Rompecabezas Durrell

 
Por: Jose Gabriel Baena
A principios de los 70s, “hippie culto” que se respetara tenía que haber leído obligatoriamente “El Cuarteto de Alejandría” de Lawrence Durrell y muchas mujercitas “bien” de El Poblado y de Laureles se fueron a vivir al campo a tratar de vivir a la manera de las protagonistas de esa obra, especialmente de la enigmática Justine, con muchos amantes, vino, opio. Después casi todas se casaron y vivieron felices o se separaron, otras pocas “sisters” integraron el grupo serenatero-artesanal “Los Once Diamantes Paisas” y hoy a los setenta años ya no se acuerdan de haber pintado ni cantado nada: el Alzheimer, el exceso de hierbas aromáticas… Luego Durrell publicó en los 80s “El Quinteto de Avignon” que ya casi nadie leyó: había pasado de moda. Desafío a sus pocas lectoras supervivientas a que adivinen, desde sus sillas de ruedas milongueras, de cuál libro del “Quinteto” son las piezas del siguiente “puzzle”:
¿Por qué buscará uno instintivamente la continuidad de las cosas, como si el sincronismo satisficiese algún profundo requisito cósmico? No hables nunca de amor a menos que estés mirando a otra parte cuando lo haces. De lo contrario, la contraproducente y adormecedora música hará que te pierdas. ¡Con cada mujer besada el futuro se anima a existir! Los nuevos amantes se convertirán en los últimos filósofos. No hay más que deseo con deseo, necesidad con necesidad, como un salivazo sobre hierro candente.
El genio es silencio, todo el mundo lo sabe, pero ¿quién puede lograrlo? Con cada orgasmo te sumerges un poco en el futuro, gustas un pedacito de inmortalidad a pesar de ti mismo. Y cada orgasmo es un ensayo general de algo más profundo, como por ejemplo la muerte, que se hace más y más explícita hasta que por fin sucede y revive todo el universo en nosotros como un mazazo. Sabiendo esto, sabes que todo será perdonado, que ninguna de nuestras transgresiones debe ser tomada en serio.
¡Qué calamidad tan grande es la ignorancia! Y con las guerras y las separaciones cerniéndose sobre nosotros. Cuando eres joven no eres dueño del destino. Es muchísimo mejor aguardar. La voluntad de autodestrucción parece más acusada en los pueblos o naciones mejor dotados. La realidad es desesperante para creer en ella. Vivir sin estupor es vivir sin plena conciencia de la realidad, de su valor. Un hombre sin estupor nunca será sabio. La nuestra es quizá la primera civilización que no es capaz de pronunciarse con respecto a si las respuestas radican en el arte o en la ciencia. Actualmente el enamorado pertenece a una especie en peligro, porque la ciencia le amenaza con la extinción.
Si somos capaces de dejarla sola, descubriremos que la Nueva Realidad es la dicha, ¡nada menos! Es el amor lo que se insinúa, esa altísima muñeca axiomática que besamos corriendo tres decimales. En sus brazos advertimos que la felicidad no es sino la desesperación vuelta hacia adentro como manga enrevesada en lavadora automática. Un buen artista tiene todo el derecho a disfrutar de la cercanía de la muerte; de otro modo su vida solo sería un escándalo de falta de delicadeza.
Por mi parte permanezco sentado en el jardín de infancia de la literatura, rodeado por los desmembrados fragmentos de mi monstruoso libro, preguntándome cuál es el mejor modo de recomponer este destrozado atlante. Los mismos residuos arrojan luz a pesar de su incoherencia. Cualquier chica inteligente y disciplinada como tú, con esos inevitables ojos sombreados y oseznos, harta de los mezquinos cambalaches del tiempo, encuentra de repente un amor sencillo y sus exquisitas delicias. Pero un desesperante silencio nos atenaza cuando todo se ha posado ya, salvo el sol terreno, y el cordón umbilical del amor se ha cortado. El eco de un vacío te seguirá por toda la casa, invisible como la gravedad, pero igualmente omnipresente, como el énfasis de una desvanecida presencia. La realidad es desesperante para creer en ella. Pero tenemos que seguir adelante con la realidad, viviendo en los márgenes de la esperanza. Lo más urgente al término de nuestra guerra civil será conseguir un contrato mundial para recoger todas las minas y la chatarra de los abandonados campos de batalla.
Y quizá sea cierto que nunca deberemos intentar volver a reanudar el camino hacia donde una vez fuimos felices. Un libro más, un río más. Luego el cuerpo y el alma deben poner fin a su asociación. Es demasiado poco tiempo. Es la única crítica que puede hacerle uno a la vida: es demasiado breve para aprender algo.

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