Promesas de novios

    Promesas de novios
    La felicidad es de esas cosas que son difíciles de encerrar entre palabras para la mayoría de las personas, pero también una de las que muchos dicen ser capaces de reconocer en cuanto la ven. Es también una promesa habitual de romanticismo adolescente que persigue a muchos hasta la madurez y es causa de decisiones radicales que empiezan con frases como “no me haces feliz”.
    La felicidad es, como promesa, algo que no está aquí ahora, y está relacionada íntimamente con la idea de vivir mejor, siempre un objetivo por alcanzar. En últimas eso es lo que casi todos queremos, si no vivir mejor, al menos sí vivir bien. Y sabemos todos que eso no se alcanza solos, sino en sociedad. Lo que queremos la mayoría de los ciudadanos es así de simple: vivir mejor.
    Los políticos, sabedores de que lo que hacen en los cargos públicos a los que aspiran puede llegar a tener grandes consecuencias sobre la vida de sus gobernados, se esconden cuando de hablar de estas cosas se trata. Prometen cosas extrañas si de vivir mejor y alcanzar la esquiva felicidad se trata. ¿Qué tiene que ver un puente con la felicidad de la que aquí hablamos? Necesitamos vías de comunicación, claro, y eso ayuda a mejorar la calidad de vida, e incluso la del aire, de unos, y a empeorar la de otros. Prometen bienestar económico, más difícil de señalar que la felicidad, si es que acaso lo vemos cuando está frente a nosotros. Y nos prometen más cosas que se antojan extrañas si de lo que estamos hablando es de que lo que queremos es ser felices y vivir mejor. Es algo así como si una pareja recién conformada, que quiere ser feliz y hacer lo que se necesita para lograrlo, empieza por comprar trapeadoras, se compromete a no dejar pelos en el jabón, a recoger la ropa sucia y todas esas cosas tan importantes en la vida cotidiana pero que sospechamos no son la felicidad.
    Los políticos ya no hablan de utopías como lo hacían antes, no nos dicen que vamos a vivir mejor con la fórmula ideológica (cualquiera) que promueven para regir nuestras vidas. La utopía -como la felicidad y vivir mejor- ya no es un asunto público (de todos), sino privado (de cada uno). Eso sí, no han renunciado a meterse en nuestra intimidad, sobre todo si tiene qué ver con las sábanas. Si eso nos hace infelices, no les importa.
    Estamos en campaña electoral y mientras unos callan para no equivocarse y afectar sus aspiraciones, otros prometen no robarse el presupuesto, ampliar calles, generar empleo -extraña expresión que nos acostumbramos a oír y que pocos dicen saber qué significa y aún menos cómo se hace- pero nunca, ni por error, prometen que vamos a vivir mejor, no se diga ser felices.
    Sin embargo, hay que repetirlo para ver si alguno entiende, ser felices y vivir mejor es lo que queremos los ciudadanos. Para eso necesitamos empleo, seguridad, salud, educación, etc., como los recién casados necesitan trapeadoras, pero eso no es todo. Falta mucho más y ellos se hacen los sordos.