“Que nos entierren juntos”

 
 
   
 
Subiendo por las escaleras de El Morro, en la Loma de Los González, se llega a la casa más célebre del sector, allí donde los más escépticos encontrarán la prueba de que el amor sí existe, el conyugal de hasta que la muerte los separe, y pondrán en duda, al menos por un segundo, aquella sentencia de que el amor es eterno mientras dura.
La evidencia la encarnan Nelly y Luis Eduardo, quienes este sábado 28 de febrero celebraron sus bodas de diamante con una misa en el templo de San José, el mismo donde se casaron, y, claro, con una rumba de tiro largo, como esas que los caracterizan. Desde hace mucho tiempo son el centro de El Morro, qué centro, el alma de El Morro, la pareja que aglutina y convoca no solo a sus siete hijos, ocho nietos, y seis bisnietos sino a hermanas, cuñados, primos, sobrinos y vecinos. Todas las tardes, los agradables corredores de esta casa, construida por Luis Eduardo cuando se casaron, son el tertuliadero predilecto de familiares y amigos. Las fiestas del 24 y del 31, ambas de amanecida, tienen una alta recordación y también los desenguayabes del 25 y el 1 de enero, con sancocho y baile incluidos. Alrededor de esta pareja vibran el barrio y las lomas aledañas, tanto como debieron vibrar durante el aniversario los tres amplificadores gigantescos que ocupan casi la mitad de la sala.

“Hay que tener encarnadura de mula”
“Para sobrellevar 60 años de matrimonio hay que tener encarnadura de mula”, dice Nelly risueña y sin trascendentalismos. Se le cree. “No puedo decir que me he pasado la vida seca de risa”, pero sí una buena parte porque ambos tienen una bien ganada fama de animados, paseadores, aguardienteros, bailarines de tangos y de porros. Con decir que él a sus 84 y ella a sus 77 cautivan con su gracia para bailar El Apachurrado, éxito de la música parrandera. “El día que ellos falten nos vamos a morir del tedio”, dice una vecina y no exagera, porque al carisma de la pareja se suma un encanto adicional: las arepas de maíz molido y amasado por Nelly tienen popularidad interbarrial, lo mismo que sus fríjoles. Luis Eduardo no come nada que no sea preparado por ella, la mejor cocinera, la más bonita y la más buena, esa que conoció en un paseo cuando solo tenía 12 años y él 20, y con quien se reencontró en una procesión de Semana Santa en el barrio Lleras. Desde ese entonces fue el flechazo.
Por tres años se vieron a escondidas y solo al cabo de ese tiempo formalizaron el noviazgo. Luis Eduardo era un Romeo de la Loma de Los Parra, y Nelly una Julieta de Los González, cuyo padre no gustaba del Montesco pobladeño. Le parecía mujeriego y que tenía todos los vicios “menos ser ladrón”. Finalmente, cuando ante la terquedad de la enamorada adolescente y la persistencia de Luis Eduardo “el viejo vio que no había más remedio”, entregó a Nelly en el altar por la misma época en que le celebró los 15. Desde eso Luis Eduardo se ganó el corazón de la parentela en pleno y se pasó a vivir a los dominios de su amada, la Julieta de Los González.

La receta para llegar a los 60
Por más pregunta de cajón que sea, es imposible no pedirles a quienes celebran 60 años de casados el secreto de tal mérito. “La comprensión entre la pareja”, contesta Luis Eduardo y prosigue con un discurso muy propio de su generación: “Es que la época de ahora no es como la de antes. Hoy los muchachos se casan por un capricho y en cuestión de días ya están cansados el uno del otro”.
“¿Qué que es lo que más me ha gustado del matrimonio? Pues hombre, todo. Cuando yo me casé era nada, por ahí desperdigado porque quedé huérfano muy temprano y me crié con los abuelos. En semana trabajaba y los fines de semana ¡vamos a beber!”. Es decir, se enderezó con el sagrado sacramento, aunque los primeros años tuvo cierto resabio: el de negar de vez en cuando que era casado. “Me daban la oportunidad y me la tiraba de soltero. Es que uno no nació viejo sino muchacho y como todo muchacho también fue travieso”.
Para Nelly el secreto de estas bodas de diamante es “el amor y el respeto. Cuando ha habido problemas los hemos afrontado, sin necesidad de decirle a él desocúpeme la casa. Que el amor se acaba, eso es mentira, lo que pasa es que hay que cultivarlo, vivir esmerándose por el marido y pensando únicamente en él”.
A lo largo de estas seis décadas ni por un día se han separado y no contemplan hacerlo ni siquiera cuando Dios lo ordene. “No nos separaremos ni con la muerte, que nos entierren juntos”, dice Luis Eduardo. De solo imaginar que él le falte, Nelly llora en plena entrevista. Por un momento se empañan los diamantes de estas bodas que convirtieron El Morro en carnaval.