Robledo, puerta y balcón de Medellín

La heterogénea comuna 7 ofrece, justamente por eso, mil historias por contar. Ha sido inmortalizada en porros, poesías y novelas, y es el territorio perfecto para entender y conocer a menor escala la compleja dinámica del desarrollo que ha vivido la ciudad

Por Luz María Montoya Hoyos


La cuadra de la señora Norris

En la muy urbanizada comuna de Robledo hay un sector donde las discusiones se dan en torno a los animales que se entran a las casas de los vecinos… Y no se trata de perros y gatos. Es la carrera 75, en el barrio San Germán, una pequeña vía con poco tránsito vehicular, pues termina en una entrada peatonal al Cerro El Volador.


Hernán Darío Rincón junto al pandanus, el árbol que camina. Foto Róbinson Henao

El golpeteo rítmico de cascos de caballos y el cacarear de las gallinas de un solar cercano, son sonidos cotidianos. Por la singular cuadra suelen pasar ponys, jóvenes en bicicleta, niños con cometas, perros con paseadores voluntarios rumbo a la Sociedad Protectora de Animales y caballos de paso para los establos de las inmediaciones del cerro, entre ellos la eternamente célebre caballeriza de los Ochoa. Y en la esquina, remata la tienda de don Juan, un estadio en miniatura cuando juega el verde. De esta callecita se enamoró el arquitecto e investigador Luis Fernando González hace más de 30 años, cuando era estudiante de la Nacional y venía a hacer trabajos al taller de una de sus compañeras, Giuliana Guerra. Tanto le gustó —la cuadra—, que desde hace doce años son vecinos.


La casa de Giuliana Guerra y Hernán Darío Rincón, en el barrio San Germán, es rica en biodiversidad. Foto Róbinson Henao

“Las discusiones, incluso en la casa, son que se nos entraron los alacranes, o las culebras, están las chuchas, las ardillas, las zarigüeyas y los murciélagos merodeando…”, cuenta el director de la Escuela del Hábitat de la Universidad Nacional y, curiosamente, uno de los grandes admiradores e investigadores de la obra del arquitecto, urbanista y paisajista Pedro Nel Gómez. Curiosamente, decimos, porque por esas casualidades gratas de la vida, vive en el lugar donde el maestro Gómez adquirió en los años 50 varios lotes, cuando fracasó el proyecto de ciudad universitaria que había propuesto para esta área, y sus colindantes son sus descendientes: sus hijos Clio y Vladimir Gómez y su nieta Giuliana, la amiga entrañable con quien Luis Fernando pelea por los animales, como en una nueva versión de La foto de carnet, de Leonardo Favio. “Yo odio las chuchas y amo las ardillas. Ella odia las ardillas y ama las chuchas, porque las ardillas se le comen la comida a los pájaros y los espantan, y a mí las chuchas me dañan el techo, lo perforan, no me dejan dormir y se comen las piñas. A ella le parecen muy bellas y cuando le caen dentro de la casa las saca por la puerta. ‘Venga pues bobita, venga pues tontica, salga’, les dice”. Y es que la señora Norris —como bautizaron a una de ellas— acostumbra quedarse dormida en las ramas de los árboles del patio, y, al caerse, hace tal estruendo a medianoche que nadie vuelve a pegar el ojo, al menos donde Luis Fernando. “Entonces un vecindario donde las discusiones son alrededor de animales no parece una discusión de ciudad”, comenta divertido el arquitecto.

—”¡Ay, mirá esa casa tan horrorosa, parece una selva!”, les han oído expresar a algunos transeúntes cuando pasan por la casa de Giuliana y Hernán Darío Rincón, su esposo. La consideran abandonada, perdida en un matorral. Desconocen el valor de la diversidad tropical de este jardín verde donde hay de todo, menos descuido: colecciones de calateas, anturios, helechos, palmas, begonias; hasta un árbol que camina, el pandanus, sembrado por la esposa de Pedro Nel Gómez y el cual sigue desplazándose. “Claro que no se mueve sin necesidad —aclara Hernán Darío, ingeniero forestal—, si necesita luz va echando ramas y de las ramas le salen los zancos”. Muy cerca, una al lado de la otra, están la palma más pequeña del mundo —de 20 centímetros— y una de las más grandes —la palma de cera, el árbol nacional, que crece hasta 60 metros—.

