Reflexiones lapidarias

Gustavo Arango
Por Gustavo Arango / En el mundo estamos / opinion@vivirenelpoblado.com

Frente a Cortázar y sus esposas pensé en un pasaje de Pedro Páramo donde unos muertos conversan desde tumbas contiguas. Aquel ménage à trois sepulcral también me hizo pensar en la obra de Sartre, A puerta cerrada.

Cortázar nació en Bruselas, Bélgica, un mes después del estallido de la Primera Guerra Mundial. La familia quedó atrapada en Europa por cuatro años y, cuando regresó a la Argentina, su padre tomó las de Villadiego. Cortázar creció en un suburbio de Buenos Aires, rodeado de mujeres: su madre, su hermana, sus tías y su abuela. Allí desarrolló su inclinación por el misterio.

Cortázar fue un alumno aplicado. Fue profesor en escuelas de provincia hasta la segunda mitad de los años cuarenta, cuando llegó a un Buenos Aires sumido en el populismo peronista. Allí escribió cuentos y poemas, fue traductor y vivió en busca de una oportunidad para escapar. En 1951 consiguió dar el salto e instalarse en París.

La soledad inicial motivó la llegada de su novia argentina, Aurora Bernárdez, quien también era traductora. Pero ya París había empezado a sacudirle las maneras modosas y a sugerirle merodeos por la otredad. El matrimonio se disolvió en parte por la curiosa rijosidad de Cortázar, quien como cincuentón tenía la arrechera de un adolescente.

El tatequieto le llegó cuando conoció a la escritora franco-canadiense Carol Dunlop, de quien se enamoró hasta el tuétano. Cortázar quedó maltrecho con la muerte temprana de Carol y muy pronto, en febrero de 1984, se reunió con ella en una tumba de mármol luminoso en el cementerio de Montparnasse. Es de suponer que hubo un acuerdo entre ellos sobre ese hecho definitivo.

Aurora Bernárdez volvió a ser protagonista en los últimos años de Cortázar. Estaba a su lado cuando murió y fue nombrada su albacea literaria, junto con Saúl Yurkievich y su esposa. Aurora dedicaría los treinta años que le quedaban a promover la obra de Cortázar y a publicar sus inéditos. Reconozco que los tres tienen razones y derechos de sobra para estar en esa tumba; pero creo que al menos una de las personas que allí yacen tomó la decisión sin poder consultar a los que ya estaban.

En uno de los pocos libros que conozco sobre el tema, Sir Thomas Browne se pregunta: “¿Quién conoce el destino de sus huesos? ¿Quién tiene el oráculo de sus cenizas?”. Frente a Cortázar y sus esposas pensé en un pasaje de Pedro Páramo donde unos muertos conversan desde tumbas contiguas. Como siempre he creído en el más allá, aquel ménage à trois sepulcral también me hizo pensar en la obra de Sartre, A puerta cerrada, ese infierno de gentes confinadas en un recinto estrecho. Pero quizá el horror que sentí tenga que ver más conmigo que con ellos.

El asunto pudo no haber pasado de una anécdota curiosa, si una amiga no me hubiera preguntado con quién me gustaría que me enterraran. Confieso que podría saltar del ataúd para evitar que me entierren con mi primera esposa. Con el auge de las cremaciones, el abanico de posibilidades ha variado. He dicho en broma que pueden echar mis cenizas por el inodoro y, en momentos más solemnes, que las arrojen al mar. Pero lo cierto es que esa tumba en Montparnasse consiguió recordarme que la idea de la muerte es una invitación a la humildad, pues uno no decide ni el destino que correrán sus despojos.