Sin etiquetas, por favor

Sin etiquetas, por favor

Yo leo por placer. Yo leo por amor. ¿Y ustedes?

/ Esteban Carlos Mejía

Lo importante es que lo quieran a uno. Si te entienden o no, es problema de los demás. Primero el corazón, después la razón. Si te quieren, te ponen una etiqueta de amor o deseo, cariño o simpatía. Si no te quieren ni te entienden, te clavan rótulos de prevención, rencor y fastidio. ¡Líbrame de las marquillas, oh, Palas Atenea, diosa benefactora y sabia!

Algunos malquerientes etiquetaron a (don) Tomás Carrasquilla como “escritor costumbrista”. Decir “costumbrista” es decir “chocolate con pandequeso”, “pendejo”, “montañero”. ¿Es Carrasquilla un escritor de costumbres o, más allá, un autor realista, implacable retratista de la Medellín en que vivió y creó su obra? El epíteto de “costumbrista” aleja a la gente, espanta lectores. Se lo pusieron por miedo: para que nadie lo lea, para que sus observaciones mordaces y reflexiones críticas duerman el sueño de los justos en polvorientas bibliotecas pueblerinas. Pero, háganme un favor, quítenle esa chapa y lean Frutos de mi tierra, La marquesa de Yolombó o Ligia Cruz, novelas impregnadas de ironía, perspicacia y emoción narrativa.

A Fernando González, el hereje de Otraparte, le colgaron un cliché peor: “escritor complicado”. ¡Increíble! Le tienen tanto pavor que no vacilan en clasificarlo como difícil, aburrido, solemne, heavy. “Es demasiado filosófico”, dicen, sin darse cuenta de la imbecilidad que dicen. Mero pánico. Tampoco le hagan caso a ese calificativo pernicioso. Mi Simón Bolívar o Mi compadre, biografías de ficción, te hacen reír a carcajadas con su ambiguo sarcasmo y sus incomparables burlas al Poder.

¿Y qué decir de Fernando Vallejo? “Escritor ácrata”, dice la plantilla que le han endilgado. O sea, cansón, fanático, amargado, anarquista insufrible, loca en tacones. ¡Quién dijo susto! “Deberían prohibir la edición de sus libros”, acusan los etiquetadores. O las reediciones, digo yo. Porque sus obras se leen y se venden como pan caliente. Las cinco novelas de El río del tiempo son impecables: sañudas, inteligentes, casi lacrimógenas en el saudade de amores infantiles, oficios secretos y pasiones juveniles.

Etiquetar a los escritores y a sus obras es un ardid de los no lectores para justificar o disimular la ignorancia, la envidia o el simple desamor. A mí, las etiquetas me tienen sin cuidado. Yo leo por placer. Yo leo por amor. ¿Y ustedes?

* Día tras día: Carlos Drummond de Andrade, quizás el poeta más prodigioso del Brasil en el siglo 20, nació el 31 de octubre de 1902 en Itabira do Mato Dentro, estado de Minas Gerais. Su vida fue una mezcla de burocracia, política y burguesía. Su obra, por el contrario, es una explosión de sensibilidad, buen humor y generosidad. Alguna vez lo candidatizaron al premio Nobel de Literatura y, obvio, no ganó. Sin buscarlo quedó a la altura de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Vladimir Nabokov y James Joyce. Nadita.
** Body copy:
“O mundo é grande e cabe
nesta janela sobre o mar.
O mar é grande e cabe
na cama e no colchão de amar.
O amor é grande e cabe
no breve espaço de beijar”.

“El mundo es grande y cabe
en esta ventana sobre el mar.
El mar es grande y cabe
en la cama y en el colchón de amar.
El amor es grande y cabe
en el breve espacio de besar”.
Carlos Drummond de Andrade.
(1902 – 1987)
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