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En la cuadra de la señora Norris (carrera 75, en San Germán) animales como los ponys también son comunes. Foto Javier Quintero

A pocos centímetros, como nueva, está la que Hernán Darío presenta como “el desayuno de los dinosaurios”, una conífera llamada samia, de las primeras plantas que aparecieron en el planeta, todo un fósil viviente. También hay variedades de guayabas que semejan duraznos, yarumos negros y cerca de 300 especies más, que atraen diariamente a bandadas de pericos, barranqueros o soledades y aves de tierra fría, aparte, por supuesto, de la señora Norris y sus allegados. “Yo soy como las viejitas —dice Hernán—: de donde voy, me traigo las maticas y Giuliana también; los dos jardineamos”. En esta casa vivero dan clases de jardinería y lideran la Fundación Ezwama, mediante la cual apoyan proyectos de biodiversidad, patrimonio y cultura.

Pero como todo oasis conlleva el miedo de perderlo, su preocupación desde hace varios años, así como la de Luis Fernando, es una vía que proyecta construir la municipalidad: la carrera 72 A, la cual sería paralela a la carrera 65 A, a media ladera de la zona noroccidental de la ciudad, y llegaría al Cerro El Volador desde las calles 103-104 (sector de Zenú, en Pedregal). Según ellos, esto sería el acabose para el corredor ambiental que los rodea y, de ejecutarse, les tocaría coger, literalmente, “pa’l monte”. “Este sector es el único corredor natural que queda de conexión del cerro con el resto de la red ecológica hacia el occidente de Medellín. Hacer una vía dejaría al Volador como al Cerro Nutibara, aislado en términos naturales”. Para su tranquilidad, según informa a quien esto escribe el secretario de Infraestructura de Medellín, Javier Darío Toro, “esta vía no ha tenido recursos para ejecutarse debido a su valor tan alto: costaría 200 mil millones de pesos, con predios. Le corresponderá a una nueva administración, en esta es imposible”.

La Iguaná sale del clóset
Como suele suceder, incluso con la historia de Medellín, hay versiones diferentes de los orígenes de Robledo. Para algunos estudiosos nació donde hoy queda el barrio San Germán. Sostienen que allí se fundó en 1806 una pequeña población que primero se llamó San Ciro y luego Aldea de Aná. Otros argumentan que los orígenes se remontan al siglo 17, cuando un núcleo de personas, al mando de Jerónimo Luis Tejelo, se asentó en el denominado Tambo de Aná, también en lo que hoy se conoce como San Germán.

Por el contrario, para el investigador Luis Fernando González los inicios de Robledo nada tienen que ver con San Germán. “San Germán es una historia más reciente, del siglo 20. A principios del siglo 19, Robledo se llamaba Anápolis, centro urbano del distrito de Aná, y quedaba del actual Centro Comercial Mediterráneo para abajo de Los Colores, al otro lado de La Iguaná…”.

En lo que sí hay consenso es en cómo terminó dicho poblado y lo que su fin significó para lo que hoy conocemos como Robledo. Protagonista hasta nuestros días, el 23 de abril de 1880 la quebrada La Iguaná bajó cargada de arena, piedras y lodo, y en forma de avalancha se derramó sobre Anápolis. Aunque los libros de historia hablan de siete muertos, algunos, como González, piensan que fueron muchos más, pero no se contabilizaron como tales porque sus cuerpos nunca se encontraron. Tras el desastre, Anápolis fue trasladado a terrenos más seguros, abajo de la falda El Cucaracho, en el sector El Tablazo, entre las quebradas La Gómez y La Corcovada, y el nuevo poblado fue bautizado Robledo, en honor al conquistador español. Allí queda hoy el Centro Histórico de la comuna, en la llamada “loma de Robledo”.

