Perder es cuestión de método

¿ Qué piensa de sí misma una persona que tiene miedo a equivocarse? En ese temor convergen bobada, soberbia y falta de amor profundos
 / Juan Sebastián Restrepo
No deja de maravillarme cada que veo a una persona dándose látigo porque se equivocó. Observo su rostro, sus palabras, su autocondena y me río en secreto. Pienso: pobre pendejo, qué daño le hicieron sus padres. Me parece tan ilógico que conviertan un asunto funcional –mantener una Coca-Cola dentro del vaso, que funcione o no una relación de pareja, obviar un paso en la ecuación matemática confundir un nombre con otro, o tomar una decisión– en uno moral –ser buena persona o mala persona, en ser valioso o no ser valioso– que podría compararlo con algo tan estúpido como reventarse de la rabia porque uno no se eleva del piso tirando de los cordones del propio zapato.

Y todos los días vemos ese irracional, ilógico e insensato sentimiento: el temor a equivocarse. Lo vemos en el pánico escénico de la bailarina que se tulle en el momento del show, en el ejecutivo que gaguea en la reunión, en el eyaculador precoz, en las vidas tibias de las personas mediocres que no escogen, en los matrimonios sin amor y en el sufrimiento que repetimos todos los días por no buscar algo distinto. Es una gran epidemia este temor a equivocarse.

Me gusta preguntarme qué es lo que piensa de sí misma una persona que tiene miedo a equivocarse: que es perfecta, que ya se las sabe todas, que hay un juez que lo persigue, que si se equivoca no lo quieren, etcétera. Y solo puedo llegar a la conclusión de que en el temor a equivocarse convergen una bobada, una soberbia y una falta de amor profundos.

Ya habrá una cantidad de adoctrinados en esta filosofía de la autotortura que estarán formulando el clásico pensamiento catastrófico: sin el temor a equivocarnos nos extinguiríamos, esto generaría el colapso total, nuestra vida se volvería una catástrofe. Pero no es así, señor lector. Aunque usted tenga miedo a equivocarse, aunque usted se fustigue con ortiga cada que se equivoca, usted se equivocará. Y no se equivoque, el mundo no funciona porque no podamos equivocarnos, funciona por curiosidad, necesidad, amor, creatividad. Además, las personas que amamos son las auténticas que se han atrevido a equivocarse. Los defensores del perfeccionismo siempre abrigan el resentimiento oculto de que nadie los ama por ser quienes son.

Pero poco se ha escrito sobre las consecuencias desastrosas que trae no tener derecho a equivocarse. Y es que esa postura de vida nos vuelve cobardes, rígidos, torpes, resentidos, inseguros y acusadores. El sufrimiento del neurótico es vivir en una cárcel minúscula por el temor a fallar. No hay vida sin equivocación, no hay amor sin percances, no hay flores sin manchas, no hay conocimiento sin desvíos y crisis. Y mientras el autotorturador está ocupado dándose látigo por haberse equivocado, el que puede equivocarse está aprendiendo a hacer las cosas de otra manera. Por eso los mediocres no son los que se equivocan, sino los que no se permiten fallar. El que no se puede equivocar no puede entregarse, no tiene los sentidos abiertos para vivir la vida, no está haciendo su propio camino, no puede aprender las grandes lecciones.

Las personas maduras y despiertas saben cuánto vale una falla bien hecha, cuánto aporta una buena metida de pata, siempre y cuando no nos hagamos los pendejos. La perfección no existe, pero la mayor parte de la plenitud, de la grandeza humana, está hecha de equivocaciones bien hechas. Así que, ¡por favor, aprenda a equivocarse!
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