Pequeña corrupción

  Por: Juan Carlos Orrego
En nuestro país, cierto entusiasmo electorero se alimenta de hechos como el consenso multipartidista que hizo posible la Constitución de 1991 e ideas como aquella de que la democracia colombiana es -según dicen- la más vieja de América Latina. Y a tanto llega dicho fervor que las urnas han sido llevadas hasta los tiernos jardines de niños, con la idea de que ellos participen de un proyecto que, aunque sobre el papel parece de la mayor importancia, en la realidad es, en buena parte, bufonesco: la elección de los diversos cargos del gobierno escolar.
Este año seguí de cerca la agitación política en el salón de transición en que mi hija pule sus primeras letras, y ya había hecho lo propio el año pasado cuando se estrenó en el más inocente grado de la escolaridad. En ambas ocasiones, mi hija fue candidata a representante, y obtuvo senda derrotas por no ser muy ducha -ni serlo yo, su jefe de debate- en las contiendas politiqueras. No se piense que a esta columna la mueve la hiel de la derrota o el franco deseo de fundar oposición periodística contra la niña que salió favorecida en los comicios; lo que hay aquí es, apenas, la denuncia de un ciudadano honrado que, aunque no ha visto ante sus narices el despliegue de ninguna narco-campaña, ha sentido por lo menos el enrarecimiento atmosférico propio del más rancio clientelismo.
Aceptada como candidata, mi hija tuvo que preparar un afiche para publicitar su programa político, y aunque en principio pensé dibujarla a ella, enérgica y con el puño en alto -le viene por mandato del destino: nació un 9 de abril-, luego decidimos dibujar algunos monigotes zoológicos y estampar un par de frases de dulzor mariano. La cartelera no trascendió, y lo siguiente fue ponerse a la par de la agresiva campaña de sus condiscípulas, quienes repartían volantes cada día, reforzados con bombones de fresa y chocolates mucho más persuasivos que los fríos tamales de almuerzo partidista. Lo que saqué en claro de las noticias que luego me dio mi primogénita fue más o menos esto: las niñas, ajenas a los cálidos mensajes de las tarjetitas -el español escrito les es tan cercano como el mandarín- acabaron inclinando la balanza a favor de la bonanza confitera.
Pero estas anécdotas preescolares apenas son graciosas y, claro, no son lo peor. Un amigo, maestro de adolescentes, me dijo que los candidatos de su colegio se comportaban como aspirantes a diputados en tarima de pueblo: con hipertrofiada irresponsabilidad prometían hacer placas deportivas, comprar sofisticados equipos informáticos y obligar a los profesores a llevar uniformes, esto último convertido en despechada pero poderosa consigna: “¡Pa’ que vean como es de bueno!”. Mientras tanto, los profesores de ciencias sociales, abrumados por su rutinaria jornada de peones, preferían hacer la vista gorda ante las pretensiones de los caudillos estudiantiles, y no tomaban cartas en el mezquino procedimiento de campañas cuya esencia, más allá de las ideas quiméricas, consistía en desacreditar del modo más rastrero a los rivales.
Es un hecho que nuestros estudiantes aprenden mucho cuando se les pone en las manos el juego de las elecciones y, bien mirado, aprenden lo que a lo largo de la historia ha sido más característico en nuestros comicios democráticos: la demagogia, el caciquismo y la banalización del criterio político. Nuestra tierna niñez está para los balones y muñecas y no para materializar los delirios civilistas de pedagogos solterones, y a nuestros jóvenes no debería adoctrinárselos con lo que, solo en casos excepcionales, no pasa de ser una cátedra de corrupción. A no ser que de lo que se trate sea de preparar a los futuros electores para que, llegado el momento, sepan sacar todas las ventajas que atesora para ellos una tradición enferma.

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