En 1893 se inició la construcción de la iglesia Nuestra Señora de Los Dolores —declarada Monumento Nacional en el año 2000—, y a su alrededor empezó a levantarse el pueblo, habitado principalmente por artesanos. Como la edificación del templo se demoró más de lo esperado, fue en 1891 cuando el icónico estadero El Jordán comenzó a cobrar reconocimiento al ser prestado para oficiar misas, bautizos, matrimonios y otros ritos religiosos. Actualmente el Municipio lo restaura para establecer una Casa de Música. Versatilidad a toda prueba.

La mítica Salsipuedes
Cuando empezó la formación de Robledo, en sus alrededores ya había casas de campo de familias pudientes. Las lomas de Pajarito y El Cucaracho eran el lugar ideal para descansar, como lo relata Tomás Carrasquilla en Frutos de mi tierra. Nada que ver con hoy, cuando el tráfico es insufrible y se apiñan, uno sobre otro, edificios de 23 pisos y miles de familias se hacinan en un sinfín de viviendas de interés social y prioritario. En la novela, publicada en 1896, el autor cuenta cómo para menguar el estrés producido por la villa y sus carruajes, se va con su amante para El Cucaracho, desde donde describe la vista y lamenta lo que le estorba el Cerro El Volador para observar mejor el panorama.

Años más tarde, y hasta 1938, Robledo fue corregimiento de Medellín. Por esa época, en 1939, el artista Jorge Marín Vieco adquirió un pedazo de tierra con una vieja casa campesina en el sector de Robledo La Pola. Pues a mediados de siglo esta propiedad ya estaba posicionada como epicentro nacional del arte y la bohemia, había sido visitada por poetas de la talla de Pablo Neruda y Jorge Artel, casa de habitación del maestro Lucho Bermúdez y su esposa Matilde Díaz, hogar temporal de la pianista Blanquita Uribe y su padre Gabriel Uribe, rumbeadero de un sinnúmero de pintores e intelectuales, e inmortalizada en un porro y un poema en prosa: Salsipuedes y Los cristos de Salsipuedes, este último compuesto por uno de sus más asiduos huéspedes, el poeta nadaísta Gonzalo Arango. “Vecina del cielo pero distante de la ciudad”, así definía Arango a la concurrida estancia.


Jorge Marín Vieco, Lucho Bermúdez, Jorge Artel, Gabriel Uribe, el “Pote” Mideros, (?) Díaz y Matilde Díaz en un día de campo en Salsipuedes. Foto cortesía

Ahora, en pleno 2015, buscamos a Salsipuedes para ver qué queda. Alrededor de la casa se destacan bustos en bronce de Beethoven, Marco Fidel Suárez, Andrés Bello, Gonzalo Arango y Simón Bolívar, entre muchos otros personajes, esculpidos por Jorge Marín Vieco, quien murió en 1976. Nos recibe su hijo Jorge Marín Restrepo, ciclista aficionado y afinador de pianos, hombre cálido, pausado y buen conversador. “Mi papá era saxofonista —años después se dedicaría también a la escultura— y se enteró de que a Lucho Bermúdez, un músico que apenas empezaba a destacarse y que tenía una orquesta muy buena pero desconocida, le dieron un contrato para tocar en el Hotel Nutibara y en el Club Campestre. Cuando le presentaron a esos músicos que llegaron de Bogotá en el 48, les abrió las puertas de su casa”.

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Casa Museo Marìn Vieco “Salsipuedes”. Foto Róbinson Henao

Fue así como el maestro Lucho Bermúdez y su esposa llegaron a pasar 15 días a Salsipuedes, que todavía no se llamaba así, y se quedaron año y medio. “Aquí no subía un carro, había un alambrado para que no se entraran las vacas, la única casa que existía, mucho antes que esta, es la vieja que está al fondo, pero no existía el barrio”, continúa Jorge mientras señala el entorno.

