Respuesta a sor Filotea

  Respuesta a sor Filotea  
  Por: Gustavo Arango  
 
He perdido la cuenta de las veces que he oído decir que Sor Juana Inés de la Cruz era feminista. Lo que no he perdido es la capacidad para indignarme contra el exabrupto: el feminismo fue un fenómeno posterior y sor Juana era demasiado inteligente como para que la reclutaran en un “ismo”. La incomprensión ha querido también que una de sus obras más conocidas sea una redondilla donde les dice necios a los hombres, por quejarse de la dificultad de las mujeres o despreciar su facilidad. Aunque el consejo que contiene ese poema es para enmarcar: “Queredlas cual las hacéis, o hacedlas cual las buscáis”, los poemas amorosos de sor Juana están lejos de ser sus obras más importantes.
No pierdo la esperanza de entender algún día “Primero sueño”, ese poema majestuoso en que sor Juana se propuso reflejar el universo. Pero mientras me llega el momento de escalar una de las cimas más elevadas de la lengua castellana, tengo consuelo suficiente con otro escrito suyo que no tuvo intención literaria y, sin embargo, también es obra maestra: La respuesta a sor Filotea.
El brillo de sor Juana fue temprano y exitoso. Aprendió a leer por su propia cuenta cuando tenía tres años. Muy joven se convirtió en una especie de atracción de circo, en la ciudad de México, por su capacidad para sostener debates con toda clase de eruditos. Cuando le llegó el momento de decidir su vida, prefirió el convento a la cárcel matrimonial. Más que una vocación religiosa, lo que alentaba a sor Juana era la posibilidad de continuar con sus estudios. No fue fácil dar alimento a su hambre de conocimiento en un ambiente en que las monjas eran poco más que sirvientas y el clero recelaba de una mujer estudiosa.
La versión cinematográfica de la vida de sor Juana, realizada por la directora argentina, María Luisa Bemberg, exagera algunas cosas, para ayudarle a la agenda personal de la directora; pero lo que sí es cierto es que sor Juana se vio enredada en un pleito religioso que casi la hace caer en las llamas infernales de la inquisición. El arzobispo de México admiraba con ceguera a un teólogo portugués que estaba de moda en aquel tiempo. El obispo de Puebla, para provocarlo, le pidió a sor Juana que escribiera una refutación de las ideas del teólogo. Sor Juana lo hizo, con la condición de que su escrito no se publicara. Pero el obispo ignoró la petición y lo publicó acompañado por un prólogo –firmado bajo el seudónimo de sor Filotea–, con el que simulaba reprender a sor Juana por dedicarse a asuntos que no eran de mujeres. La ira del arzobispo de México no se hizo esperar, pero no fue nada comparada con la de sor Juana. El castigo acabaría lentamente con la moral y con la vida de Juana de Asbaje, pero su respuesta sigue tan viva como cuando la escribió.
La respuesta a sor Filotea es una carta escrita con furia por una de las mentes más brillantes que ha habido en América. Sin usar un solo improperio, a través del elogio excesivo y la autodegradación, pero también de la exhibición de su capacidad intelectual descomunal, sor Juana destruyó a sor Filotea sin que fuera posible que se demostrara, en una sola línea de la carta, lo que estaba haciendo. Pero no es la magia retórica de la carta su virtud más importante, sino la defensa del estudio, del cultivo de ese entendimiento con que hemos sido bendecidos para apreciar universo. Hoy que la educación se limita a comprar diplomas por cuotas y que un doctorado no se le niega a nadie, resulta más urgente que nunca releer esa carta que sor Juana le enrostró a la ignorancia.

Oneonta (Nueva York), agosto de 2010.
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