Resplandor

La escritura empezó hace más de treinta años, cuando asesinaron a mi padre. El absurdo y la crueldad de este valle de la muerte me hicieron pensar en morir o escapar. Incapaz de darle más dolor a mi familia, me propuse escribir una novela
/ Gustavo Arango
En enero de este año publiqué aquí un breve fragmento de una novela cuya escritura estaba a punto de terminar. El fragmento hablaba de unos monjes que escapaban en la noche para internarse en el desierto. Esa vez no di detalles sobre la historia o su contexto; sólo había ese grupo de fugitivos internándose en una noche oscura. Ahora que la novela se encuentra en librerías, quiero hablar de aquello que los lectores encontrarán entre sus páginas y del largo camino que me llevó a escribirla.

Si alguien me preguntara de qué trata, diría que es la historia de un monje que buscaba un libro. A finales del siglo cuarto (399 D.C) el monje chino Fa Hsien se hallaba en el monasterio de Cang-han (hoy conocida como Xian) y desde allí emprendió uno de los viajes más asombrosos de que se tenga noticia. Descontento con las versiones incompletas y las malas traducciones, partió en compañía de otros monjes y se dirigió a la India en busca de los libros de disciplina del budismo. Los monjes bordearon la región del Tibet, atravesaron el desierto y siguieron hacia el oeste hasta lo que hoy son Afganistán y Pakistán. Luego descendieron a la región norte de la India y sur del Himalaya. Allí visitaron los lugares donde mil años atrás había transcurrido la vida de Siddhartha Gautama, también conocido como el Buda.

Fa Hsien realizó en solitario la parte final de su periplo, porque sus acompañantes murieron o se dieron por vencidos en el camino. Llegó hasta la isla que hoy se conoce como Sri Lanka y allí vivió dos años dedicado a transcribir textos sagrados. Luego regresó a la China por vía marítima. Atravesó más de treinta países y su viaje se prolongó por catorce años. Los libros que obtuvo fueron fundamentales para el posterior auge del budismo en el extremo Oriente. Su aventura es una de las más largas y accidentadas que alguien haya tenido tratando de encontrar un libro. El testimonio de su peregrinaje –con los dragones, ángeles y espíritus que se cruzó en el camino– es, también, una de las crónicas de viajes más antiguas y fascinantes que hoy perduran.

Si ese alguien preguntón me preguntara cuánto tardé en escribir este libro, tendría que decir que cuarenta años. Puedo situar su origen cuando era niño y veía las transmisiones de Miss Universo. Fue por esos reinados que supe de la existencia de mi amada Sri Lanka (la Isla resplandeciente) y comprobé, año tras año, que sus reinas eran las de belleza más rara y las más felices. Cuando encontré la historia de Fa Hsien, en un libro de Julio Verne –y supe que Sri Lanka había sido el destino más remoto de su viaje–, empezó a gestarse la novela que acabo de parir.

La escritura empezó hace más de treinta años, cuando asesinaron a mi padre. El absurdo y la crueldad de este valle de la muerte me hicieron pensar en morir o escapar. Incapaz de darle más dolor a mi familia, decidí hacer de mi muerte una obra de arte. Me propuse escribir una novela a la que llamaría Morir en Sri Lanka. Por años me consolé agregando fragmentos a la historia de ese hombre que había elegido el lugar de la tierra donde moriría.

Tuve que venir al país del sueño para encontrar versiones completas del viaje de Fa Hsien e información valiosa sobre Sri Lanka o Ceilán o Serendib (de ahí viene la palabra “serendipity”) o Lanka o Sinhala o Taprobana, ese sitio donde –según algunos– quedaba el paraíso terrenal. Estudié los detalles de la vida del hombre que hace dos mil quinientos años consiguió despertar. Visité Sri Lanka, con la aceptación tácita de que mis palabras podían tener efecto en la realidad, para que la vibrante hermosura de la isla navegara por mis pensamientos y mi sangre. Tuve que ceder humilde y obediente a la fuerza con que el texto se resistía a ser falseado. Vi salir de mi mano pasajes más grandes que mi propio entendimiento. Fue preciso arrancarme pedazos de alma para dejarlos en el papel. Todo eso resultaba necesario para darle vida a Resplandor.
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