Pese a su difícil acceso, la casa se convirtió en el club campestre de Bermúdez y su orquesta, y en ella solían ensayar los fines de semana. De una de esas largas veladas musicales no lograron salir a tiempo por lo empantanado del terreno. La finca, entonces, fue bautizada “Salsipuedes” y el maestro Lucho le compuso la famosa pieza. 

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Esculturas del maestro Jorge Marín Vieco en la Casa Museo Salsipuedes

Ya a finales del siglo, Jorge Marín Restrepo materializó el deseo de su padre de hacer de Salsipuedes una casa museo. Sin embargo, en el año 2000 fueron víctimas de un violento atraco del que hoy no quiere acordarse y desde eso Salsipuedes dejó de estar tan abierta al público. Ahora es también una finca hotel que se ofrece al mundo por internet, y a sus espaldas le respira, amenazante, una mole de 25 pisos. “Aquí detrás va a haber 200 apartamentos. Se interrumpió para revisar las licencias luego del efecto dominó del colapso de Space, pero eso lo terminan. Dos torres de 25 pisos. Nos parece horrible porque la privacidad que había aquí toda la vida se acabó. Las vías de acceso no dan abasto”, se queja.

Dentro de la casa se evidencia la predilección de Marín Vieco por esculpir cristos, afición que inspiró el mencionado poema del escritor nadaísta. “Aunque a mi papá le gustaban mucho los cristos, era anticlerical. Le pasaba lo mismo que a Gonzalo Arango: nunca fue ateo sino anticlerical… A la hora de la verdad, Gonzalo era un hombre profundamente creyente”. Y se remite a una conversación de la que fue testigo. “A mí me tocó escuchar a los 13 años, en el corredor de esta casa, la historia de por qué era anticlerical y por qué ese odio tan grande que convirtió en una obra de arte. Gonzalo iba a ser cura, estaba jovencito y una de las opciones era irse a un seminario. A los 18 años murió el papá. Gonzalo lo quería mucho y lo llamaba Héroe del pan cotidiano. Como era el hijo menor, el papá se desvivió para que el muchacho sirviera para alguna cosa. Le dijo: ‘De herencia les voy a dejar esta finquita a todos mis hijos y acuérdese de que a usted le toca tanto, para que pueda pagar la universidad si me muero’. Y preciso, se murió, pero la mamá, que era muy beata, le entregó la finquita a un cura porque este le echó el cuento de que era para que el señor se fuera para el cielo. Gonzalo era adolescente y con esa inteligencia y esa capacidad dialéctica, le dijo: ‘Señor cura, ¿pero a usted no se le ha ocurrido que de pronto mi papá ya se fue para el infierno de todas maneras?’. Esa es la raíz de su anticlericalismo. Decía que su papá había sufrido y trabajado mucho como para que le quitaran eso. Gonzalo era muy puro y no estaba esperando dinero, pero eso era para educación, para los hijos”.

“Aquí no es” y otros referentes
Otro de los distintivos de Robledo, gústele al que le guste, son sus moteles, de los primeros que hubo en la ciudad. Los empezaron a edificar en los años 70 en la Carretera al Mar y por ser varios y muy seguidos, muy pronto se convirtieron en referente y destino obligado de las parejas que querían gozar de un poco de privacidad en la aún mojigata Medellín. Su popularidad dio, incluso, origen a chistes, como el del humorista Guillermo Zuluaga “Montecristo”, quien vivía muy cerca, por la misma vía. Aseguraba que como a su casa llegaban día tras día parejas a preguntar si ese era uno de los moteles, se vio obligado a cambiarle el nombre: “Aquí no es”, rezaba el letrero de la entrada.


