Religiosidad vs. espiritualidad /

    La religiosidad y la espiritualidad son opuestas, antagónicas y excluyentes. La diferencia radica fundamentalmente en un factor psicológico: la actitud.
    Estoy de acuerdo con Marx cuando dice que la religiosidad “es el opio del pueblo”. Está soportada sobre el andamiaje del ego, y los pilares que la sostienen son la ignorancia, el apego y el miedo. Parte como una respuesta defensiva de la conciencia infantil y de las culturas primitivas y su principal motor es el miedo a una exterioridad peligrosa e implacable. La religiosidad es el camino del miedo, es lo que se construye y vive, cuando la vida carece de espíritu.
    En la religiosidad le atribuimos a Dios las actitudes negativas que traemos de nuestra primera infancia: lo hacemos un padre tan iracundo e incoherente como el nuestro, un policía suspicaz y corrupto que busca nuestra caída, un juez implacable o un bien tan perfecto e inhumano como la imagen granítica de la basílica de San Pedro. El religioso nunca se pregunta qué es lo que realmente piensa de su Dios; si lo hiciera le daría vergüenza de tenerlo en tan poca estima.
    La religiosidad separa a Dios y el Ser. Esto conlleva a la negación de la experiencia espiritual, porque toda experiencia es íntima e interior. Queda expulsada así la variable que sostiene el andamiaje de una verdadera espiritualidad: el Espíritu, porque este solo puede ser vivenciado.
    Como consecuencia, aborda y exalta los actos externos (rituales, ayuno, limosnas y penitencias) y desconoce los internos (motivaciones, actitudes, experiencias). Y resulta que los actos externos en sí son pura vanidad: hay quien salva por egoísmo, quien reza por miedo, quien ayuna por lujuria, mientras que los actos internos determinan nuestra verdadera vivencia de las cosas.
    La religiosidad es una mercadería hecha para manipular, sobornar, comprar y hacer trueque con lo sagrado. Traiciona el sentido de la vida y de la tierra. Pone al cielo en el allá y el entonces, en lugar de realizar el amor de Dios aquí y ahora, tal y como lo predica Jesús de forma clara y enfática. El religioso vive pegado del pasado, el futuro y el más allá, y nos enajena del único momento y lugar donde puede vivir la inspiración del Espíritu: el presente.
    La espiritualidad, por el contrario, parte de una idea antagónica: lo sagrado inicia todo movimiento a través de la inspiración del Espíritu que mora en nuestro interior, mientras escuchamos atentamente y ponemos en acción lo que el Espíritu sugiere.
    La espiritualidad está basada en una confianza creciente que nos permite efectuar el salto inicial a la oscuridad, para encontrar lo sagrado en las partes más oscuras de nosotros mismos y de la vida. Esta confianza es el fundamento que catapulta las transformaciones de las que es capaz una persona con un verdadero camino espiritual, es su fortaleza.
    La espiritualidad rompe los ídolos, acaba con los ismos, renueva las cosas. No puede ser institucional, porque es íntima, no puede ser dogmática, porque está viva y la vida es cambiante e indómita en sus raíces. La espiritualidad, como el amor, es precisamente lo que no se vende ni se compra.
    La espiritualidad es más intima que cualquier forma, está aquí y ahora, es inmediata. No es cuestión de indumentarias ni de collares, ni de túnicas, ni de barbas, ni de plumas. Es fiel a la tierra, al cuerpo y a la vida. Y si su máxima meta no es la realización del amor aquí y ahora, entonces no es espiritual.
    La espiritualidad nos hace más conscientes, amorosos, presentes, despiertos, humanos, realistas, libres de miedo y más gozosos. Si no lo hace, entonces no es una verdadera espiritualidad; algo anda mal en la forma en que la estamos abordando.
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