Sobre el adiós

 Por: Juan Sebastián Restrepo Mesa 
 
Chavela canta con su voz de ultratumba: “Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas/ Lo mismo que en un árbol que en tiempo de otoño muere por sus hojas/ Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas”. Recuerdo la sensación agridulce que muchas veces se experimenta en los aeropuertos o las estaciones de tren. Ese rostro pegado a la ventana, tratando de agarrar desesperadamente al impasible flujo del tiempo, mientras el pasado se traga el paisaje y termina por devorar al cuerpo amado que se empequeñece hasta hacer parte de la memoria.
Uno se despide irremediablemente, le agregaría a la canción de Chavela. Heráclito veía a la vida como un río que no deja de fluir. Todo es impermanente. Tratar de detener el río con las manos es tan difícil y estúpido, como tratar de levantarse uno mismo jalándose de los cordones de los zapatos.
Es difícil decir adiós, Chavela dice: “Uno vuelve siempre/ a los viejos sitios/ en que amo la vida /y entonces comprende/ como están de ausentes/ las cosas queridas”. Se refiere a nuestra dificultad de decir adiós y también a la necesidad de decir adiós. Nos aferramos a lo amado, a lo deseado, pero todo se va de nuestras manos como el agua.
Muchas veces nos perdemos por no saber decir adiós. Un gran amigo del alma dice que es más importante serle fiel al camino que a los caminantes. Pero cuánto adiós hay que saber albergar en el alma, para detentar dicha fidelidad.
Saber decir adiós sin quedarse mirando hacia atrás, sin quedarse preguntando, exigiendo, condenando. Simplemente adiós: sacudir las manos, bajar la cabeza, o entregarse a un último beso apasionado. Son incontables las formas de hacerlo.
El arte del adiós. Chavela nos dice “que el amor es simple/ y las cosas simples/ las devora el tiempo”. Entender la impermanencia como base de la vida, anhelar la inmortalidad en cada acto fugaz, vivir esa paradoja que representamos cuando nuestra cabeza apunta al insondable abismo del cielo mientras nuestros pies tocan la tierra oscura.
Saber decir adiós, con la mano en el corazón y la aceptación y la afirmación profunda de ese encuentro fugaz en que se amó la vida es, muy importante. Cuando somos generosos y decimos sentidamente palabras como “gracias” o “te honro profundamente”, una dignidad se hace nuestra amiga. Nuestro caminar se hace presencia constante que saluda y despide.
Soltar es la diferencia entre un agarrón y una caricia. Si pudiéramos tan solo ser un poco más realistas, acariciaríamos más y agarraríamos menos. El tiempo es un gran maestro para quienes los observan. ¡Tantos adioses que decimos todos y que nos marcan! Adioses que sellan nuestra carne y se graban extrañamente en nuestra alma.
Cuando veo un caminante lo saludo y me gusta imaginar que entiende que, como dice Chavela, “ el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo”. Que difícil es aceptarlo. Pero cuánta libertad ha ganado quien lo acepta. Para aquel, la vida es siempre nueva y está preparado para los nuevos nacimientos.

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