Salvar lo más importante

Desde el principio de la operación estuvo clara para los alemanes la necesidad de tomar Leningrado a cualquier precio
/  Alfonso Arias Bernal

En el extremo oriental del mar Báltico está San Petersburgo, la segunda ciudad de Rusia por su importancia económica, política y, sobre todo, estratégica. Fundada por el zar Pedro I a principios del siglo dieciocho, esta magnífica ciudad es la puerta que une a Rusia con Europa. Se asienta sobre unos terrenos pantanosos y helados en la desembocadura del río Nevá. De hecho, la palabra “nevá” quiere decir “pantano” en finés.

En 1914, con el propósito de hacer que el nombre de la ciudad sonara menos alemán y más ruso, se lo cambió por Petrogrado y poco después de la muerte de Lenin en 1924, se la bautizó nuevamente, esta vez como Leningrado. Desde 1991 hasta hoy, se la conoce por su denominación original de San Petersburgo.

La vida cultural de la ciudad ha sido siempre muy activa, y notables personajes como Chaikovski, Pushkin y Rimski-Kórsakov están estrechamente relacionados con ella. Pero por encima de todos ellos está Shostakóvich, quien nació y compuso importantes obras allí, en la ciudad del Nevá.


El gran museo del Hermitage es uno de los símbolos más representativos de la ciudad y una de las más impresionantes pinacotecas del mundo. En 1941 el museo envió una comisión científica a Samarcanda (en la actual Usbekistán), con el propósito de abrir la tumba de Tamerlán, el célebre conquistador turco-mongol del siglo catorce. Algunos supersticiosos temieron que esa fuera una mala idea, pues una tradición auguraba espantosas guerras y desastres para quienes osaran profanar la sepultura. Lo cierto es que dos días después de abierta la tumba, en la madrugada del 22 de junio, se pusieron en marcha los ejércitos de Hitler con la orden de invadir Rusia.

Desde el principio de la operación estuvo clara para los alemanes la necesidad de tomar Leningrado a cualquier precio. Hitler optó por la estrategia del asedio. Casi novecientos días estuvo sitiada la ciudad mientras se la bombardeaba sin piedad. Las escasas provisiones que lograban llegar a través de las heladas aguas del lago Ládoga eran absurdamente insuficientes para una ciudad de cerca de tres millones de habitantes. La población desesperada acudió a las medidas más extremas: se cocieron objetos de cuero para hacerlos comestibles, se devoraron las cortezas de los árboles, se sacrificaron los animales domésticos, se dieron casos de canibalismo. Miles de personas morían de inanición y muchas otras optaron por el suicidio.

El asedio se sumaba a otra pesadilla que los rusos conocían bien de tiempo atrás: la NKVD, la siniestra policía secreta del régimen de Stalin. Cualquier ciudadano podía ser sorpresivamente acusado de antisoviético, antiproletario, fascista o simplemente burgués. Las detenciones, los interrogatorios, las torturas y los fusilamientos eran cosa de todos los días. A menudo los torturados delataban a personas inocentes o se acusaban a sí mismos para librarse del tormento. Leningrado estaba siendo despedazada por dos de los peores criminales del siglo XX pero los ciudadanos, horrorizados y debilitados por la inanición, actuaron no obstante con pasmosa entereza.

Era necesario actuar pronto para salvar lo más importante mientras fuera posible. El 29 de junio salió de Leningrado el primero de diez trenes que transportaban más de 15.000 niños para ponerlos a salvo en otras poblaciones y ciudades. Se empacaron en cajas medio millón de obras arte del Hermitage, y se enviaron secretamente al interior del país en un tren de más de 450 metros de largo armado con cañones antiaéreos. Un segundo tren despachado el 20 de julio, llevaba a bordo otras 700.000 piezas del museo. Irónica o paradójicamente se escogió para resguardar estos invaluables tesoros artísticos a la ciudad de Yekaterimburgo, el mismo trágico lugar donde los bolcheviques habían asesinado veintitrés años atrás a la familia imperial de los Románov. Se trató de evacuar al mayor número posible de artistas y músicos. Se despachó a la Orquesta Filarmónica para Novosibirsk, al otro lado de los Urales, en Siberia, donde estaría segura. Se despacharon también los bailarines del Kírov.

Shostakóvich se presentó como voluntario al ejército, pero no fue admitido. “Después lo llamamos”, dijeron. Se alistó entonces en una brigada contra incendios. La revista Time publicó en su carátula la imagen del músico con su casco de bombero. Pero el primer día de octubre se le obligó a abandonar la ciudad junto con su esposa y sus dos hijos. Llevaba en su equipaje los primeros movimientos de su séptima sinfonía, Leningrado, la cual había empezado a componer en el mes de julio.

Los ciudadanos que fueron a la estación a despedir a los niños, los que ayudaron a acomodar a los músicos y sus instrumentos en los vagones, los que empacaban cuidadosamente los cuadros y las esculturas, los que acompañaron a Shostakóvich y su familia para que tomaran el tren, quizás sospecharan, oscuramente, que ofrecían sus vidas para salvar lo que para ellos era lo más precioso de su sociedad: los niños, el arte, la música.

Nota: Recomiendo la lectura del libro de Brian Moynahan, Leningrado, Asedio y Sinfonía, editado por Galaxia Gutenberg.


Memoria viva
* En este espacio cada tres semanas compartiré ideas, lecturas, opiniones y experiencias que me han resultado interesantes o inspiradoras. Pretendo no limitarme a ningún tema en especial, como corresponde a quien no es experto en ninguno. Retomo así un viejo propósito de escribir, al que nunca parecía llegarle el día. Ojalá algún lector encuentre grata la compañía de estas líneas.