Quince primaveras (comedia en dos actos)

 

La primera vez que estuve en una fiesta de quince fue hace muchos años, en mi propia casa, cuando mi hermana alcanzó esa meta de la edad. Se trató de un festejo homogéneo de principio a fin: conversación, baile, un ir y venir en pos de pasabocas y trago y, por supuesto, un suculento plato con alguna carne palaciega. Desde entonces y durante un par de décadas, ya porque jamás fui aficionado al baile o porque -y acaso por eso mismo- no tenía la suficiente cantidad de amigas, solo otra vez volví a una celebración semejante, comprobando lo mismo que ya había visto por allá en el período cámbrico de mi biografía. Pero las cosas ya habían cambiado cuando, la semana pasada, estuve por tercera vez en uno de esos emblemáticos cumpleaños.
A lo que más se parece la actual celebración estándar de quince años es a una pieza en dos actos. Al principio, todo es increíblemente solemne: la festejada hace su entrada triunfal agarrada al brazo del padre y custodiada por media docena de edecanes armados de espadas, y luego todos ellos -incluido un variado ramillete de los más importantes familiares de la muchacha- ejecutan una compleja coreografía que incluye baile, acrobacias de circo, prosternaciones ante el trono de la juventud, desfiles, flores, pompas de jabón y -ver para creerlo- liberación de un ejército de mariposas especialmente criadas para morir en una noche de fiesta. Llama la atención la unción con que se ejecuta todo esto: la joven y su familia, con compostura de gárgolas, no esbozan una sonrisa mientras dura la obra, y el fotógrafo y el administrador del salón se pasean entre las mesas dando órdenes de diácono a todos los invitados: “todos de pie”, “acérquense a recibir la quinceañera”, “levanten las copas”, “aplaudan”. En tales momentos uno descubre, con verdadera sorpresa, que también hace parte del reparto.
Después de cumplida esta difícil y milimétrica formalidad, el alivio aparece en las caras de los participantes y por primera vez alguien hace una broma, consciente de que se da inicio a la parte en que hay que disfrutarlo todo hasta las últimas consecuencias. La quinceañera echa un ojo codicioso sobre el baúl en que reposan los sobres llovidos desde el bolsillo de sus invitados -que más parecen accionistas de la fiesta- y se confunde entre sus amigos dispuesta a arruinar su traje entre la montonera del baile. Una hora después todo es griterío, y entre los vapores del sudor son visibles los gestos de cópula que entretienen a los danzantes, los traspiés de la borrachera de buena parte de los convidados y los movimientos furtivos de los edecanes sin uniforme que se han colado en pos de alguna aventurilla. Cuando el guión ha agotado las vanguardistas maromas de los bailes del siglo 21, hacen su aparición el porro, la cumbia y el mapalé, y el salón rebosa de un inusitado sentimiento patriótico que abarca todas las edades.
Sin embargo, si la cultura acaba encontrando su reivindicación, no ocurre lo mismo con las más elementales prácticas sociales, pues la disposición de los invitados en el salón obliga al atrincheramiento: como en un restaurante, a cada familia le ha sido asignada una mesa, la cual visitará periódicamente un mesero que hará inservible el pretexto de una visita a la barra. Apenas será lícito abandonar la silla en medio de la oscuridad para, adivinando rostros, sumarse a la masa bailadora. Atrás han quedado los tiempos en que un redondel de taburetes adosado a las paredes caseras obligaba a todas las confrontaciones, y en que el deseo de un aguardiente obligaba a entablar los diálogos más impensados.
Hoy en día, en la fiesta de quince años se deja de ser celebrante para convertirse en espectador: se paga la entrada, se asiste a una representación y apenas hay que pararse para ir al baño; quizá solo el matrimonio, henchido de falaces promesas de amor y tolerancia, la supere en teatralidad.