Primera ley de la conversación climática

 Por: Juan Carlos Orrego 
 
Por estos días ando leyendo una novela de náufragos bastante dramática: uno de ellos descubre que, ante la invencible apatía de su compañero a propósito de los asuntos primordiales de la sobrevivencia, sólo queda como pretexto para la conversación el consabido tema del clima (con el agravante de que, en aquella isla atlántica, el panorama meteorológico apenas ofrece una estúpida y rutinaria agenda). Puede pensarse con razón que este ejemplo, con imágenes de un remoto trópico con iguanas y Robinsones barbudos, es innecesariamente rebuscado, pues para ponerse en la situación que interesa bastaría con recordar el último paseo en taxi, cuando, ante un silencio largo y perturbador, el chofer —o uno mismo— acabó rompiendo el hielo con aquello de “Qué sol tan picante, seguro que ahora llueve”.
Nada tan lógico como apelar a la ruleta de soles, nubes y lluvias cuando se quiere entrar en contacto verbal, sin correr ningún riesgo, con el cristiano que el destino pone en frente: ¿de qué más se va a hablar cuando, por su aplastante y ubicua presencia, es casi lo único que tenemos en común? Las profesiones y oficios, los barrios, las pasiones futbolísticas, nuestro tamaño minúsculo y la baraja de las costumbres e ideas nos hacen tan distintos que, la verdad, lo más fácil es tener un corto circuito en la conversación: “Yo por allá no he ido”, “A mí no me gusta la política” o “No le entiendo señor” son algo así como los fusibles quemados en la caja eléctrica de nuestras ganas de simpatizar. Pero, ¿quién no se siente convocado a la suave charla cuando lo que está en juego es un “Siempre está como oscurito”? Al fin y al cabo, los antropólogos ya han descubierto que una de las pocas cosas en que coinciden las diversas culturas del orbe es en calcular la existencia de acuerdo con lo que pase en el cielo.
Entre otras cosas, no es cierto que las conversaciones sobre el clima sean un simple hablar por hablar, una cháchara de distracción tan banal como la comida dietética o una convención tan fría como los apretones de manos entre gente distraída. La verdad es que las charlas sobre calores y aguaceros son, la mayor parte de las veces, la puerta de entrada al corazón de los desprevenidos (que somos casi todos), el extremo de una cuerda que lleva hasta las intimidades coloridas de la pasión y el drama. ¿Cuántas veces nuestro incauto acompañante empezó describiendo el sol y acabó, compungido, con la declaración de que la vida era una cosa muy “berraca”? O, uno mismo, ¿acaso por hacer bromas con la historia de una inoportuna gotera invernal no llegó hasta el recuerdo lloroso de una casa de abuela, con abuela muerta?
Más allá de las anécdotas, hablar del clima en la Colombia de nuestros días es, sin que quepa duda, poner el dedo en la llaga. Habría que ser particularmente frívolo para no saltar de un juicio sobre la tempestad que se avecina hasta la condolida narración de las pasadas inundaciones en Rionegro; sólo un hombre con corazón de piedra no recorrería el camino verbal que va entre el frío o calor que siente y la última avalancha de lodo ocurrida en Ciudad Bolívar. Quien, por no dejar, mencione que el río está muy alto, terminará alojando en su cabeza las imágenes críticas de un niño desamparado, una casa hundida, un pescador ahogado o un pueblo abatido entre sus ruinas pantanosas.
Se me ocurre proponer una ley sobre la evolución de las conversaciones climáticas colombianas: si duraran lo suficiente, arribarían obligatoriamente a la sobrecogedora historia de Armero. En un viaje a Yarumal, ya se hablaría de la tragedia de Villa Tina a la altura de Don Matías, y, en los Llanos de Cuivá, Omaira sería el centro del palique. Es imposible no ponerse trascendental: en toda gotera siempre hay algo de lágrima.

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