Por unas librerías sin plástico

Por Juan Carlos Franco
Por Juan Carlos Franco / Francamente / opinion@vivirenelpoblado.com

No puede ser que todo un país esté empeñado en cambiar de costumbres y ustedes, fabricantes y promotores de cultura por excelencia, se nieguen a dar un paso tan importante.

Por estos días todo el mundo -literalmente- anda empeñado en reducir o eliminar los plásticos de un solo uso. Empresas, supermercados, colegios, gobiernos locales y regionales… todos implementando sus campañas.

Todos haciendo esfuerzos y estimulando a clientes y proveedores para adaptarse a un mundo con menos plástico. Incluso Vivir en El Poblado hace unos meses dejó de enviar ejemplares de suscripción envueltos en plástico.

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Sí. Todos estamos en ese plan. Excepto las librerías.
Entre usted a una librería en Colombia y verá que los libros están primorosamente empacados en plástico de un solo uso. Uno por uno. ¡Cuánto tiempo, cuánto costo, cuánto plástico malgastado en envolver cada libro!

Seguramente llegan así de las editoriales, pero tal vez porque las propias librerías lo han solicitado, temerosas de que “aquí nadie compra un libro sin plástico”.

Me cuentan en las librerías que sus clientes siempre prefieren comprar el libro envuelto porque creen que los libros ya abiertos no son nuevos. Puede ser, pero eso ocurre solo porque está disponible la opción de comprarlo envuelto. Si ninguno estuviera empacado, nadie se preocuparía.

Uno podría entender sus temores, pero resulta que en el resto del mundo los libros se exhiben “al natural”. Ninguna librería envuelve libros. Ni México, Brasil, Argentina, Estados Unidos o Europa. Solo en Colombia. Si allá pueden hacerlo, seguramente aquí también.

Por si fuera poco, tener los libros en plástico elimina, o cuando menos esteriliza, el placer primario, profundamente íntimo, de visitar una librería bien surtida y explorar qué hay de nuevo para leer. Aún si fuera para regalo, uno no puede -no debería- escoger un libro por su carátula. Hay que abrirlo, pesarlo, hojearlo, acariciarlo, estudiar el índice, tal vez leer un párrafo, una página…

Pero ¿cómo hacerlo si hay que desempacar cada libro con la incómoda sensación de estar violando algún oculto reglamento interno -si lo abre tiene que comprarlo-, frecuentemente bajo la mirada cercana de los empleados? Casi como estar en el supermercado mordiendo las frutas antes de decidir si comprarlas o no…

Desde esta columna convoco a las principales librerías y editoriales del país a que diseñen un plan que elimine la envoltura individual de libros en plástico. No puede ser que todo un país esté empeñado en cambiar de costumbres y ustedes, fabricantes y promotores de cultura por excelencia, se nieguen a dar un paso tan importante. Tan simbólico.
Ya me imagino el aviso: “en esta librería ya no usamos plásticos de un solo uso”.

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