Olvidología

 Por: Gustavo Arango 
 

Hace como siglo y medio, en un párrafo perdido en medio de su gigantesca obra, Felipe Pérez escribió que “el olvido calculado es una forma de la glorificación”. Si consideramos su inteligencia, no es para nada descabellado pensar que, al escribir esa frase, Pérez era consciente de la oscura aventura que le esperaba a su nombre y su obra. Hagamos la prueba. ¿Cuántos de los lectores han leído una novela de Felipe Pérez últimamente?, o para acercarnos a alguna probabilidad: ¿cuántos lo han leído alguna vez? La pregunta no tiene por objeto hacerlos sentir culpables o alzar el pecho diciendo: “yo lo leí y ustedes no”. La intención es que alguna vez muchos podamos leerlo (en realidad ya lo hemos hecho sin saberlo), a pesar del olvido calculado al que lo sometieron.
Dos razones explican este olvido: Pérez estaba en el lugar “equivocado” en el espectro político y sus novelas ocurrían también en lugares “equivocados”. Pero a pesar de esos dos “errores”, su trayectoria es un conjunto de cosas asombrosas: gobernador de la provincia de Zipaquirá a los 17 años, presidente del estado de Boyacá a los 33, presidente del Congreso a los 35, designado a la presidencia de los Estados Unidos de Colombia a los 43. Alguien resumió su vida pública afirmando que Felipe Pérez estuvo presente en todos los hechos históricos de importancia en Colombia, entre 1851 y 1891, el año de su muerte.
Pero no es de su vida pública lo que me interesa, aunque no deja de asombrar que le quedara tiempo para escribir una obra periodística y literaria que ha costado mucho trabajo mantener enterrada. Pérez escribió cerca de treinta novelas, incluyendo los folletines que publicó por capítulos en su propio periódico El Relator, y sin embargo son pocos, incluso entre los estudiosos de la literatura colombiana, quienes han prestado atención a las proporciones y valores de su obra. Después de su muerte, ocurrida bajo la sombra de una prolongada hegemonía conservadora que borró de la historia figuras y artistas del partido opositor, sólo tres de esas treinta novelas han sido reeditadas, siempre a través de esfuerzos aislados que nunca consiguieron despertar un interés completo en el autor y su obra.
Hay un rasgo de la obra de Pérez en el que muchos se han apoyado para descalificarla: el hecho de que muy pocas tienen a Colombia como escenario. A la hora de leer literatura en Colombia pensamos que el mérito de una obra radica en la precisión con que refleja los rasgos más exteriores de nuestra identidad. Queremos espejos que nos digan lo bonitos o feos que nos creemos, no lo que realmente somos. En 1956, Antonio Curcio Altamar, escribió un estudio sobre la novela en Colombia en el que afirmó que uno de los libros de Pérez, El caballero de Rauzán, tenía un enorme potencial para ser llevado al cine. Pasaron otros veinte años antes de que alguien se decidiera hacer con ese libro una telenovela y el resultado tuvo un éxito sin precedentes y con muy pocos émulos en la historia de la televisión colombiana. Parecía haber quedado demostrado que una buena historia tiene interés general, así transcurra en Roma o en Islandia, los escenarios por donde se movió ese misterioso caballero que sufría un extraño mal llamado catalepsia, una cesación de las funciones vitales similar a la muerte. Pero ni siquiera el éxito de la telenovela logró que algunos se interesaran en desenterrar a Pérez del olvido en que permanecía. Han pasado treinta años más, pero la mayoría de los esfuerzos por rescatar su obra se dan en el cerrado mundo de la academia y son pocos los que hoy en día pueden leerlo.
Y así seguimos obnubilados por basuras realistas (que rara vez se sabe si denuncian o hacen apología), por las excentricidades del narco-costumbrismo, por la fascinación que nos produce nuestra propia insensatez. Mientras sigue olvidado un autor como Pérez, quien en novelas como Imina o en su libro Episodios de un viaje, nos recuerda que no somos hijos de la fatalidad, que podemos ser activos en la escritura de nuestro destino y que no hay ni habrá nunca una razón tan poderosa que justifique la muerte de una persona.

Oneonta, Nueva York, agosto de 2009.
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