Iglesia de Nuestra Señora de Los Dolores, en el parque principal de Robledo. Foto Róbinson Henao 

En consonancia con su heterogeneidad, Robledo ha sido, además, una “ciudadela levítica”, como lo manifiesta Clemente Castaño, quien desde 1947 vive en la calle El Talego, frente al parque principal. “Esto está rodeado de conventos, de monjas y de curas por todos los lados. Robledo es un tesoro”, apunta este estudioso de la historia de su barrio. “Me ha tocado todo su progreso. Cuando llegamos, Robledo estaba como el primer día de la creación, todo por hacer, las calles eran en tierra. Cuando venía un carro, si la calle estaba mojada era un pantanero y no salía ni por el diablo. La escuela tenía apenas 150 alumnos y la de niñas la cerraron un tiempo porque no había gente. Aquí jugábamos —prosigue, señalando el parque—. Nos arrastrábamos en las cocas de las palmas o nos tirábamos en tablas. Y en la noche, como siempre había un apagón de 8 a 9, nos convertíamos en cantantes… ¡el pobre Vicente Fernández era mudo al lado de nosotros! Mientras volvía la luz nos poníamos a jugar y a molestar la vida. En esa época la gente todavía se visitaba y conocíamos el nombre del vecino de al lado y el de cinco cuadras más lejos”.


La conexión vial con el Túnel de Occidente estará terminada en octubre de este año. Foto tomada por Róbinson Henao el 12 de mayo de 2015


Pasar la loma de Robledo (calle 65) es hoy una odisea. Foto Róbinson Henao

¡Cuándo iba a pensar Clemente que el mayor “pero” que le vería a Robledo sería cruzar la calle! “El problema más inmediato que hay es lograr pasar la falda, la calle 65, es horroroso. Yo todavía brinco, pero hay muchos ancianos que caminan muy despacio y se demoran una eternidad para pasar. Cuando esté la interconexión de occidente esperamos que el flujo vehicular merme al menos el 60 por ciento. “Es que aquí pasan más de mil motos por hora, yo las he contado, eso es una sobre otra y no hay quien atraviese”. 

Unos vecinos muy raros
Al igual que la intensa urbanización de sus laderas, a Robledo también le cambió la vida la línea J del metrocable. Son 2.9 kilómetros de recorrido en el occidente de Medellín, entre las estaciones San Javier y La Aurora, en el área de influencia de varias comunas de la ciudad, entre ellas la 7. En inmediaciones de la estación La Aurora se despliegan numerosas soluciones de vivienda para población vulnerable, y es difícil establecer a cuál sector de la división territorial oficial pertenecen. En una de ellas, Cantares, vive desde hace cuatro meses Diana Murillo, una de las vendedoras de rosas de la película del cineasta Víctor Gaviria. Hoy, con 34 años, hace parte de las 1.600 familias de la cuenca media de La Iguaná, reubicadas a raíz de la construcción de los 4.1 kilómetros desde la 80 (sector de Robledo) hasta el Túnel de Occidente. Contrario a sus vecinos, confiesa que prefiere montar en bus que en metrocable. “En los aguaceros se para mucho, o se mueve y me da miedo, entonces prefiero el transporte de bus, aunque los tacos son impresionantes”.


Diana Murillo, actriz natural de La vendedora de rosas, en cercanías de la estación La Aurora, del metrocable. Foto Róbinson Henao

Pese a estar contenta por tener casa propia, hay asuntos de la convivencia a los que no termina de acostumbrarse. “Aquí en Cantares vivimos varias familias traídas de diferentes barrios, de pueblos, personas desplazadas del campo y muy distintas a uno”, dice. Para nuestra sorpresa, no se queja por el ruido o por las rumbas de sus vecinos sino, óigase bien, por los burros, chivos y gallinas que algunos llevan a vivir con ellos dentro de estos apartamentos donde no hay espacio ni para secar la ropa.

Después de su catarsis, la vendedora de rosas se despide sonriente, da la espalda al metrocable y emprende el regreso a casa. Pueda ser que esta vez no se encuentre de frente con un burro en las escalas y, de nuevo, tenga que cederle el paso.


