a España en su primer partido? ¿Cuál fue el mejor gol? La verdad es que pocas cosas tengo tan frescas en la memoria como el cabezazo de Zidane sobre el pecho de Materazzi. Del mismo modo, del Mundial de 2002 recuerdo sobre todo cómo mi despertador chillaba a la 1:30 a.m. y, yendo mucho más allá, del certamen de 1982 tengo la vívida imagen de un sheik arrogante que baja a la cancha para hacer anular uno de los goles que Francia le convirtió a Kuwait.
Los moralistas y la gente “profunda” dirán lo que quieran, pero un Mundial es una cosa magnífica. Porque, en el supuesto de que el fútbol fuera un amasijo de veintidós hombres tras un balón —como lo sostienen, con nula imaginación, ciertas almas de cántaro— y que las estampas curiosas que acabo de ejemplificar no fueran más que un zurcido de tonterías, le queda la gracia de ser un aderezo magnífico de la armonía hogareña. Durante muchas mañanas de este junio fui un convidado de honor entre las cobijas de mis hijos, la una prendada del “Niño” Torres y el otro hecho seguidor incondicional de Eslovaquia. Además, al calor de un café sostuve interesantes discusiones con mi esposa a propósito de las improvisaciones técnicas de Maradona. Y ni qué decir de la final, con el cuadro entrañable de un batallón de hermanos, primos y amigos sentados en el mismo sofá, las madres preguntando por el marcador después de cada alarido y un tío astuto cobrando el dinero de la polla familiar.
A una semana del pitazo final, qué lejano se me hace ya Sudáfrica 2010. Un amigo con el que compartí este pesar me dijo, con espontánea genialidad, que al acabarse un Mundial uno se siente como cuando vuelve de un paseo. Ni más ni menos: con alegría vencida y nostalgia indeleble; incluso con rabia, por saber que hace apenas un día estábamos metidos en el mar o contemplando el mundo desde la cima de una montaña de enciclopedia. Qué difícil es archivar esas vivencias en el cajón del pasado y reintegrarse a la gris rutina en que veníamos: esa de estadios en reparación, bastoneras descoordinadas y partidos Medellín-Chicó o Nacional-Cartagena. La vida es dura, pero es la vida.
Con todo, la sensación horrible de disolución que se toma mi cabeza no alcanza a poner en jaque el que, desde ya, sé que será el más sólido recuerdo del Mundial que acaba de expirar. Por supuesto que no se trata de la imagen de Andrés Iniesta venciendo a Stekelenburg, ni la del gol fantasma de Inglaterra, ni la de la atajada —la mejor del torneo— de Luis Suárez contra Ghana. En mi memoria comienza a erigirse, reinante, la figura del pulpo Paul, ese sabio adivino del mundo animal que ha condenado al olvido a Gauchito, Naranjito, Pique, Goleo y todas las pusilánimes mascotas de la historia.

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