Salutogénesis

En las escuelas de medicina convencional se habla poco de salud y mucho de enfermedades. Se presenta una imagen incompleta del ser humano: se privilegia su aspecto físico-biológico y no se ahonda en el nivel anímico-espiritual; se hace énfasis en los mecanismos y procesos que generan enfermedad (Patogénesis) y se olvidan los hábitos y procesos que generan y mantienen la salud (Salutogénesis).
Los modelos médicos tradicionales (medicina tradicional China y Ayurveda), trabajan sobre los aspectos preventivos de la enfermedad; el trabajo esencial del médico consiste en mantener una higiene individual y social que evite la aparición de la enfermedad. La medicina de orientación antroposófica retoma los planteamientos del sociólogo médico Aaron Antonovsky (1923-1984), quien tuvo la tarea de revisar el estado de salud de los hombres de mayor edad en Israel. Para su sorpresa, constató que los ancianos sobrevivientes del espantoso holocausto, eran los de mejor salud. Antonovsky desarrolló los conceptos de resiliencia y coherencia como elementos centrales a la hora de enfrentar una enfermedad.
La Salutogénesis aporta a la medicina un conocimiento científico de las fuerzas de autocuración del organismo. Por ejemplo, en una epidemia de gripe la pregunta es: por qué determinadas personas no contraen la enfermedad, pese a estar expuestas al virus. La medicina convencional explica la propagación de la enfermedad por medio del virus pero no se ocupa de los procesos que evitan la enfermedad. También nos preguntamos: ¿qué permite al hombre enfermo recuperarse de una enfermedad, incluso sin un tratamiento médico como en una hepatitis aguda?, o ¿por qué ciertas personas no se enferman a pesar de muchos factores externos negativos?
Las consecuencias de la catástrofe del reactor de Tschernobyl mostraron que un alto porcentaje de la población enfermó de leucemia y de cáncer. ¿Por qué no todos enfermaron ante la misma exposición? ¿Qué los protegió? ¿Qué fuentes de salud se desarrollaron allí?
Este principio salutogenético se corresponde con el principio planteado por la medicina antroposófica: para un niño es saludable pasar por las enfermedades infantiles. Una enfermedad eruptiva, febril, estimula el desarrollo del sistema inmunitario y la capacidad de autorregulación o autocuración.
Esto cuestiona el proceso de vacunación indiscriminado. Cabe la pregunta de si el niño está lo suficientemente fuerte para la confrontación con la enfermedad. La respuesta es tarea del médico. En un niño con una constitución muy débil, no es posible esta confrontación y tiene sentido vacunarlo o tratarlo con antibióticos. De otro lado, es frecuente la actitud del principio patogenético: vacúnate contra cada virus gripal, evita el estrés y ante cada señal de malestar, toma una pastilla y suprime los síntomas.
Para la Salutogénesis es decisiva la pregunta: ¿Cómo aprendo a llegar a buen puerto en todas las situaciones de la vida? ¿Cómo me transformo en un ser tolerante a la frustración y al estrés? Este aprendizaje es un proceso complejo que se inicia en la infancia y se desarrolla en los diferentes septenios. En las siguientes entregas, expondremos los elementos salutogenéticos de los primeros septenios de la vida.
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