Avance de la conexión vial de la carrera 80 con el Túnel de Occidente, en la cuenca media de la quebrada La Iguaná. Foto tomada por Róbinson Henao el 12 de mayo de 2015

“A mí que me tiren a La Iguaná”
Fiel a su vocación de distrito de salud, el primer centro de atención que tuvo Metrosalud en Medellín fue el de Robledo. Al principio estuvo en el barrio San Germán y hoy queda en La Pilarica, entre el Instituto Tecnológico Metropolitano (ITM) y la Institución Universitaria Pascual Bravo.

Atiende a una población de 12 mil personas, no solo de la comuna 7 sino de otras cercanas. Tiene arraigo entre la gente. “Este es un referente humano para los habitantes de Robledo y otros sectores como El Picacho. Es recuperar una cosa que se ha perdido en la salud: el arraigo, y responde a la necesidad de tener un sitio donde se vaya con confianza”, dice su coordinador, el médico Antonio Arango.

Arango acostumbra llamar en tono de aria a sus pacientes. “Giiilmaaa”, “Eucaaaaris”, “Roooobertooo”, a quien sea que le toque el turno, lo invita a pasar al consultorio con su potente voz de barítono. Pocos saben que este doctor canoso, de bata blanca y estetoscopio al cuello es también un destacado cantante de ópera, del coro Tonos Humanos, de la Universidad Eafit. Suelen hacerle competencia varios petirrojos, carpinteros y canarios amarillos que vuelan entre las mionas, mangos, tulipanes y otros árboles que rodean este centro, una de las pocas casas antiguas que han sobrevivido a la densificación de Robledo. Es amplia, limpia y agradable.

Hace más de 30 años es también punto de encuentro del Club Clan de la Salud, un grupo de 52 señoras de la tercera edad que asisten, sin falta, miércoles y sábados a su mejor terapia. Protegidas por los árboles, rodeadas de ardillas, con la mirada vigilante de los médicos y enfermeras y las directrices de un instructor, hacen ejercicios al son de la música disco. Están uniformadas: pelos, camisetas y tenis blancos, sudaderas moradas y varas de madera para los estiramientos. “Nos gusta venir acá porque hacemos lo que nos da la gana”, comenta sin timideces la presidente, María Eucaris Arroyave, quien vive en el barrio Bello Horizonte. “Somos una comunidad, se siente uno más acompañado cuando les cuenta a las compañeras las tristezas y alegrías”. El cariño al centro médico, donde llevan estricto control de su salud, va de la mano con su amor a la comuna donde han vivido. “Con los vecinos hay mucha solidaridad, además en Robledo encuentra uno de todo sin necesidad de bajar al Centro”. María Eucaris agrega que hay buen servicio de transporte y, al igual que sus compañeras, dice estar contenta por la llegada del tranvía de la 80 “en un futuro cercano”.

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Integrantes del Club Clan de la Salud, oran antes de empezar sus ejercicios. Al fondo, el centro de atención de Metrosalud, en La Pilarica. Foto Javier Quintero

Quizás no sepan que actualmente este proyecto está empantanado porque el Gobierno Nacional no ha dicho ni una palabra a la petición de la Alcaldía de Medellín para que aporte el 70 por ciento de los dos billones que cuesta la obra. De acuerdo con el secretario de Infraestructura, Javier Toro, ante el silencio y la imposibilidad de asumir solo el costo, el Municipio optó por redireccionar los 300 mil millones de pesos que había destinado para su construcción, a otros proyectos más inminentes como el cable de El Picacho y el tranvía de Ayacucho, con el visto bueno del Concejo de la ciudad.

“Cuando llegué a Robledo eran puros ranchitos pero ahora hay cantidades de edificios, ha progresado mucho”, agrega Gilma Agudelo, quien vive en Villa Flora, el primer conjunto de viviendas sin cuota inicial que hubo en Colombia. Tal es su apego a Robledo que hace rato le notificó a su familia su última voluntad: cuando se muera quiere que la cremen y tiren sus cenizas a la quebrada La Iguaná. “¡A mí sí no, yo soy católica, apostólica y romana y que me entierren entera!”, la enfrenta Eucaris. “Ya tengo pagada una finquita en Itagüí, pues después de muerta qué importa que no esté en Robledo y que no me visiten, si de todas maneras no me voy a dar cuenta”.


