Sabor a domingo

Sabor a domingo

Por María Teresa Ramírez U.
Maggy dio un portazo en el baño y empezó a desvestirse despacio. Quería que el tiempo pasara lento y entrar en la cama cuando él estuviera dormido.


Las prendas caían en desorden fruto de la rabia contenida que daba un impulso nuevo a sus movimientos. ¡Otra escena de celos! ¿Cuántas veces las había vivido? Una, dos, tres, cuatro… ¡Ya ni se acordaba!

¿Por qué lo saludaste así? ¡Se notaba que quería algo contigo!… ¿Por qué hoy cambiaste de peinado? ¿Es que acaso lo conocías de antes?… Ya te he dicho que no encajo en tu círculo de amigos… ¿Por qué estabas tan simpática?

Preguntas y afirmaciones que se repetían en el tiempo, preguntas y afirmaciones que estallaban sobre su dignidad, eran succionadas por su memoria y quedaban guardadas hasta la próxima vez y el próximo perdón. Porque Maggy siempre perdonaba.

La pelea había comenzado aquel sábado durante la fiesta, cuando el novio de su amiga se acercó para saludarla y ella le tendió la mano con una sonrisa. Después, de vuelta a su apartamento vinieron las recriminaciones, los gritos en el auto y él se fue tornando más violento cada vez… Luego, en el ascensor, la sacudió con fuerza hasta que los dedos de él quedaron marcados en su antebrazo. La entrada de unos vecinos risueños que también venían de fiesta, cortó con la escena cargada de violencia.

Qué lejos estaban los días en que el amor se presentó ante ellos, el primer beso, las promesas del noviazgo… Recordó el día de su matrimonio, la ceremonia frente al altar, el olor de su piel y la forma como sus manos recibían las órdenes de su deseo en un inexperto camino de caricias… Y luego, luego… la explosión de los dos y las miradas exhaustas y plenas.

Pero ésta era la última vez. Las voces de su dignidad se plantaban ante ella y la retaban:

¿Cuánto tiempo hace que lo toleras? ¡Tú tienes la culpa de todo! ¡Debes poner límites!…
Siempre, después de cada escena, se acostaba sin hablar y se dormía entre lágrimas mirando acobardada hacia el futuro. ¿Qué iba a hacer sin él? No podía imaginar el resto de sus amaneceres sin el calor de su cuerpo, sin compartir el aire que habían respirado juntos… Por eso, cuando al otro día llegaban hasta ella las palabras de arrepentimiento, sus quejas y reproches quedaban enredados en el follaje de otros silencios. Esa noche, como tantas veces, se tendió a su lado muy quieta y un par de lágrimas rodaron dejando un surco húmedo en su cara.

Un hilo de luz se filtró por la ventana y la extensión de su tristeza se prolongó en otro amanecer. De repente, lo miró dormido. Recordó las escenas de la víspera y una fuerza extraña la sacudió con un sentimiento de valor. Esperaría a que despertara y le diría que todo había terminado entre ellos; que el miedo que la rondaba se había ido para siempre y que era inútil desgastarse pensando en el futuro si hasta ese día ella ni siquiera tenía un presente. Examinó su cara, miró los ojos cerrados, sintió un aire nuevo y escupió mentalmente sobre él las palabras que nunca había sido capaz de pronunciar…

¡Se acabó! Tus celos y tus maltratos llegaron a la hora final… Me has pisoteado como has querido, has maltratado mi dignidad de mujer y no estoy dispuesta a tolerarlo más… … No has sabido valorarme y mi paciencia y mi tolerancia también tienen límites… Estos años que hemos pasado juntos se irán al vacío, como se irá también al vacío mi amor por ti… Has acabado con mi amor, pero no has acabado conmigo… No me mereces, no mereces a nadie, porque eres un egoísta, un machista, un…

Esperaría un poco más. Tenía que decírselo todo: decirle que su timidez y sus miedos se habían desvanecido para siempre. Ese domingo debía tener un sabor distinto. Lo miró otra vez. Tenía el sueño profundo y el tiempo parecía detenido mientras ella examinaba cada uno de sus rasgos: sus párpados azulados, su cara demasiado pálida, su boca con un rictus indefinible… Tomó una de sus manos y su tacto frío la paralizó. Hubo un instante de asombro, pero luego, desde su interior continuó deshojando palabras.