Parábola del pedagogo y el ladrón

Fernando Carvajal Sánchez
Por Fernando Carvajal Sánchez / Opinión

Culpa, vergüenza, honor, confianza, necesidad de perdón… cuando somos sensibles a la opinión de los demás, pueden traducirse en empatía y en reducción de la delincuencia.

El August Aichhorn center de Nueva York debe su nombre al pedagogo que fundó y dirigió en Viena, hacia los años 1920, un centro para jóvenes delincuentes en semilibertad.

Una anécdota sobre Aichhorn ilustra su manera de trabajar. El educador confía el dinero para todos a un chico internado por robo. Propone al joven organizar libros en su oficina y aprovecha esa actividad para preguntar:

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  • ¿Cuánto dinero recibes por semana?
  • Entre 700 y 800 coronas
  • ¿Nunca te descuadras?
  • No
  • Debo comprobarlo (el chico deja caer los libros)
  • ¿Qué te pasa?
  • Nada
  • ¿Cuánto dinero te falta?
  • 450 coronas

Aichhorn toma su billetera, entrega el dinero faltante al joven y le invita amablemente a salir de su despacho. Minutos más tarde el chico regresa llorando:

-No merezco su ayuda, voy a robar de nuevo, deberían encerrarme

El educador escucha lo que el joven cuenta sobre su vida. No regaña. Confirma que le cede 450 coronas, pero precisa que no las está regalando, dice que cree que ya no robará más y que devolverá el dinero.

El educador busca activar la reciprocidad que caracteriza las interacciones sociales sanas. Cuando una persona recibe un regalo, o un favor que no ha solicitado, estará dispuesta a responder favorablemente a peticiones posteriores, incluso implícitas, de la persona que comenzó la interacción. Esto es cierto si la ayuda recibida se ha prestado voluntariamente y sin ningún interés aparente.

Aichhorn quiere provocar la aparición de sentimientos morales como la culpa, la vergüenza, el honor, la confianza, la necesidad de reconocimiento y de perdón… estos sentimientos, que surgen cuando somos sensibles a la presión de la opinión de los demás, pueden traducirse en empatía, contribuir a la creación de vínculos sociales y a la reducción de la delincuencia.

La confianza del pedagogo hace que el chico se sienta en deuda, generando un proceso educativo. La calificación de “ladrón”, tipificada penalmente, será sustituida por la de “deudor”, referida a la moral (o al Derecho civil). El joven ya no ocupa la posición pasiva de quien asume una responsabilidad que otros le han atribuido. Ahora interioriza una responsabilidad activa. Así, el derecho penal ocupa el lugar que debería tener siempre como último baluarte para proteger la sociedad cuando todos los demás se han agotado.

En el caso del joven la amenaza penal del encierro está siempre presente, pero en segundo plano, para apoyar la presión moral. Dos meses después del incidente Aichhorn ha recuperado todo su dinero.

PS: Mil gracias a Jaime Casas por su relectura de este texto.

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