Primera y última

Opinión de Juan Carlos Orrego
Para H. V.
Cuando se tienen dudas de que el hombre sea un terrón soplado por Dios y se sospecha, más bien, que no es otra cosa que un simio altanero, los pelos se ponen de punta si una hija anuncia que desea hacer la Primera Comunión. Me pasó no hace mucho, y con toda la candidez del mundo quise persuadirla de que no subiera al altar: le hablé de Zeus, Alá y Buda para que entendiera lo intercambiables que podían ser los rostros de los dioses, y traté de explicarle que la Biblia no era más que un libro de mitología e historia. Finalmente, mi esposa terció en la conversación y me venció con la lógica aplastante que suelen usar casi todas las esposas: “¿Vos no entendés que lo que ella quiere es ponerse un vestido bonito y que le den regalos?”
Con independencia de la mucha o poca fe de cada uno de los implicados —comulgante, sacerdote, padres y etcétera—, el rito de la Primera Comunión es, sobre todo, un acontecimiento social. Y que conste que no lo digo por desfachatado paganismo, sino, inicialmente, porque así lo han señalado antropólogos y sociólogos desde hace un siglo: el sabio Émile Durkheim dijo en su momento que la religión servía, sobre todo, para que la sociedad no se partiera en pedazos. Sin embargo, más que la teoría, me seduce la práctica: la fiesta que acabo de vivir —y financiar— mostró que en la superficie y el fondo de todo están las felicidades y las intrigas de la vida en comunidad.
Comparada con los cumpleaños regulares y las celebraciones de quince años, la de la Primera Comunión es una fiesta perfecta: el libreto solemne se acaba al salir de la iglesia —de hecho, yo lo padecí junto con una palmada “cariñosa” del sacerdote, quien me riñó por no haber comulgado—. Lo que resta es una fiesta abierta: no hay que cantar nada, ni apagar velas, ni bailar valses ni soportar edecanes que espantan mariposas blancas con espadas ridículas. No, aquí no: aquí se charla, se come, se bebe y sanseacabó. Quizá sólo sufra la niña, atareada con su traje blanco y abombado. Sin embargo, ¡allá ella!; Narciso ya mostró que la vanidad tiene su precio. Mientras tanto, uno va de mesa en mesa, saludando a los amigos que no veía hace dos o tres años —las fiestas sirven básicamente para paliar esas ausencias—, haciéndose estratégicamente el mártir por los gastos efectuados, disfrutando la cerveza que corre a manteles y alcanzado una popularidad de presidente colombiano.
Pero con la misma intensidad se viven las tensiones, ocasionadas por la simple razón de que en toda Primera Comunión chocan diversos planetas sociales: el de la niña, el de su mamá, el del papá y el de las abuelas. Este último es tan grande como Júpiter, y abarca personas en relación directa con la vejez de la señora, la cual desea que todas sean invitadas (con los abuelos nunca hay problema, pues son discretos, o en su defecto se pliegan sumisamente al parecer de sus mujeres). Orgullosas administradoras de los afectos de la familia, las abuelas no suelen entender por qué uno no invitó a doña Zutana o a los hijos del Dr. Melgarejo. Aunque hayan disfrutado como nadie en la fiesta, jamás olvidan el “desaire” y lo recalcan cada vez que pueden. Y, más allá de esos melindres maternales, está el cuadro total del convite, donde, en cada mesa, los grupos se reúnen en animada conversación y dan a entender que odian a los demás; las ácidas críticas se apagan sólo cuando el anfitrión de la fiesta pasa en su ronda de saludos y conversación banal.
Esa es la fiesta de la Primera Comunión. Lo peor o lo mejor —nunca se sabe— es que, al domingo siguiente, la niña se niega a ir a misa por no perderse su serie televisiva favorita.

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