Que pase el inquisidor

Por Adriana Mejía
Por Adriana Mejía / Etcétera / opinion@vivirenelpoblado.com

Prefiero acatar el sabio consejo de Anatole France: “No discutas con un ignorante, te hará bajar a su nivel y ahí te ganará por su experiencia”.

La diatriba fechada el 16 de mayo y firmada por alguien a quien tengo el gustazo de no conocer y de quien ya olvidé el nombre, le llegó al presidente de la junta, con la exigencia de su publicación. Solo que el blanco de la artillería no era él; era yo.

Con tonito amenazador, el inquisidor de marras vomitó la bilis que le produjo mi columna de la edición 742: Me fascinás, Fernando Vallejo. (Disponible en la web). Y lo hizo con tropezones contra el idioma, y suposiciones y conclusiones temerarias que no se compadecen con los principios fundacionales de Vivir en El Poblado, entre los que el respeto es protagonista. (Se hubiera ahorrado el esfuerzo).

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Cualquier opinión, por liviana que sea, genera siempre acuerdos y desacuerdos. Y de eso se trata, qué tal el unanimismo propio de las dictaduras y qué jartera lo políticamente correcto como regla general. El disenso es conveniente, enriquecedor y necesario en la formación del pensamiento. El insulto, la injuria y la calumnia, en cambio, a pesar de que acaban deshonrando a quien los infiere, son impresentables.

“Son el único recurso cuando se desconocen las artes de la argumentación; son la muestra más clara de pobreza intelectual”, dijo Schopenhauer. Sí, corresponsal de autos, también he leído algo de él y de Flaubert y de Balzac y de Proust y de Beauvoir y de Yourcenar y de Durás y de un pocotón más de libertinos. Y también me fascinan –por buenos escritores-, qué le vamos a hacer. (El deleite que me produce leerlos es directamente proporcional al aburrimiento que me produjo leer sus 33 líneas).

Busco en el diccionario de la RAE, injuriar. Y encuentro entre las definiciones: “Agravio, ultraje de obra o de palabra/ Delito o falta consistente en la imputación a alguien de un hecho o cualidad en menoscabo de su fama o estimación”. Y me suena.

Es insólita la sindéresis que este escribidor no tiene. Así me califica en la carta: irrespetuosa con el lector, personaje funesto, apologista de las malas costumbres, peligro para las familias decentes de El Poblado, atrevida mujer, viciosa, inmoral, aberrada, perversa…, por resumir. ¡La de sapos que croan en su estanque! Pero se equivocó de botadero.

Cualquier tinterillo -creía yo-, conoce el Artículo 220 del Código Penal sobre la injuria: “El que haga a otra persona imputaciones deshonrosas, incurrirá en prisión de 16 a 54 meses y multa de 13.33 a 1.500 salarios mínimos legales mensuales vigentes”. Y el 223: “Cuando alguna de las conductas previstas en este título se cometiere utilizando cualquier medio de comunicación social u otro de divulgación colectiva o en reunión pública, las penas respectivas se aumentarán de una sexta parte a la mitad…”. Y me suena.
A un detractor energúmeno, el delito lo mira de soslayo.

No pierdo más tiempo, prefiero acatar el sabio consejo de Anatole France: “No discutas con un ignorante, te hará bajar a su nivel y ahí te ganará por su experiencia”.

ETCÉTERA: Ve, Peñaranda, te vuelvo a molestar. Decile al dictador que le diga a Vallejo que le debo una disculpa. El otro día se me pasó precisar que, en mi opinión, él está en el top de los mejores escritores de Colombia.

 

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