Públicamente clandestinas

 
 
   
 
Como una bala, pasa un motociclista con sus piernas entre las dos llantas, asido del manubrio, ante el asombro de cientos de espectadores situados a lado y lado de una recta cercana al José María Córdova. Le sigue otro, raudo y temerario, cuál temerario, suicida como el anterior, parado en el sillín como un crucificado, figura que los entendidos llaman el ángel. Al instante, en el sentido contrario, surge una 650 parada en la llanta trasera, el famoso pique, con parrillera y todo, y detrás otra 650, pero sobre la llanta delantera, un pique al revés conocido como endo. Las motos vienen y van, y a la par con ellas, frente a ellas y entre ellas pasan camiones, buses de escalera, sin escalera, bicicletas, taxis, automóviles, cuatrimotos, camperos, perros y vacas porque esta es una vía intermunicipal. Los más de mil espectadores, la mayoría también motociclistas, no saben para donde mirar y además son tan osados como los que participan en la exhibición, pues se atraviesan en la carretera para no perder detalle. La competencia también es de ruidos: se mezclan el acompasado y discreto de los motores de cuatro tiempos con el de los motores de dos tiempos, forzados al máximo y con múltiples aceleraciones por segundo, como si se fueran a apagar. Varias canciones de reguetón -vigente, contra todo pronóstico- retumban simultáneamente provenientes de los vehículos de algunos curiosos. Mientras tanto, de lado y lado de la recta no dejan de aparecer acróbatas, velocistas e inventores de las piruetas más rebuscadas y peligrosas, como el del pique eterno cuya gracia es que a espaldas suyas va sentado un niño no mayor de ocho años con la nariz muy cerca al pavimento. Solo falta que salgan la mujer de barba y un enano botando fuego pues el espectáculo con sus rarezas a veces más parece un circo que una carrera de motos.

Estampida antológica
De pronto, el grito de alerta: “¡La policía!”, seguido de una estampida: los centenares de motos de todos los pelambres y carros atestados de jóvenes de barrios populares que se encuentran parqueados a orillas de la carretera, desaparecen como por arte de magia, a tono con el espectáculo. Maestros en el arte de escabullirse, adelantan la evacuación más rápida y efectiva que se pueda imaginar, envidiable para el Simpad. En un parpadeo la vía está casi desierta. Lo había advertido uno de los motociclistas: la exhibición empieza a las 9 y 30 de la noche y dura “hasta que llegue la policía”. Lo curioso es que no era la policía sino una ambulancia del Hospital de La Ceja, pero, igual, la jornada terminó, al menos en ese sitio porque las motos más grandes se desplazaron hacia rectas más lejanas.

La metamorfosis
La verdad es que estas carreras no empezaron así; se han desvirtuado para el pesar de sus pioneros. Iniciaron como un paseo de amigos con motos de entre 600 y 1.000 centímetros cúbicos, quienes hacían apuestas de velocidad, llamadas cuartos de milla, en las rectas entre el aeropuerto y el hipódromo, único sitio donde podían aprovechar al máximo la potencia de sus aparatos. Y lo siguen haciendo porque “el clímax es un pique a 200 kilómetros por hora”, dice uno de los pioneros. “¿Qué se siente? Adrenalina al cien, que es como nuestra droga. Una sensación de libertad, de alegría y de peligro”, dice otro. “Una moto de 1.000 centímetros alcanza 100 kilómetros en 2.9 segundos y en seis segundos alcanza los 200 kilómetros. La sensación es como andar en un Fórmula 1 pero de dos ruedas. Es impresionante. Esto lo saca a uno de la ropa”. Pues claro, son 180 caballos de fuerza: literalmente una bestialidad que puede ser mayor, porque “con accesorios de siete mil dólares quedan de 190 caballos de fuerza”. Para entender la potencia y velocidad que puede desarrollar una moto con estas características, basta saber que “un Clio tiene 95 caballos de fuerza y sube a cualquier parte con cinco personas”. Son comunes también los rines y guardafangos en carbono para aligerar la moto. Testimonio de las velocidades alcanzadas en Llanogrande son los videos subidos a Youtube, grabados con cámaras que algunos llevan adaptadas a sus cascos o manubrios.
Pero de unas semanas para acá, el programa inicial a Llanogrande se transformó en una nube gigante que sube por Las Palmas e involucra a muchos motociclistas de Medellín: los experimentados y los más novatos. “Quieren mostrar que ellos también son capaces de dar el ritmo con motos pequeñas, entonces se meten, se enredan, se atraviesan y tumban a todo el mundo. Es peligrosísimo. Lo peor es que nos calentaron con la policía”. Por eso los veteranos empezaron a cambiar la noche de la montada, “para no coincidir con la gaminería”, como denominan a esa cantidad de menores de 20 años que los jueves en la noche se tomaron la vía a Las Palmas y las rectas de Llanogrande.

La noche señalada
Lo cierto es que para todos, la ansiedad empieza muy temprano. Desde las 2 de la tarde miran el cielo para predecir el clima y determinar si esa noche será de adrenalina. Si no llueve, la cita es a las siete de la noche en la estación de servicio de Terpel, en El Tesoro. “Preferimos subir por la carretera vieja, por las curvas, allí es donde se ve el piloto”, dice el dueño de una superbike de 1.000 centímetros cúbicos. Los avezados como él conocen Las Palmas recta a recta, curva a curva y saben desde lejos y con precisión a qué velocidad deben entrar a cada una de ellas. “Los que se salen en una curva son los típicos buñuelos”, agrega este motociclista de 25 años, con brazos fuertes y musculosos, pues para sostener este aparato de 178 kilos se necesita fibra además de plata, hacer barras, alzar pesas y practicar spinning. Se requiere, incluso, una alimentación adecuada porque en este deporte la cualidad de enclenque puede resultar fatal.
Su código tácito de comportamiento no les permite montar enguayabados, ni siquiera tomar una cerveza light en el mall de Llanogrande, donde paran a comer. Saben que en esas condiciones no serían capaces de sostener la moto y que cualquier error podría costarles la vida. Tampoco se vale “atarvanear por la izquierda”.

La apariencia no es lo de menos
La pinta sí que es fundamental. “Esto es una pasarela: $800.000 las botas italianas con piezas intercambiables; $1.500.000 la chaqueta reforzada con el mismo material de los trajes blindados; $250.000 los pantalones con protección especial en cintura y rodillas; $1.500.000 el casco italiano con el que corren los campeones mundiales europeos y $300.000 los guantes de cuero. Pero todo es necesario porque por experiencia sabemos que el pavimento da muy duro”. En síntesis, vestirse de Robocop puede costar cuatro millones de pesos.
Pero no es lo único que vale de esta goma. Un tendido de llantas para una R1 (1.000 c.m3) cuesta $1.200.000 y dura tres mil kilómetros (cerca de diez jornadas en Llanogrande) y sin manera de “hacerse el loco”, porque correr con una llanta lisa es un suicidio. Como dice un gomoso “Negarle algo a la moto es como negarse la vida”. Hay otros gastos adicionales como el cambio de aceite ($200.000), la tanqueada con gasolina extra y detalles como las maniguetas de colores, las tapas para los frenos y el intercom para hablar con la parrillera. No sobra decir que los más afiebrados cambian su moto de $32.000.000 una o dos veces al año.
Pintas y motos que contrastan con las de los otros gomosos provenientes de otros sitios y realidades de Medellín, con casco tipo ponchera y cachucha por debajo como máxima protección, pero cuyos intereses confluyen un día a la semana, a la misma hora y en la misma recta: el llamado autódromo clandestino de Llanogrande.