Robledo: presente y futuro
… El cambio en la comuna 7 se verá rápido, tal y como lo contempla el nuevo Plan de Ordenamiento Territorial (POT)…

Según el director de Planeación de Medellín, Jorge Pérez, Robledo es hoy prioritario para la Alcaldía por tener una gran concentración de vivienda, instituciones educativas y hospitalarias de alta calidad, condiciones ambientales y paisajísticas especiales y corredores estratégicos para la estructura de la ciudad. Asegura que el cambio en la comuna 7 se verá rápido, tal y como lo contempla el nuevo Plan de Ordenamiento Territorial (POT), el cual busca que las centralidades que están en las laderas, como Robledo, consoliden los barrios, fortalezcan las cualidades urbanísticas y puedan tener vida de barrio. “En los próximos 12 años —dice— habrá mucha inversión, pública y privada, y con el trabajo comunitario la agenda de un sector como Robledo se fortalecerá”.

Precisamente el presente y futuro de la comuna 7 hacen parte de uno de los macroproyectos estructurales del POT: la Transversalidad Iguaná. “El Macroproyecto toma el corredor desde el río Medellín hasta la montaña en la parte alta de Boquerón e incorpora todos los sectores aledaños a la Vía al Mar —explica Jorge Pérez—. Pretende articular y coordinar los desarrollos de la infraestructura asociada al Túnel, la conectividad de la ciudad con el río y con el sistema del río, que es fundamental”.

Puentes de la conexión vial de la 80 hacia el Túnel de Occidente. Bajo los puentes se ve la carrera 80. Foto tomada por Róbinson Henao el 12 de mayo de 2015

La obra más significativa que se adelanta hoy en la zona es la conexión vial de la carrera 80 con el Túnel de Occidente. Hace parte del Macroproyecto Aburrá — Río Cauca y en ella participan el Municipio, el Área Metropolitana, el Departamento y la Nación. Son 4.1 kilómetros con los que se pretende desembotellar a Robledo y ayudar a cumplir el viejo sueño de agilizar la comunicación de Medellín y el país con el occidente y el Golfo de Urabá. Según el cronograma, estará terminada el 21 de octubre de este año. Su costo es de 89.600 millones de pesos, incluye siete puentes y tiene impacto directo sobre los barrios Robledo, El Pesebre, Masavielle, Fuente Clara, Blanquizal, Vallejuelos, Olaya Herrera 1 y 2 y Santa Margarita.

De acuerdo con el secretario de Infraestructura de Medellín, Javier Darío Toro, para mejorar la movilidad en Robledo también son fundamentales otros proyectos en ejecución, como la ampliación de la carrera 80 a doble calzada entre la 77 B y la calle 80, la cual estará lista en agosto de este año. “Son 650 metros donde estamos generando una doble calzada. La nueva ya se puso en servicio y se cerró la vieja para hacerle una renovación completa”.

Así mismo, destaca el parque universitario que estará en el corazón del tranvía de la 80 (hoy a la espera de financiación por parte de la Nación). Se refiere a la Ciudadela Universitaria Pedro Nel Gómez, cuyo inicio de obras está previsto para el 25 de mayo. Su objetivo es integrar arquitectónica y académicamente el Pascual Bravo, el Instituto Tecnológico Metropolitano (ITM) y el Colegio Mayor de Antioquia, donde estudian 31 mil personas.


La cronista

Luz María Montoya Hoyos es comunicadora social — periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana. Desde 2008 está vinculada al periódico Vivir en El Poblado, donde actualmente trabaja como editora general. 

También se desempeñó como reportera del periódico El Mundo, corresponsal en Antioquia y Chocó del Noticiero TV Hoy, jefe de redacción de Hora 13 Noticias y directora de Teleantioquia Noticias.