Ojo con el sarampión

El día menos pensado, al lector de un solo libro le puede brotar el sarampión de Cortázar o el sarampión de Saramago, cacofónico y todo, o el sarampión de Borges

/ Esteban Carlos Mejía

Algunos no dejan leer: quieren que leamos lo que ellos leen, y punto. Otros, para peor, sólo leen un solo libro. No hablo de ciertos creyentes, aferrados al libro de su religión, la Biblia si son cristianos o el Corán si Alá los ilumina. Me refiero a seres menos intransigentes aunque igualmente enceguecidos: los incapaces de leer a autores distintos al escritor que les gusta. Y punto, también.

Son pocos, pero abundan, valga la paradoja. Jovencitos aún, devoran las peripecias de Harry Potter con su abanico de magos, muggles, innominados, dementores y demás criaturas de Hogwarts. Nadie los saca de su culto, ni la mención de magos más antiguos (Merlín) o de aventureros más aventureros (Barón de Münchhausen). Se apegan al ídolo con fuerza y voluntad, inadvertidos de que en este mundo todo cambia y nada permanece. ¿Pasión? ¿Alta o baja autoestima? ¿Egotismo? Su libro es el libro, su autor es el autor.

Propongo que la manía por un solo libro o un solo autor sea identificada como “sarampión del lector con tapaojos”. No dura mucho, por fortuna. Cualquier tarde el lector empedernido de Harry Potter aparta un tris el tapaojos y se encarreta, convaleciente todavía, con Khaled Hosseini y Cometas en el cielo o Mil soles espléndidos. Si antes recolectaba trivias de J. K. Rowling y sus sagas, ahora será un sabelotodo sobre Afganistán.

Pasa el tiempo y, sin querer queriendo, se desvanece el sarampión de Hosseini. Aparecen Ken Follet, Haruki Murakami o John Grisham, en orden aleatorio. Incluso, el día menos pensado, al lector de un solo libro le puede brotar el sarampión de Cortázar o el sarampión de Saramago, cacofónico y todo, o el sarampión de Borges. Nunca se sabe. Al parecer la infancia dura la vida entera.

* Body copy. “Era duque, era rico, mi mujer era hermosa y pudiente; procedía de una de las casas más ilustres de Italia, de la que hubiera escogido, si se me hubiera dado a elegir entre nuestras viejas coronas; el propio Carlos Quinto me había armado caballero; había heredado una tierra y unas piedras admirables, densas de antiquísima sugestión; muchos envidiarían mi estado, mi lujo, mi influencia, mis entradas en la corte pontificia, mi trato de igual a igual con los grandes; gustaba del arte como un refinado; componía unos versos que no desmerecían junto a los de los poetas que me rodeaban; tenía una cara bella, aristocrática, unos ojos que reflejaban la majestad y la ironía y que detenían, turbados, a los ojos de los demás; mi capacidad sensual, como la de tantos hombres destacados de mi época, se situaba por encima de los prejuicios; Dios, su maravilla y su espanto, no me inquietaban todavía; me adoraba mi abuela, el ser más extraordinario que conocí; el azar oportuno había suprimido a quienes entorpecían mi progreso; si había nacido deforme, otros, bastantes otros, habían nacido así y lo superaron con personalidades menos prestigiosas que la mía; cuando vine al mundo me pronosticaron algo mágico, fabuloso que me exaltaba sobre mis contemporáneos y que hacía de mí un individuo aparte, impregnado de desvelante misterio. Y sin embargo tronché, destrocé mi vida. Claro que para actuar de distinto modo, yo hubiera debido ser esencialmente distinto. No hubiera sido yo.”

Manuel Mujica Lainez. Bomarzo, 1962.
* * Vademécum. ¿Egotismo? “Sentimiento exagerado de la propia personalidad.”
opinion@vivirenelpoblado