Saramago y los seguros

 Por: José Gabriel Baena 
 
A mediados de junio se murió José Saramago y muchos escritores famosos descansamos con eso en paz, porque Saramago era de los mejores y nos quitaba ventas por miles. Saramago no había publicado nada interesante desde principios de los años 90, cuando decidió abandonar “la poesía” en sus novelas y escribir como quien talla una tosca roca con un taladro, implacable y sin adornos. Publicó su primera novela cuando tenía 25 años y después ya no volvió a sacar nada, tan ocupado como estaba trabajando en compañías de seguros en Portugal y completando el sueldo como periodista, un milagro, le tocaba bien duro al hombre, para el sostenimiento propio y de la familia, en ese Portugal empobrecido y dictatorial. Hasta principios de los 80 nadie sabía entonces quién era Saramago y cuando cumplió los 60 se jubiló y empezó a publicar una tras otra sus grandes novelas como “Alzado del suelo”, “Memorial del Convento”, “El año de la muerte de Ricardo Reis”, “Historia del sitio de Lisboa”, “El Evangelio según Jesucristo”. Lo último en verdad notable de Saramago fue “La balsa de piedra” a principios de los 90, y después su escritura perdió, digo yo, el alma, aunque el alma no existe. Pienso que mucha culpa de esto la tuvo su matrimonio con una joven periodista, hermosa, española, fogosa, que se volvió su traductora y agente, y el Premio Nobel acabó de arruinar su literatura. El exceso de sexo con una nena de 39 le seca el seso a cualquiera de 60. Muchas de sus últimas obras parecen haber sido escritas y guardadas durante años, porque él sabía que no valían la pena, pero su mujer lo convencía de publicarlas, porque ser Premio Nobel tiene las ventas aseguradas. Saramago nunca lo dijo ni nadie lo ha afirmado, pero ya se sabrá: sus grandes novelas las escribió mientras trabajaba en el ramo de los seguros, encerrado en la oficina, dándole sin descanso a la máquina. Sus compañeros de oficio pensarían: “Este Saramago no para de trabajar. Esa máquina de escribir suena seguido. Se gasta una cinta por semana”. Saramago tuvo más suerte que Kafka, quien también trabajó en los seguros, abogado de jubilaciones anticipadas, y se tuvo él mismo que jubilar a los 37 años, víctima de la maldita tuberculosis y de pensar tanto en sus atormentados personajes. Saramago no sólo sobrevivió a su trabajo en los seguros sino también al periodismo, lo cual demuestra la existencia de Dios. Lo que quiero ahora es resaltar esa extraña relación entre la escritura clandestina y el trabajo en las compañías de seguros. Sobre eso nadie ha escrito ninguna tesis y entonces la propongo. Sospecho que Saramago fue el último escritor secreto agente de seguros y me atrevería a afirmarlo con juramento sangriento de pirata del Caribe: durante años trabajé en una entidad del Gobierno que quedaba justo en frente del Sindicato Mundial de Seguros -Suramundi-, y todos los días, cuando salía a almorzar, coincidía con centenares de empleados de esa firma, que también salían a esa hora: eran todos igualiticos, los hombres con su pantalón oscuro y camisa clara, muy bien motilados y afeitados, y ellas muy pulcras y super-arregladas, discretas y asexuales. Lo más surrealista del asunto es que las gentes de Suramundi salían a almorzar y jamás se quitaban del cuello la llamada “escarapela” con su nombre y sello, lo cual les daba “carácter”. Y siempre salían en grupo. Uno los veía venir, de lejos, y ya sabía: “Ahí vienen los Suramundis”. Pero nunca he sabido de ningún escritor que haya brotado como gloria literaria de ese gran edificio gris, ni creo que saldrá ya nunca. Aunque todo en la vida es tan misterioso como la muerte, y es posible que esta columna la esté leyendo en este momento en el baño un “agente” que siempre ha pensado: “Me gustaría ser escritor. Si no fuera por tener que vender estos malditos seguros ya hubiera escrito mi primera novela”. A lo mejor estoy despertando una vocación oculta y creando inquietudes indeseables que vayan contra la Misión de la Compañía, así es como le dicen, “la Compañía”, incluso muchos años después de jubilarse, como si fueran monjes de la Compañía de Jesús. El espíritu de “Suramundi” lo marca a uno con marca de hierro de por vida, dice un tío mío. Con Saramago es posible que se haya marchado el último escritor que vendió seguros, pero si hay alguno con el veneno inoculado con mucho gusto lo atiendo y le doy consejos. Un buen argumento para una primera novela podría ser que un día ocurre “una misteriosa desaparición” de toda la Junta Directiva en la fabulosa Sala de Reuniones, cuando la secretaria entra con los tintos, en medio de una nube de incienso sólo se ve clavada en la mesa una refulgente espada de los Caballeros de la Orden de Malta. No daré más pistas. Incluso hasta después de su muerte el infeliz Vaticano le siguió dando madera al buen anciano ateo, pero por allá muy lejos lo debe de tener Jesucristo escribiendo novelas eróticas en el suplemento cultural del diario del Infierno.

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