Sensibilidad convertida en arte

Sensibilidad convertida en arte
La obra de Jorge Alonso Uribe acompañó las portadas más recientes de Vivir en El Poblado. Esta versión de un perfil que publicamos en Centrópolis nos acerca a quien fuera el compañero inseparable de Ethel Gilmour

Al abrirse el ascensor en el sexto piso del edificio El Parque, en el Centro de Medellín, arroba un bello mural de flores con el sello de Ethel Gilmour. Es la antesala de un espacio que más que un apartamento es un museo, un santuario del arte y el amor, donde por casi dos décadas vivió la pareja de artistas conformada por Jorge Uribe y Ethel Gilmour.
Algunos amigos dudaban que este pintor y arquitecto pudiera sobrevivir sin la complicidad de quien fuera su compañera por cuatro décadas. Sus ojos a menudo se humedecen cuando la recuerda. “Soy muy sentimental y muy llorón”, se disculpa.

Santa Ethel
Jorge Uribe recorre y enseña con amabilidad este espacio de 300 metros cuadrados ubicado al frente del Parque Bolívar. Allí, el arte y la creatividad brotan en todas las paredes, muebles, cuadros, camas, mesas, escritorios y rincones. De una planta cuelgan billetes, de un sofá salen los ojazos azules y enigmáticos de un gato, detrás de una puerta asoma el Divino Niño y en unas botas retoñan flores. Por las ventanas, al lado de un diván rosado lola, saluda una vista privilegiada del Centro de Medellín: la Catedral Metropolitana, el Parque Bolívar y su San Alejo son apenas algunos de los referentes que han inspirado las pinturas de Jorge Uribe y donde a menudo acude a solazarse.
“Santa Ethel”, musita medio en serio medio en broma cuando le preguntamos si es posible no sentirla entre tantos recuerdos, en sus obras, sus sillas, sus plantas, su estudio, sus libros, su esencia. Confiesa que Ethel lo ilumina, le da fuerzas y le muestra los caminos. “La siento mediante impulsos, no sólo yo sino muchos amigos. Ethel me ayuda en todo, hasta para pintar… me dice qué es lo que tengo que hacer, cómo tengo que hacer las relaciones públicas porque yo soy muy malo para eso y ella era muy buena. No hay certeza de que sea una comunicación real, pero creer en eso le ayuda a uno a vivir”.
Cuando se graduó en arquitectura a mediados del siglo 20, Jorge Uribe estuvo en Europa durante tres años. Allí conoció a Ethel Gilmour. Posteriormente se radicaron en Medellín.
Luego de vincularse durante un año como arquitecto a una empresa, ingresó como profesor a la Universidad Nacional. En ese tiempo solo era un pintor aficionado. Pero después de jubilarse empezó a tomar la pintura en serio. “Veía pintar a Ethel y empecé con bodegones, frutas, un florerito, cosas sencillas que también pueden ser muy complejas”.
Hoy las acuarelas y los collages han sido la mejor vía para llenar el vacío que dejó la muerte. “No tengo especialidad, para mí es lo que uno sienta, es el sentimiento. Uno va adquiriendo madurez. En arquitectura y las bellas artes lo básico es la educación del ojo, o sea que a medida que uno va mirando aprende a ver”.
Trabaja varias horas al día y, para no interrumpir, con frecuencia pasa derecho sin almorzar. “Cuando estaba con ella era muy organizado”, recuerda. “Ahora es otro ritmo distinto y me he acomodado. Voy descubriendo otra vida, es como volver a ser soltero pero de más edad”.


Defensor del patrimonio
Hijo de quien a la vez era médico prestante y músico frustrado, y de una artista de los tejidos, desde niño Jorge Uribe dibujaba, disfrutaba los colores, los trabajos manuales y leía.

Pero en aquellos años, en una familia como la suya, era impensable que alguien se dedicara al arte. “Cualquier cosa de esas era la bohemia, no era para la gente decente, se decía”. Entonces ingresó a la carrera más afín: arquitectura. Al graduarse, viajó a Europa por tres años, estudió inglés, francés, urbanismo, diseño de interiores, recorrió pueblos y museos y, lo más importante, conoció a Ethel Gilmour.
A su regreso a Medellín se vinculó como arquitecto a una empresa, pero su sensibilidad le marcó el camino. “Sufrí mucho porque había que hacer una arquitectura comercial, tumbar bellas casas viejas y hacer edificios horribles”. Por fortuna, ese trabajo no duró más de un año y Jorge ingresó como profesor de volúmenes a la Universidad Nacional, donde se jubiló a finales de los años 80. Luego se dedicó a la pintura.