Peluquería Sansón

 

La mayoría de los lectores -si no todos- tendrá para sí que las peluquerías son sinónimo de aromas suaves, color rosa y dulces conversaciones íntimas y, en fin, pensará que ellas son el reino inmaculado de caballeros inconformes con la repartición del género o, en términos más entusiastas, de hombres invadidos por una “loca alegría” (la expresión es todo un barbajacobismo, mucho más recomendable que aquel extranjerismo trillado de “gay”, la técnica expresión “homosexual” -propia de tratados sociológicos-, el irrespetuoso y despectivo “maricón” o el insulso “afeminado”). Quienes en sus cabezas invoquen peluquerías regentadas por damas naturales, de todas maneras imaginarán ambientes delicados, regados con las esencias musicales de aquellas canciones reconocidas por la tradición popular como “de peluquería”: “Te aproximas hacia mí como haces siempre / cuando llego algo más tarde de las diez / y descubres un cabello inexistente en mi jersey”.

Sin embargo no todo es así y, por lo visto, los cambios obligados por los nuevos tiempos no se limitan a que las postales de Nueva York tengan dos edificios menos. Por lo que respecta a las peluquerías, ahora es posible lo que antes parecía absurdo: que las habiten -tanto si se trata de dueños como de clientes- varones muy conformes con el género que les tocó en suerte (se imagina uno que llevan la “Y” de su cromosoma fundida en plomo y a modo de llavero), en algunos casos verdaderas materializaciones del temido arquetipo del “gorila” pendenciero. En lo que constituye apenas una cortina de humo, estos nuevos comercios de la tijera han decido llamarse “barbería”, por más que allí se ejecuten las mismas artes que secularmente venían teniendo lugar en los frescos locales del primer párrafo (aunque, claro está, el color rosa ha sido remplazado, las confidencias no son melosas y quienes controlan la música no han de tener la más mínima idea de quiénes puedan ser Nino Bravo o José José).

Para los sansones que pasan por la barbería ya no se cumple aquello, consignado en el libro de los Jueces (16:17), de que “Si fuere rapado, mi fuerza se apartará de mí, y me debilitaré y seré como todos los hombres”. Nada de eso: antes bien, las hinchadas reuniones de muchachos que son típicas de las puertas y afueras de esas tiendas hacen suponer que es de allí de donde absorben alguna energía especial; que es de la barbería de donde les viene la fuerza para observar con ferocidad y mala cara a los viandantes que por allí se presenten en actitudes incorrectas, como pueden serlo pasear un perro que mida menos de 50 centímetros, llevar una anciana del brazo o a la hija de cuatro años de regreso de la guardería (el último fue mi caso, y casi puedo asegurar que, con maligno disimulo, un Sansón recién acicalado que lavaba su moto a un lado del local dejó escapar un poco de rocío de manguera sobre nosotros). La primera vez que descubrí esas montoneras de rudos imberbes al lado de una barbería fue al frente de un fortín militar, de modo que al principio se me ocurrió pensar -cándidamente- que la cruel disciplina producía, por inversión, algunos efectos; pero luego, cuando comprobé que la mayoría de los parroquianos tenía cara de pocos amigos, sospeché que estaba ante otro indicio del irreversible cambio de siglo.

José Gabriel Baena, en la pasada edición de este periódico, propuso imaginar cómo sería Medellín en el futuro. Creo ver lo que siempre termina verificándose: un retorno al pasado. A la hora de motilarse y como si se tratara de servirse de un sanitario, hombres y mujeres no podrán convivir, y los arrogantes varones de hoy serán los melancólicos viejos de mañana, clientes exóticos de barberías con aviso cilíndrico de dos colores y al borde de la quiebra.

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